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Este es el primer capítulo del libro “La traición de la OCI”, escrito por Nahuel Moreno en 1982.

Por Nahuel Moreno

La dirección de la OCI, como toda dirección revisionista que se reivindica trotskista, esconde sus verdaderas posiciones tras una maraña de frases trotskistas. En lugar de decir que apoya al gobierno y la coalición frentepopulista liderada por Mitterrand, como haría un stalinista o un socialdemócrata, afirma que “nuestra táctica está dirigida contra la burguesía; y en ese combate contra la burguesía,[no tomamos] la menor responsabilidad por el gobierno Mitterrand. ” (Proyecto de informe político, p. 3).

Sin embargo, basta apartar las frases necesarias para disfrazarse de trotskista, para que aparezca la verdadera política de la OCI:

En ese combate contra la burguesía, sin tomar la menor responsabilidad por el gobierno Mitterrand, estamos en el campo de Mitterrand en sus acciones de resistencia a la burguesía ” (op. cit., p. 3) [1] .

Puesto que el documento no menciona ninguna otra táctica o combinación de tácticas, debemos concluir que esta es la orientación central de la OCI para todo el próximo periodo: estar en el “campo” burgués frentepopulista. Fuerza es reconocer el poder de síntesis del autor del documento (Pierre Lambert); esa fórmula es, textualmente, la que han utilizado todos los revisionistas del leninismo y el trotskismo.

Lambert nos dice, con una claridad total, que la OCI forma parte del campo integrado por los partidos obreros traidores, gaullistas y radicales de izquierda y liderado por la máxima institución del Estado burgués y la V República: la presidencia ejercida por Mitterrand.

El trotskismo sostiene, avalado por toda la experiencia histórica, que el “campo” frentepopulista es burgués y por consiguiente contrarrevolucionario; que este carácter se acentúa al máximo cuando el frente popular llega al gobierno, porque se convierte en el líder del “campo” capitalista a través del ejercicio del poder del estado capitalista. El actual revisionismo de la OCI no la ha llevado a modificar esa concepción clásica. Lambert es consciente de que se ha pasado al “campo” burgués contrarrevolucionario, por eso esconde su mercancía revisionista afirmando que su “ táctica está dirigida contra la burguesía ”.

Si desarrollamos este razonamiento, llegamos a una conclusión novedosa, por decir lo menos: que el de Mitterrand es un campo burgués bastante raro, puesto que realiza “ acciones de resistencia a la burguesía ” y la táctica principal, o única, de la OCI, es formar parte política del mismo.

Se trata evidentemente de una contradicción. Consciente de ello, Lambert trata de fundamentar su táctica en el siguiente argumento: Lenin y Trotsky formaron parte del campo de Kerenski contra Kornilov; Trotsky formó parte del campo de Chiang Kai-shek contra la invasión japonesa de China y del campo de la República española contra Franco.

Nosotros respondemos que, efectivamente, Trotsky formó parte de esos campos burgueses contra sus respectivos adversarios, y calificó a los que se opusieron a dicha táctica de traidores. Pero existen dos diferencias fundamentales entre Trotsky y Lambert: aquél nunca dijo que se debía formar parte política sino tan solo militar del campo de Kerenski-Chiang-Negrín, y que además toda su táctica iba dirigida a destrozar dicho campo. Ese era su objetivo al entrar en él, y así lo proclamaba. Su política se podría sintetizar en la frase, “ estamos en el campo militar de Kerenski para derrotar a éste, como única forma de derrotar a Kornilov y a todos los Kornilovs que vendrán ”.

Cuando Lambert dice que hay que estar “ en el campo de Kerenski o Negrín en sus acciones de resistencia a la burguesía ”, está afirmando no sólo que lucha contra la sublevación de Kornilov y la insurrección fascista de Franco, sino que apoya las acciones políticas de Kerenski y Negrín .

