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Si no fuera trágico, podríamos reírnos de un hecho reciente en los Estados Unidos sobre el “almacenamiento individual y/o familiar de este elemento vital”.

Ocurrió que Gary Harrington, en una ciudad del estado de Oregon, recolectaba agua de lluvia en unos estanques que poseía en su terreno pero, como este bien viene escaseando y nadie quiere perder el negocio, el Estado criminalizó la recolección y lo condenó por nueve cargos a treinta días de cárcel y a una multa de 1.500 dólares.

¿Es qué el agua de lluvia tiene dueño? Pues, ¡en este sistema cada vez más decadente, corrupto y rapiñero, sí! Y los dueños no somos nosotros  (los trabajadores, agricultores y necesitados del líquido vital) sino los grandes bancos, que están comprando reservas de agua por todo el mundo, y los gobiernos que, con una celeridad que no tienen para otras cosas, están limitando la capacidad de que seamos autosuficientes en su suministro.

No obstante, como siempre ocurre en este sistema, algunos grandes multimillonarios se preparan para el futuro, como T. Boone Pickens que posee los derechos de agua sobre el acuífero de Ogallala (en las planicies estadounidenses), que drena alrededor de 245.000 millones de litros de agua por año, sin que nadie ose condenarlo por ello.

Vale decir, el “nuevo orden mundial” establece que los bancos y los multimillonarios puedan hacerse dueños de acuíferos, manantiales y lagos mientras los ciudadanos comunes no tendremos siquiera el derecho de recoger el agua “que cae del cielo”.

Y no es solo el agua de lluvia o de la tierra el que va a ser un bien prohibido de almacenar sino también el sol que nos alumbra. A punto tal que el Estado Español, por ejemplo, intenta obligar a quien coloque un sistema de paneles solares para autoabastacerse de energía a pagar por ello un bochornoso impuesto vía la amortización del bien por 31 años.

Lo que significa que la producción de energías renovables se ha convertido también en una mercancía estratégica que, a la vez que da lucros fabulosos, sirve para hundir cada vez más a los países en manos de un puñado de banqueros, a través de la apropiación y privatización de los recursos naturales, en lugar de que estos sean recursos que afirmen nuestra soberanía e independencia.

Bancos y empresas de capital privado que trascienden las fronteras nacionales se asocian con otras empresas de tecnología, con bancos de inversiones y de seguros, con “fondos soberanos” y con fondos regionales de pensiones del sector público, en aras de adquirir los derechos de las reservas de agua y de las tecnologías de tratamiento de agua, privatizar los servicios públicos, sus infraestructuras, etc., previendo que en relativamente poco tiempo el agua reemplazará incluso al petróleo, las materias primas y los metales preciosos como fuente de obtención de ganancias.

Porque, para que se entienda bien, cuando hablamos de agua nos estamos refiriendo al derecho que cabe a la humanidad sobre el aprovechamiento de los acuíferos, las aguas subterráneas, los lagos, ríos y manantiales naturales y, junto con ello, a la responsabilidad que cabe a los Estados por la purificación de esas aguas, su tratamiento de potabilización, los servicios públicos de saneamiento, la infraestructura para el suministro, las tecnologías de riego, la perforación de pozos y hasta los sectores menores que participan en la producción y en la venta de agua embotellada, las máquinas expendedoras, los camiones y los tanques de suministro.

Todo lo que tenga que ver con los recursos naturales, en el caso la utilización del agua y el aprovechamiento del sol, debiera ser un derecho inalienable de los pueblos, garantizado por el Estado, en lugar de ser una máquina de obtención de dinero vía la privatización por grandes empresas multinacionales y bancos, con el visto bueno de cada Estado.

Así, por ejemplo, el Citigroup recomienda a los propietarios de los derechos de agua que la vendan a las empresas de fracking y no a los agricultores porque el agua de la fractura hidráulica llega a venderse a un precio sesenta veces superior, dado que 80% de ella no puede ser reutilizada ya que es hasta diez veces más salada que el agua de mar (y cada pozo de petróleo basado en el fracking requiere entre 11 y 18 millones de litros de agua). Por su parte, el tratamiento de aguas de lastre (utilizadas en la navegación de los buques para su estabilidad) puede alcanzar rápidamente un valor de alrededor de 50.000 millones de dólares anuales en poco tiempo, sobre los 1.300 o 1.400 millones en los que está valorado hoy, debido a que el aumento del tráfico marítimo transfiere de un lado a otro millones de toneladas de aguas de lastre en la que “viajan” adheridas a las quillas de los barcos tanto bacterias como larvas y plancton que conllevan una seria a amenaza de contaminación y pérdida de biodiversidad, por lo que las multinacionales comenzaron a prepararse para este nuevo negocio.

