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Las denuncias de más de 50 mujeres contra Weinstein, poderoso productor de Hollywood, fue el detonante para que cientos de mujeres en todo el mundo decidieran denunciar las agresiones y abusos sexuales que han sufrido. Las acusaciones están salpicando a conocidos hombres del mundo del arte, la cultura y otros ámbitos, entre ellos, cómo no, de la política.

En el Reino Unido ha provocado hasta ahora la dimisión de Michael Fallon,  ministro de Defensa; la suspensión de Charlie Elphicke, del Partido Conservador, o de Clive Lewis y Kelvin Hopkins, ambos del Partido Laborista. También se ha abierto una investigación contra el secretario de Estado de Comercio Internacional, Mark Garnier, por “conducta inapropiada” hacia su secretaria.

En Francia, el ex ministro socialista Pierre Joxe y un diputado del partido de Emmanuel Macron, Christophe Arend, han sido igualmente acusados. Ambos lo han negado.

Unas 30 mujeres denunciaron asaltos, abusos y violaciones en el seno del Parlamento Europeo. La propia Comisaria europea para temas de género e igualdad reconoció haber sido víctima de violencia sexual. Estamos hablando del mismo Parlamento Europeo que ha ratificado el Convenio de Estambul sobre Prevención y Lucha contra la Violencia a las Mujeres e instado a sus estados miembros a elaborar una estrategia integral para luchar contra ella. Hablamos de políticos pagados con dinero público, que deberían ser un ejemplo en su vida pública y privada.

No es la primera vez que políticos de alto nivel se ven envueltos en escándalos de este tipo. Todos recordamos el caso de Dominique Strauss-Khan, acusado de proxenetismo y de dos intentos de violación cuando era el presidente del Fondo Monetario Internacional. O por poner ejemplos menos conocidos, en 2016 ocho parlamentarias francesas acusaron al diputado ecologista Denis Baupin de agresiones sexuales. Éste dimitió, pero las denuncias ante la justicia se archivaron.

 

Una violencia  generalizada, que casi siempre queda impune.

Millones de mujeres en todo el mundo, sobre todo las más pobres y sin recursos, sufren a diario acoso y agresiones sexuales. La gran mayoría de estas agresiones quedan impunes, porque aun cuando se denuncien lo más probable es que queden olvidadas en el cajón de algún juzgado atestado. Y lo peor es que van a seguir produciéndose, porque ningún gobierno invierte  el presupuesto necesario para prevenir esta lacra social ni para proteger a las mujeres.

Cuando se trata de denunciar a hombres con poder, la cosa tampoco es sencilla. Harvey Weinstein, Kevin Space, Dustin Hoffman, Tariqu Ramadan (un profesor universitario francés acusado por dos mujeres de agresiones sexuales); Javier Criado, reputado psiquiatra sevillano acusado por 30 mujeres por abusar sexualmente de ellas durante años y cuyo caso volvió a salir a la luz en estos días; y desde luego todos los políticos que están siendo acusados, todos tienen algo en común: son hombres con poder político y económico, prestigio e influencia, que utilizan ésta para someter  sexualmente a personas más débiles, en su inmensa mayoría mujeres y salir impunes por ello. Intimida el estatus o reputación de estos depredadores y el miedo a las represalias. O como dijo una de las víctimas de Criado, “la culpabilidad que nos han enseñado a sentir”. Y cuando se denuncia, muchas veces es “demasiado tarde” y según sus leyes “el delito ya ha prescrito”. El delito prescribe o las denuncias son archivadas, pero el dolor y la humillación permanecen en el recuerdo.

En el Senado de California, más de 140 mujeres han enviado una carta abierta denunciando casos de agresión y abuso sexual durante su carrera y aseguraron haber recibido amenazas para no hablar. La propia Casa Blanca dijo el pasado 27 de octubre que las denuncias por acoso sexual de 16 mujeres contra el presidente de Estados Unidos eran “fake news” (noticias falsas).