Los tres ejemplos que da Lambert se refieren a situaciones históricas en que las circunstancias objetivas obligaron a los revolucionarios (los bolcheviques en Rusia y los trotskistas en China y España) a formar parte de un campo común con un gobierno burgués contra la reacción fascista o bonapartista, o la invasión imperialista de un país semicolonial. Pero denunciaron constantemente a Kerenski como agente de Kornilov, a Chiang como agente de los japoneses y a Negrín como agente de Franco y combatieron sus acciones por antiobreras.

Se trata de una situación similar a la que nos lleva a aplicar la táctica del entrismo en algún partido obrero-burgués de masas. Supongamos que en un gran partido socialdemócrata (el de Blum, por ejemplo) surgen corrientes de izquierda que empiezan a desarrollar posiciones similares a las del trotskismo. Según Lambert, tendríamos que aplicar el entrismo diciendo que “ estamos con Blum en sus acciones contra la burguesía ”. Los trotskistas sostenemos y hacemos lo contrario. Al entrar, denunciamos más que nunca la política contrarrevolucionaria de Blum y tratamos de desarrollar esas corrientes trotskizantes para destrozar al partido de Blum desde adentro y captar a esas corrientes para la sección nacional de la Cuarta Internacional. Esa es la política principista tradicional del trotskismo cuando la situación objetiva nos obliga a entrar o permanecer en un frente o partido que no es el de la clase obrera en lucha contra la burguesía.

Entonces, volviendo a la política actual de Lambert, él está en un campo burgués “progresivo” contra otro campo burgués al que considera más reaccionario. Esta es la característica más notoria del revisionismo en este siglo. Este revisionismo se ha expresado históricamente bajo dos formas: la de los mencheviques y la del stalinismo. La esencia del menchevismo con su “frente antizarista” y del stalinismo con el “frente popular” (que desarrollaremos en detalle un poco más adelante) consistía en lo siguiente: el eje, la estrategia permanente de esos partidos, es conformar esos frentes con la burguesía “liberal” (los mencheviques) o “democrática” (los stalinistas), aun cuando los mismos no existan en la realidad.

Existe un tercer tipo de revisionismo que se diferencia del anterior por cuanto la conformación de los frentes policlasistas de esa naturaleza no es su estrategia permanente sino una reacción frente a la realidad objetiva.

Nos explicamos. Cuando dos frentes burgueses se enfrentan en choque físico (guerra colonial, guerra civil entre republicanos y fascistas, etc.) aparecen en los partidos revolucionarios corrientes oportunistas que capitulan políticamente a la dirección burguesa del “campo progresivo”, con el argumento de “derrotar primero al fascismo” (o al imperialismo). Es el caso de Kamenev y Stalin en 1917, Stalin-Bujarin en 1924, Stalin-Mao en 1925-27, Molinier-Schachtman en 1936, Pablo en 1951, Mandel con respecto a Nicaragua en 1979 y ahora la OCI en Francia.

Los dos primeros revisionistas son un claro proyecto político que se persigue constantemente: la conformación del campo con un sector “progresivo” de la burguesía. La dirección del mismo puede estar formalmente en manos de un partido obrero-burgués, como sucede con el actual campo mitterrandista en Francia. Pero su esencia procapitalista, contrarrevolucionaria no cambia por más que el mismo sea liderado por los partidos obreros contrarrevolucionarios y participe en él tan solo la “sombra” de la burguesía. Por eso la política de los campos burgueses progresivos es revisionista.

El tercer revisionismo es la respuesta empírica a un proceso de la realidad, al surgimiento de dos campos burgueses enfrentados físicamente. No responde a una concepción general sino que constituye una capitulación oportunista. En algunos casos (como el de Molinier, que después veremos) la capitulación no es directamente al frente “progresivo” sino a su ala “izquierda”, a algún ala de un partido obrero-burgués que integre el campo pero manteniendo una posición crítica frente a su dirección. Esta política es tan revisionista como la anterior, puesto que no trata de romper el campo, sino impulsarlo hacia la izquierda.

En el presente capítulo nos detendremos en los revisionistas consecuentes. En el próximo estudiaremos a los tránsfugas de los partidos revolucionarios.

