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De aquí a unos días celebraremos los 47 años de la rebelión de Stonewall, símbolo y marco de la lucha contra la LGBTfobia y de la organización de los movimientos. No es casualidad ninguna que la mayor masacre de este tipo en los Estados Unidos haya ocurrido dentro de un lugar frecuentado por LGBTs. Además, en la boate Pulse, se daba una noche latina. Consecuentemente, la enorme mayoría de los muertos ya identificados son latinos, un sector cuya opresión es histórica en los Estados Unidos. Las muertes trágicas en el cruce de la frontera son una prueba de eso.

Por Wilson H. Silva

Este lunes 13/6, el Estado Islámico asumió la autoría de los ataques. Es del EI que parte toda esta política de odio. El ya muy conocido fundamentalismo criminal, asesino y opresor del Estado Islámico, que los sirios lamentablemente conocen de cerca, encontró en un LGBTfóbico y xenófobo, que se dijo enojado y agredido por presenciar un beso entre gays, el socio perfecto para un genocidio más motivado por el odio a las diferencias, el horror a la diversidad y el pavor de que todos y todas tengan el derecho de vivir libremente.

Sabemos que los 50 muertos y los 53 heridos de Orlando tienen una dimensión trágica e impactante. Con todo, también sabemos que ellos, lamentablemente, “apenas” acelerarán la macabra cuenta que cerca la vida de LGBTs: la de muertos por día.

Brasil es el país que más mata travestis y transexuales en el mundo. Entre enero de 2008 y marzo de 2014 fueron registradas 604 muertes en el país, según investigación de la organización no gubernamental (ONG) Transgender Europe (TGEU). Solo en 2012 fueron hechas 3.084 denuncias de violencia contra LGBTs en el Disque 100. Como fue constatado por el GGB, en 2014 ocurrieron 326 asesinatos en el Brasil. Es uno de nosotros que muere cada 27 horas. En el caso de negros, el dato es aún más macabro: uno cada 23 minutos.

En los Estados Unidos, la barbarie que vimos también resuena día a día. En 2014 hubo 1.017 ataques contra LGBTs (18,6% de los crímenes de odio). Mundo afuera, asesinatos, persecuciones, penas de muerte, tortura, estupros correctivos y horrores similares hacen que los jóvenes, hombres y mujeres que perdieron sus vidas de forma tan violenta, aterrorizadora e inaceptable en Orlando se junten a inúmeros otros que sufrieron otros tantos horrores.

Y no es de hoy. Ardimos en las hogueras de la Edad Media. Fuimos muertos para el mundo a través de lobotomías y una psiquiatría perversa en el siglo XIX. Fuimos encarcelados y obligados a trabajos forzados, sea en la Inglaterra de Oscar Wilde o en la Cuba de Reinaldo Arenas. Fuimos marcados por los triángulos rosas en los campos de concentración nazista. Fuimos cazados como brujas medievales por el macartismo, etc.

Pero resistimos y nos organizamos: “We survived and will survive” [Nosotros sobrevivimos y sobreviviremos”]. Es eso lo que asusta a los fundamentalistas de toda y cualquier religión, bolsonaros, cunhas, trumps, le pens y la canallada toda [en referencia a personajes homofóbicos y de derecha de la política brasileña y del mundo, N. de T.]. Es posible que mucha gente interprete la matanza de Orlando como una señal más del avance de estas garras blancas, aparentemente héteros y masculinas sobre el mundo.

Es, en realidad, un síntoma más de la enfermedad que se extiende por el mundo alimentada por la ganancia de 1% de los adinerados. E innegablemente algo como lo que ocurrió en Orlando causa una revuelta y una indignación que exigen respuestas inmediatas y medidas aún más urgentes para que cosas como estas no vuelvan a ocurrir.

Y más: si depende de ellos, creo que las escenas de horror tienden a intensificarse. No porque la derecha y los conservadores están pisoteándonos en una marcha implacable o tengan más y más perros de guardia visibles. El olor fétido de la barbarie que exhaló Orlando y llega hasta nosotros es prueba de que la situación es grave.

Pero, si dependiese de ellos, como dije. Y eso no es novedad. Es la esencia de la historia de la burguesía. El crimen de la esclavitud, los cubículos del telemarketing llenos de LGBTs, negras y mujeres invisibilizadas por detrás de la voz al teléfono, el cuartucho de la empleada, la doble o triple jornada, los millones de tercerizados y precarizados sin derechos y con salarios de hambre, etc., son pruebas crueles de cómo la burguesía desde siempre sabe que para explotar más tiene que oprimir aún más.

Presionados por la crisis económica y sin pestañear en la disposición de hacer que los de abajo paguen por ella, además de súper explotarlos (as) y marginarlos históricamente, los canallas aún alimentan la división de la sociedad y, principalmente, de la clase trabajadora, imponiendo fronteras raciales, de género, de orientación sexual, etc., sabiendo cuánto eso contribuye a minar nuestras luchas y debilitar las unidades entre oprimidos y explotados.