En el Parlamento europeo, que supuestamente tiene mecanismos y procedimientos establecidos para atajar este tipo de abusos, una de las víctimas afirmó que ”altos funcionarios del Parlamento y al menos cinco de sus diputados estaban al tanto de su caso”. Y otra denunció que esta institución es un “semillero de acosadores”, que no responden ante nadie. Algunas contaron  que se les aconsejó no poner denuncias ante la policía belga, incluso en casos de violación. Tampoco Strauss-Kahn ni sus amigos empresarios pisaron la cárcel por el delito de proxenetismo que cometieron.

Ni es solo violencia sexual ni son unas pocas “manzanas podridas en el cesto”

Esta hipocresía y doble moral de la que hacen gala políticos de gobiernos e instituciones en todo el mundo no se circunscribe a su conducta sexual. El soborno, la corrupción, la prevaricación o  el abuso de poder, tanto si es  para escalar en la carrera política como para enriquecerse de forma rápida o para obtener favores sexuales, no son el comportamiento de unas pocas “manzanas podridas en el cesto”, sino el modo con el que la mayoría de ellos se manejan. No dudan en mentir, incumplir promesas electorales o saltarse sus propias leyes si hace falta, para proteger los intereses de una minoría privilegiada, para la cual gobiernan y de los que ellos también se benefician. Una élite social, la burguesía dominante, cuya única ética y moral ya sabemos que es aquella que sirve para mantener su cartera bien llena, su poder y sus privilegios intactos.

 

En el Estado Español es lo mismo. Nos da lecciones de democracia un rey que nunca pudimos elegir puesto que nos fue impuesto por el franquismo. Y nos obliga a cumplir la ley el gobierno de uno de los partidos más corruptos de Europa, algunos de cuyos dirigentes imputados son considerados por la propia justicia como “miembros de una organización criminal”.

 

El que cada vez más mujeres se atrevan a superar el miedo y romper el anonimato, sacando a la luz la violencia que sufrieron, aunque hayan pasado años, es sin duda muy positivo. Pero no olvidemos que vivimos un momento de recorte y retroceso de nuestras libertades democráticas y de una ofensiva ideológica brutal para que las mujeres seamos sumisas y ocupemos nuestros roles tradicionales de “esposa y madre”. No hay más que ver el tratamiento que muchos medios de comunicación han dado al tema de los acosos, banalizándolos e incluso tachando a las mujeres de “exageradas y feminazis”.

No habrá unidad sin luchar contra el machismo, ni combate eficaz al mismo sin unidad.

 

Las mujeres estamos levantando la cabeza, empezamos a tirar un muro de silencio y opresión, de impunidad. Pero es sólo la punta de iceberg. Millones de mujeres trabajadoras y pobres sufren situaciones de acoso y agresiones sexuales en sus lugares de trabajo y no son escuchadas cuando denuncian o directamente ni lo intentan por miedo a las represalias o por temor a verse expuestas y humilladas públicamente, como ahora se está viendo en el caso de la joven agredida por la infame “manada” en Pamplona. Además de ser brutalmente agredida, se atreven ahora a presentar como prueba una investigación que pretende poner en tela de juicio la inocencia de la mujer agredida sexualmente. Ante cualquier denuncia de agresión machista no puede existir la más mínima ambigüedad o vacilación.

No hay más camino que seguir alzando la voz, denunciando, arropando a las mujeres agredidas para que el temor no las paralice, para que no se sientan solas frente a los denunciados. No hay más camino que seguir impulsando el trabajo contra el machismo y su violencia en las organizaciones obreras, para que éstas hagan suya esta batalla en general y cada día en particular en los centros de trabajo, en cada Comité de Empresa, en cada Sindicato. Porque somos conscientes de que esta batalla no la darán en ningún caso los poderosos, ya que el machismo es un arma de primer orden para amasar sus fortunas; ni tampoco la darán los representantes políticos de este sistema y este régimen antidemocrático, porque el machismo sigue siendo un instrumento para mantener  sus privilegios.

Esta batalla tiene que ser de toda la clase obrera unida y esta unión sólo puede llevarse a cabo si hace suya la lucha implacable contra todo tipo de opresiones.

Y el camino incluye que desde todas las organizaciones obreras y de las mujeres exijamos a los Gobiernos las medidas y presupuestos necesarios para combatir esta lacra. No valen palabras, ni postureos. Hacen falta YA hechos y presupuestos suficientes.

 

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