1. De los posibilistas a Bernstein

Cuando decimos que la teoría de los “campos burgueses progresivos” constituye la base del revisionismo en este siglo, nos referimos al revisionismo post-bernsteiniano, es decir, posterior a las revoluciones rusas de 1905 y fundamentalmente de 1917. Sin embargo, nos parece útil pasar revista rápidamente a los revisionistas anteriores y sus diferencias con el menchevismo.

El revisionismo de Bernstein corresponde a la época del capitalismo en ascenso y comienzos del imperialismo, cuando las luchas del movimiento obrero conquistaban reformas que no cuestionaban la propiedad privada capitalista ni el Estado burgués. Empecemos por la situación francesa en la década de 1880, para ver cómo el revisionismo bernsteiniano es producto típico de esa época.

En 1881, la organización proletaria francesa, llamada Federación de los Trabajadores Socialistas, sufre un fuerte revés electoral. Como consecuencia de ello, se produce una fuerte discusión interna que da lugar a la formación de dos corrientes, las cuales se enfrentan en el congreso de Saint Etienne. La minoritaria, dirigida por Jules Guesde, se reivindicaba marxista. La mayoritaria ha pasado a la historia con el nombre de “posibilistas”, el mote que le pusieron los guesdistas. Esta, que se proclamaba enemiga del marxismo, tenía todas las concepciones que caracterizaron posteriormente al bernsteinianismo, la primera corriente revisionista dentro del marxismo.

Ellos promulgaron en su órgano, Le Proletaire , la célebre fórmula, “Plantear, de algún modo, en lo inmediato, algunas de nuestras reivindicaciones para hacerlas finalmente posibles ” (de ahí el mote de “posibilistas”). Esta frase significa, en efecto, el abandono de la lucha por el socialismo, luchar únicamente por las migajas que el capitalismo puede conceder.

Veinte años más tarde, Bernstein retoma esta concepción. El se basa en un hecho cierto: que el movimiento obrero, en sus grandes luchas, le arrancaba al capitalismo una conquista tras otra (legalización de los sindicatos, luego de los partidos socialistas, etc.). Por eso Bernstein considera que no está planteada la lucha por el socialismo mediante la conquista del poder. Para él, el programa cotidiano del movimiento obrero y la socialdemocracia consiste en conquistar reformas, no en plantear tareas revolucionarias que cuestionen la propiedad privada capitalista y el Estado burgués. Se llegaría a la sociedad socialista mediante la acumulación de reformas, y la misma conquista del poder sería el producto de una evolución gradual. Para Bernstein, la estructura estatal parlamentaria está por encima de las clases, y el proletariado podrá llegar al poder dentro de su marco. En síntesis, el socialismo sería producto de las conquistas sociales del proletariado y los avances electorales de la socialdemocracia (hoy tenemos diez diputados, mañana tendremos 100 y pasado mañana la mayoría en el parlamento).

Esta concepción, plasmada en el célebre aforismo “el movimiento es todo, el fin, nada”, explica el hecho de que Bernstein no formulara una estrategia para la conquista del poder, sino tan solo tácticas.

A partir de esta concepción, basada en la realidad de la lucha de clases y la práctica del movimiento obrero de su época, Bernstein llega a la conclusión general teórica, de que el proceso histórico se desarrollaría siempre con esa dinámica y perspectiva. Sostiene que la etapa en que el capitalismo imperialista podrá otorgar reformas se ampliará constantemente, y sólo llegará a su fin con el socialismo.

El proceso histórico dio un rotundo mentís a esa concepción y a la política reformista derivada de ella. La primera guerra imperialista demostró que el régimen capitalista mundial y los países imperialistas no podrían seguir ampliando las libertades democráticas y las conquistas mínimas de la clase obrera, que, por el contrario, la supervivencia del sistema obligaba al capitalismo a arrebatarle a los trabajadores las conquistas económicas y políticas ya otorgadas.