Intentan hacer con la cabeza de las personas lo que hacen con los muros y cercas de alambres de púas que avergüenzan las fronteras de Europa para impedir la mayor ola de inmigrantes y refugiados desde la Segunda Guerra Mundial.

Por eso, como escribió Marx en 1870 en relación con el racismo y la xenofobia en Inglaterra, la burguesía, incluso aquella que se dice democrática, no mide esfuerzos ni medios para alimentar preconceptos, discriminaciones y contaminar corazones y mentes de jóvenes, trabajadores, mujeres, negros y negras, indígenas, etc., con un antagonismo que “es mantenido vivo artificialmente y es intensificado por la prensa, el púlpito, los periódicos cómicos, en resumen por todos los medios a disposición de las clases dominantes. Ese antagonismo es el secreto de la impotencia de la clase trabajadora inglesa, a pesar de toda su organización. Es el secreto por el cual la clase capitalista mantiene su poder. Y esa clase es plenamente consciente de eso”.

Es de allí –para no hablar de la acción directa de las fuerzas de represión en todos sus formatos, incluso los paramilitares, milicianos, etc.– que brotan tipos como el de Orlando.

No es necesario decir que la forma de masacre es lamentablemente típica de la enfermiza sociedad norteamericana. Con todo, su acto abominable e imperdonable tiene raíces en la podredumbre de un sistema degenerado que genera excrecencias como el Estado Islámico, los supremacistas blancos de los Estados Unidos, los secuestradores y violadores de niñas como el Boko Haram en Nigeria.

Esta es apenas una punta de la polarización que cada vez más intensamente caracteriza el mundo. Hace mucho aprendimos a luchar y resistir. Cargamos en nuestra sangre –la misma que, con mórbida frecuencia chorrea en las cortadas oscuras, en las boates atacadas, en las esquinas mal iluminadas– el osado pionerismo de Magnus Hirschfeld, que creó en 1897 el Comité Científico Humanitario para luchar contra el Párrafo 175 que criminalizaba la homosexualidad en Alemania.

Tenemos en nuestras venas el coraje de Oscar Wilde, que se agarró a su dignidad y poesía incluso cuando preso. Tenemos la ferocidad glamorosa de la efusiva Madame Satán. Tenemos las garras de una Angela Davis. Somos obstinados como Safo. Seguimos el ciclo que trasciende los géneros de Oxumaré. Tenemos la disposición de lucha y la conciencia de la trans negra Marsha P. Johnson, que estuvo en la línea del frente de Stonewall. Tenemos la explosión creativa del genial Paulette do Dzi Croquetes y a la audacia, incluso cercada de dolor y melancolía, de las pioneras del jazz y el blues ‘Ma’ Rainey y Bessie Smith.

Estamos hartos. Pensando en Orlando nos ponemos furiosos, indignados, tristes. Sin embargo, lamentablemente, en la mezquindad del capitalismo, eso prácticamente hace parte de ser quienes somos, vivir como vivimos, de la forma que queremos ser. Y algo con lo que nuestros verdugos no cuentan o siempre intentan reprimir y sofocar es que no nos doblamos.

No estamos dispuestos a volver a los guetos. No viviremos con miedo. No queremos cura. Además, no tenemos cura: somos tan fuertes que ningún virus puede exterminarnos. Y no, tampoco serán tiros y bombas los que lo harán.

Las reacciones a la masacre en todo el mundo demuestran que tenemos fuerza y aliados. Mujeres, como estamos viendo en el Brasil, toman las calles, desafían el patriarcado que las quiere “bella, recatadas y del hogar”, escrachan el machismo que las quiere violentar y asediar. Negros y negras, de forma muy especial, hacen las periferias y quebradas hervir con cada uno de los suyos que es asesinado. Norteamericanos ganan las calles para que nadie olvide que las vidas negras importan. Levantan sus puños como Panteras, liberan sus cabellos crespos como si rompiesen cadenas y retomasen el tortuoso hilo de nuestra historia, y yerguen sus blacks estirando con garra los hilos que, unidos y entrelazados, gritan: ¡Black Power! [¡Poder Negro!]

Sabemos que es posible y necesario aliarse a los demás trabajadores para cambiar el mundo. Que podemos soñar con libertad y tenemos la osadía de construirla contra todo y todos. Es por eso que creo que el mejor homenaje que podemos prestar a los 50 muertos de Orlando y a los tantos otros heridos, sus familiares, amores y amigos es reafirmar nuestra disposición a luchar.

Hoy, nuestro arco iris está manchado de roja sangre. Sin embargo, soy de aquellos que cree que esta todavía brillará intensa. No cubierta, sino al lado de las banderas rojas de la revolución.


Traducción: Natalia Estrada.

Publicado originalmente en http://litci.org/es/lit-ci-y-partidos/partidos/pstu-brasil/ataques-en-estados-unidos-el-arco-iris-fue-manchado-de-sangre/

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