De este modo, Citigroup, Goldman Sachs, JP Morgan Chase, UBS, Deutsche Bank, Credit Suisse, Macquarie Bank, Barclays Bank, Blackstone Group, Allianz y HSBC, entre otros conglomerados, y personajes como el ex presidente de Estados Unidos, George Bush [padre] y algunos otros ricos magnates de Hong Kong, Filipinas y otros países, se apropian en todo el mundo de este elemento vital para la vida que, al ser privatizado y considerado como mercancía, obligará a los pueblos del mundo a pagar, rogar y esclavizarse por ella.

La escasez de agua fue considerada como uno de los cinco riesgos máximos de este siglo, más grave incluso que la escasez de alimentos y de energía. Y, entonces… llegaron ellos, los buitres del mundo, siempre atentos para expoliar a los pueblos, en este caso con inversiones millonarias en la compra de infraestructuras y suministros de agua por todo el mundo, que les permitan “socorrernos” (como hacen siempre) al precio de más miseria, sojuzgándonos entre sus garras a cambio de un poco de agua… y de sol.

Y esto que con una simple lectura puede parece exagerado o por lo menos lejano en el tiempo y, por tanto, poco factible de preocupación inmediata, no es lejano ni debiera dejar de preocuparnos. Ya se han dado hechos que muestran que es una realidad muy presente, como el caso de la Guerra del Agua de 2000, en Cochabamba, Bolivia, cuando la privatización del agua impulsada por el Banco Mundial, a través de un contrato entre la multinacional Betchel y el entonces presidente Hugo Bánzer, subió las tarifas en más de 50%, lo que produjo un levantamiento de la población. El gobierno entonces decretó la ley marcial, reprimió al pueblo y provocó la muerte de un joven de 17 años e hirió a 170 manifestantes. No obstante, en medio del colapso de la economía boliviana y el aumento de las manifestaciones, el gobierno optó por rescindir el contrato con la multinacional.

Otro ejemplo reciente que muestra hasta qué punto es preocupante la situación es la falta de agua en varios puntos de San Pablo, el Estado más grande y rico del Brasil, con más de 44 millones de habitantes, cuyos reservorios disminuyeron considerablemente, al punto que se debieron utilizar aguas del “volumen muerto”. La excusa fue la sequía, pero no es fácil culpar a “San Pedro” cuando la realidad muestra que son los gobiernos los que racionan el agua y no hacen las inversiones necesarias que deben garantizar y que son de su responsabilidad.

El agua es y seguirá siendo indispensable para nuestra vida, pero es finita y no susceptible de reemplazo por otro elemento. Por esa razón, las elites económicas que dominan el mundo concentran sus esfuerzos para el control futuro de este elemento indispensable y lo hacen con la connivencia de los estados nacionales, a través de acuerdos siempre desfavorables a los pueblos.

Si hace muchos miles de años, el agua fluía libremente y todos podían disfrutar de ella, ya que no era propiedad de nadie, hoy, en que gracias a la avidez capitalista en su decadencia, esta se ha convertido en un producto estratégico global cuya demanda se acrecienta, cabe a todos nosotros evitar que quede en manos privadas, bajo propiedad de los oligopolios mundiales.

La lucha por el agua es, en última instancia, una lucha por la vida, que está indisolublemente unida a la lucha por la construcción de un sociedad justa e igualitaria, una sociedad socialista, donde todos y cada uno de nosotros pueda, como hace miles de años, disfrutar libremente de los ríos, los manantiales, los cursos de agua, que deberán estar al servicio del conjunto de esa sociedad nueva.

Y no es declamación ni mucho menos utopía pensar en una sociedad nueva y luchar por ella, porque el destino de la humanidad, nuestras vidas y nuestros recursos corren cada vez más riesgos y se enfrentarán a una verdadera barbarie si no somos capaces de construir una alternativa que nos libere.

Si acaso no comenzamos a organizarnos para ello, como de hecho hacen los capitalistas y el imperialismo, llegará un día en que tendremos que pagar hasta por el agua que entra en nuestras casas proveniente de los ríos cuando hay inundaciones, y hasta corremos el riesgo de ir a la cárcel como Harrington, si decidimos abrir la boca hacia el cielo cuando esté lloviendo. Porque el agua será “oro líquido”, susceptible de pago y, consecuentemente, de más miseria y penurias para los pueblos.

En el siglo XX, la revolución china se hizo necesaria para que cada habitante de ese país pudiera comer un plato de arroz diario. En un futuro cercano, ¿habrá que hacer revoluciones para poder tomar agua?


 

Fuentes consultadas:

aguas de lastre y especies invasoras: www.ecologistasenaccion.org

agua de lluvia: http://muhimu.es/internacional/agua-lluvia/#

los bancos compran agua:

http://elrobotpescador.com/2015/03/25/alarma-mundial-los-grandes-bancos-se-apoderan-del-agua-de-todo-el-planeta/

impuesto al sol: https://www.avaaz.org/es/ano_al_impuesto_al_sol_fb/?fpla

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