Rosa Luxemburgo y en un principio Kautsky se opusieron a la teoría bernsteiniana. Señalaron que el problema central de la política socialdemócrata era la conquista del poder por el proletariado, no la obtención de pequeñas reformas. Quienes más desarrollaron esta concepción fueron Lenin y los bolcheviques, y no es casual: en Rusia estaba planteado el derrocamiento revolucionario del zarismo como primer paso para obtener las conquistas mínimas y democráticas ya logradas por el movimiento obrero de Europa occidental.

2. El revisionismo menchevique: la teoría de los campos burgueses progresivos

Se considera a los mencheviques rusos, con justa razón, como un polo de fundamental importancia en el desarrollo del marxismo de este siglo. Hoy día se los conoce mucho mejor que a Bernstein, a quienes muchos consideran una antigualla que sólo debe ser objeto de estudio por parte de los historiadores. En cambio, el menchevismo, como corriente política antagónica al bolchevismo, es punto de referencia obligado. Sin embargo, no se ha reflexionado lo suficiente sobre esta corriente como punto de partida del revisionismo característico del presente siglo.

El revisionismo menchevique es la respuesta oportunista a una etapa histórica distinta de la de Bernstein: no es la etapa de las conquistas mínimas del proletariado de los países adelantados, sino la de las revoluciones y contrarrevoluciones. En Rusia, la lucha entre bernsteinistas y marxistas ortodoxos (revolucionarios) se manifestó como un combate encarnizado entre el economicismo y el iskrismo: entre los que decían que la clase obrera debía luchar por conquistas económicas y los que daban a la lucha un eje político, el derrocamiento del zar para instaurar la democracia.

La lucha entre mencheviques (revisionistas) y bolcheviques (marxistas) tuvo un eje enteramente distinto. Ambos coincidían plenamente en la lucha contra Bernstein y sus discípulos rusos, los economicistas, y en que el eje de la lucha obrera en Rusia debía ser por el derrocamiento del zar.

Los mencheviques jamás negaron la necesidad de luchar por el derrocamiento del zar como tarea inmediata del movimiento obrero. La diferencia con los bolcheviques radicaba en cómo hacerlo y qué tipo de régimen debería sucederle.

El gran “aporte” de los mencheviques al revisionismo, es la teoría de los campos o frentes burgueses progresivos. De acuerdo a esa teoría, para derrocar al zarismo autocrático e instaurar un nuevo régimen, el movimiento obrero y sus partidos debían conformar un campo o frente antizarista, cuya dirección estaría en manos de la burguesía liberal y su partido, el Kadete. Para decirlo en las palabras de Axelrod, uno de sus teóricos más importantes:

“El proletariado lucha por lograr las condiciones que permitirán el desarrollo burgués. Las condiciones históricas objetivas determinan que sea el destino de nuestro proletariado colaborar inevitablemente con la burguesía en la lucha contra el enemigo común ” (citado por Trotsky, Escritos, T. XI, vol. 1, p. 78).

Durante la revolución rusa, el ex-marxista Plejanov, convertido en vocero de la extrema derecha socialpatriota, decía: “Debemos alegramos por el apoyo de los partidos no proletarios y no alejarlos de nosotros con acciones poco tácticas ” (op. cit., p. 82).

De ahí a la teoría de la revolución por etapas fue un solo paso. Los mencheviques sostenían que el derrocamiento del zarismo, lejos de poner fin al frente “antizarista” policlasista, abriría una etapa en la cual, bajo el gobierno de la burguesía liberal, la atrasada Rusia se convertiría en un país capitalista adelantado. En esa etapa el proletariado adquiriría experiencia y conciencia, a través de la lucha por conquistas mínimas. Luego se abriría la segunda etapa, la de la conquista del poder por el proletariado.

La esencia de la política menchevique fue sintetizada años después por Trotsky, al afirmar que la “línea de demarcación entre el bolchevismo y el menchevismo” consistía en que éste buscaba conformar “ un frente común de colaboración política con el enemigo de clase” (The Crisis of the French Section, pp. 56 y 57).

3. La respuesta bolchevique y trotskista

Frente a la teoría de los campos del menchevismo, Lenin y Trotsky plantearon una teoría opuesta. El haber adoptado, cada uno por su lado, esta segunda teoría, es lo que explica su profunda unidad en 1917 y el hecho de dirigir conjuntamente la Revolución de Octubre, superando sus divergencias anteriores.

Para ellos, la división fundamental de la sociedad rusa es, como sostiene el marxismo ortodoxo, en clases: burguesía y proletariado. El eje de su política es el desarrollo de la lucha de clases hasta la conquista del poder por el proletariado. De ahí deriva una teoría de los campos diametralmente opuesta a la de los mencheviques, basada en el hecho de que, por fuera de las dos clases fundamentales, existen otros sectores explotadores y explotados en la sociedad.

Uno de esos campos es el contrarrevolucionario , integrado por el zarismo, los terratenientes y toda la burguesía, incluidos los sectores liberales “antizaristas”. El otro, revolucionario , está integrado por la clase obrera, los campesinos y todos los explotados. Esta es, como se ve, una teoría “campista” basada en la concepción marxista tradicional de la lucha de clases.

La diferencia entre Lenin y Trotsky antes de 1917, fue que éste desarrolló esta teoría hasta sus últimas consecuencias. Al comprender, como Lenin, la verdadera naturaleza de los campos enfrentados, Trotsky llegó a la conclusión de que el campo revolucionario requería una dirección, y ésta no podría ser otra que el proletariado. Con ello refutaba, al mismo tiempo, la teoría menchevique de la revolución por etapas.

Dado que el campo revolucionario, anticapitalista, es encabezado por el proletariado, la revolución contra los explotadores es directamente socialista por su dinámica de clase, por sus tareas y por el tipo de gobierno que impondrá al llegar al poder: una dictadura de la clase obrera apoyada en el campesinado y el conjunto de los explotados. Esta es la teoría de la revolución permanente tal como la desarrolló Trotsky en un principio, al extraer las lecciones de 1905.

Esta teoría de Trotsky tiene una deficiencia fundamental: no incluye la concepción de un partido centralizado que encabece a la clase obrera (la cual encabeza a su vez al campo revolucionario) en la lucha contra el zarismo. En esta etapa entre 1905 y 1917, Trotsky concibe a la organización proletaria como un partido del tipo de la socialdemocracia occidental, apto para las elecciones y la lucha parlamentaria, es decir, para la acción reformista, no revolucionaria.

En Lenin se da la contradicción opuesta. Comparte la concepción de Trotsky en cuanto al carácter de los campos, pero no se plantea qué clase deberá dirigir la alianza revolucionaria de las clases explotadas; por ello, coincide con los mencheviques en cuanto a las dos etapas de la revolución. En cambio, su concepción de la organización revolucionaria es la de un partido centralizado, apto para la lucha por el poder. Su concepción general es “más revolucionaria” que la de Trotsky, porque la práctica de la construcción de tal partido lo habría de llevar a las mismas conclusiones que aquél. Lenin llegará finalmente a esas conclusiones, no por asimilación de la teoría de la revolución permanente, sino como culminación del desarrollo de su propia teoría de los campos y el partido.

La contradicción en el pensamiento de Trotsky se resuelve en 1917, por un proceso análogo al de Lenin. El desarrollo de su teoría lo convence, después de años de combatir la concepción leninista del partido, de la necesidad de construir una organización centralizada como la bolchevique para hacer la revolución. El partido de Lenin era, pues, el adecuado para la teoría de Trotsky.

La síntesis de leninismo y trotskismo que se produce en 1917, obedece a la lógica de clase de la teoría “campista” compartida por ambos.

4. Stalin y el frente popular

La concepción de los “campos” y de la lucha entre ellos que supera a la lucha de clases aparece, pues, con los mencheviques. Sin embargo, quien eleva esta concepción a nivel de una teoría general, de aplicación permanente por los partidos obreros en todos los países y circunstancias, es Stalin con su frente popular.

En 1935 se realiza el Séptimo Congreso Mundial de la Internacional Comunista, ya totalmente dominada por el stalinismo. Allí se promulga esta estrategia que ha pasado a ser la característica del stalinismo desde entonces.

El problema en discusión era el avance del fascismo en Europa: al triunfo de Mussolini unos quince años antes, se unía ahora el de Hitler en Alemania, mientras que la III República francesa había adquirido fuertes rasgos bonapartistas a partir de la asonada reaccionaria de 1934. Dice Trotsky:

“ La conclusión que [los dirigentes stalinistas] han extraído de todo esto es que se necesita la sólida unidad de todas las fuerzas ‘democráticas’ y ‘progresistas ’, de todos los ‘amigos de la paz’ (esa expresión existe) para la defensa de la Unión Soviética por un lado y de la democracia occidental por el otro (…) El eje de todas las discusiones en el congreso fue la última experiencia en Francia bajo la forma del llamado ‘Frente Popular’, que era un bloque de tres partidos: Comunista, Socialista y Radical” (“El congreso de liquidación de la Comintern”, en Escritos T. VII, vol. 1, pp. 133 y 135-6).

Como vemos, ésta es la teoría de los campos, ahora a nivel internacional: donde los mencheviques decían “zarismo”, Stalin dice “fascismo”; y en lugar de la burguesía “liberal antizarista” tenemos a la “democrática antifascista”. El campo reaccionario internacional, liderado por la Alemania nazi, está integrado por la Italia fascista, el gobierno japonés y otras fuerzas como Lavat en Francia y Franco en España. El campo democrático está integrado por el estado obrero soviético y las fuerzas llamadas “democráticas” y “amigos de la paz”: el gobierno frentepopulista de Blum, su homónimo español de Largo Caballero y Negrín y los imperialismos francés, británico y norteamericano.

La política de los partidos comunistas en todos los países debe orientarse en torno al fortalecimiento del campo democrático “antifascista” a nivel nacional y mundial. Es necesario hacer todo lo posible por mantener a la burguesía “democrática” en el campo antifascista, lo cual es precisamente lo que propugnaban los mencheviques con respecto a la burguesía “liberal”.

A nivel nacional, esta política tuvo su expresión más clara en España, donde el PC entró a formar parte del gobierno frente populista de Largo Caballero antes de la guerra civil, y el de Negrín durante la misma.

La teoría de los frentes populares ha conocido diversas variantes: por ejemplo, en los países semicoloniales, los stalinistas buscan conformar “frentes antiimperialistas” con la llamada “burguesía nacional” o “antimonopolista”.

Pero la esencia es siempre la misma: la conformación del campo burgués progresivo.

5. Mao y la teoría de las contradicciones

Como vimos, los mencheviques fueron los primeros en aplicar la política de los campos burgueses progresivos, mientras que Stalin la elevó al nivel de una estrategia permanente. Faltaba dar un paso: elaborar un principio teórico-filosófico que le diera fundamento. Este es el papel que cumplió Mao Tse-tung, con la teoría de las contradicciones.

En su conocida obra “Sobre la contradicción” dijo, elevando a nivel filosófico lo que era su política frente a la invasión japonesa en China:

“Cuando el imperialismo desata una guerra de agresión contra un país [semicolonial] , las diferentes clases de éste, exceptuando un pequeño número de traidores, pueden unirse en una guerra nacional contra el imperialismo. Entonces, la contradicción entre el imperialismo y el país en cuestión pasa a ser la contradicción principal, mientras que todas las contradicciones entre las diferentes clases en el país quedan relegadas temporalmente a una posición secundaria y subordinada ” (Mao, Obras Escogidas, T. 1, pág. 354).

Y concluye: “ De este modo, si en un proceso hay varias contradicciones, necesariamente una de ellas es la principal, la que desempeña el papel dirigente y decisivo, mientras las demás ocupan una posición secundaria y subordinada. Por lo tanto, al estudiar cualquier proceso complejo en el que existan dos o más contradicciones, debemos esforzarnos al máximo por descubrir la contradicción principal  (op. cit., p. 355).

Invirtiendo el orden de los argumentos, tenemos que para Mao existen en la sociedad contradicciones principales y secundarias, pero el carácter de principal o secundario no es permanente, sino que cambia de acuerdo a las circunstancias. El mismo dice que “en la sociedad capitalista, las dos fuerzas contradictorias, el proletariado y la burguesía, constituyen la contradicción principal” (op. cit., p. 353). Pero sucede que, cuando se produce una invasión imperialista, esa contradicción pasa a ser temporariamente secundaria y subordinada, y la contradicción entre la nación semicolonial en su conjunto y el agresor imperialista pasa a ocupar el lugar principal. Como consecuencia de ello, toda la nación, es decir, sus distintas clases, con excepción de un “pequeño número de traidores” deben unirse contra el imperialismo.

Aquí tenemos la teoría de los campos burgueses progresivos expresada en términos filosóficos, o seudofilosóficos. Contra el campo conformado por el imperialismo y el “pequeño número de traidores” que lo apoya, se forma el campo progresivo de la nación”, dirigido por la burguesía.

6. Revisionistas y marxistas: síntesis de las diferencias

En conclusión, vemos un hilo conductor perfectamente claro desde el “frente antizarista” de los mencheviques hasta las “contradicciones” de Mao: es la teoría de los campos burgueses progresivos.

Esta teoría se justifica con la generalización abusiva de un hecho real: las diferencias entre los distintos sectores burgueses. Según Trotsky, en la clase burguesa siempre existen antagonismos mucho mayores que en el seno del proletariado. Es un hecho fácil de explicar: para el trabajador da lo mismo ser explotado por un patrón que por otro, sea éste “nacional” o “imperialista”, mientras que entre los distintos sectores burgueses existe una lucha constante y feroz por el reparto de la plusvalía nacional y mundial. En el plano político esta lucha se traduce en el choque de partidos, sindicatos burgueses, etc., que con frecuencia llegan al enfrentamiento físico: golpes de estado, guerras civiles, invasiones imperialistas, guerras interimperialistas.

A veces, como en el caso de Mitterrand, el sector más “izquierdista” de la burguesía es el propio gobierno. En otros casos, el sector más “derechista” instaura un gobierno fascista o bonapartista y puede tener al resto de la burguesía en su contra. De este hecho real, el revisionismo deduce que el partido del proletariado debe formar parte del campo “progresivo” o “democrático”, o el “antiimperialista” en el caso de los países semicoloniales. Para esta teoría y política, da lo mismo que el campo “progresivo” esté en el poder o en la oposición.

Contra esta teoría de la colaboración de clases, el marxismo levanta su concepción clásica, de la sociedad dividida en clases y de la necesidad de desarrollar la lucha entre las mismas hasta la conquista del poder por el proletariado. Esto no significa que el marxismo ignore la existencia de roces entre los distintos sectores de la burguesía, y si esos roces llegan al choque físico, el partido debe formular una política acorde a la circunstancias. Pero eso significa que se deben aprovechar esos choques, jamás apoyar políticamente a un frente de colaboración de clases que pueda surgir de los mismos. Cualquiera sea la situación de la lucha de clases, el objetivo inmediato de los marxistas revolucionarios no cambia: es la revolución proletaria y la conquista del poder.

Esta última es la diferencia fundamental entre revisionistas y marxistas, la que sintetiza a todas. Stalin ocultó su política de alianza de clases durante la guerra civil española, tras el siguiente argumento: “ primero derrotar a Franco, luego lucharemos por el socialismo ”. Lo mismo dijo para justificar la alianza con el imperialismo anglo-norteamericano durante la guerra mundial: “ lo primero es derrotar a Hitler” . Mao lo expresó en términos filosóficos: primero liquidar la contradicción principal -China frente a Japón- y luego la contradicción entre las clases volverá a ser la principal. En otras palabras, la revolución debe pasar por dos etapas. En la primera, el campo progresivo debe derrotar al reaccionario; en ésta se aplica la política de la colaboración de clases. En la segunda etapa, relegada a un futuro indeterminado, estará planteada la lucha por el socialismo.

¿Qué sostienen los marxistas? Supongamos el caso aparentemente más favorable para la posición de los revisionistas: que dos campos burgueses están enfrentados en guerra, como sucedió entre la República y el franquismo en España. Ante esa situación los revisionistas parten de la base de que existen dos campos enfrentados y que uno es más “progresivo” que el otro , aunque no niegan el carácter burgués de ambos.

El punto de partida de los marxistas es: los dos son campos burgueses, por consiguiente contrarrevolucionarios. Esa es la esencia del problema. La apariencia del problema es que existe un enfrentamiento, lo cual de ninguna manera significa que ese enfrentamiento no sea real. Significa que el enfrentamiento responde a que existen diferencias en cuanto a la manera de aplastar un gran ascenso obrero e imponer el triunfo de la contrarrevolución. La dirección de la República sostiene que eso debe lograrse aboliendo la monarquía, institución especialmente irritativa para las masas, y canalizando las luchas hasta el parlamentarismo burgués. Los fascistas sostienen, en cambio, que es necesario masacrar físicamente a los trabajadores, liquidar sus organizaciones sindicales y políticas, siguiendo el modelo hitleriano.

En España esa diferencia se dirimió por las armas, pero no siempre sucede así. En Francia, en 1934, se produce una asonada fascista que logra el derrocamiento del presidente. Sin embargo, los fascistas no pudieron arrastrar a un sector importante de la burguesía, porque los dos campos prefirieron pactar: mantener el parlamento para guardar las formas democráticas, pero incrementar los poderes de la presidencia para que cumpliera un rol bonapartista. Fue por ello que Trotsky calificó a la III República, a partir de febrero de 1934, de “bonapartismo semiparlamentario”, es decir, una república bonapartista con algunos rasgos de parlamentarismo.

A partir del análisis de clase de los campos enfrentados en guerra, los marxistas sostienen que su objetivo inmediato, la conquista del poder por el proletariado, no cambia. Por el contrario, si el proletariado no toma el poder no puede haber solución a nada: ni al fascismo, ni a la miseria del proletariado, ni a ninguno de los problemas de las masas, todos productos de la existencia del régimen capitalista.

Pero en el ejemplo que estamos tratando existe una situación objetiva: el fascismo se ha levantado para masacrar físicamente a los trabajadores y liquidar todas sus conquistas; esto se combina con el hecho de que los marxistas revolucionarios (los trotskistas) son una pequeña minoría, mientras que las masas siguen a los partidos obreros contrarrevolucionarios que forman parte del “campo burgués progresivo”.

Las masas ven, correctamente, en Franco el enemigo inmediato a derrotar; los marxistas queremos ganarlas para nuestra concepción de que el enemigo a derrotar en forma inmediata es la burguesía en su conjunto, mediante la conquista del poder y la instauración de un estado obrero. ¿Por cuál de esos dos objetivos inmediatos luchamos los marxistas? Por ambos: sabemos que si no estamos en primera fila de la lucha contra Franco, no habrá forma de ganar a las masas para la lucha contra la burguesía en su conjunto. Por eso Trotsky dice: “Participamos en la lucha contra Franco como los mejores soldados, y al mismo tiempo, en interés de la victoria sobre el fascismo, agitamos la revolución social y preparamos el derrocamiento del gobierno derrotista de Negrín. Sólo una actitud semejante puede acercarnos a las masas” (La revolución española, T. 2, p. 166).

En otras palabras, la guerra entre la República y el franquismo puede terminar con el triunfo de uno u otro bando. Pero el triunfo de la República jamás significa la derrota histórica del fascismo. Este peligro seguirá existiendo, mientras exista el régimen capitalista. También existirá la miseria creciente no como peligro sino como realidad; ningún problema puede ser resuelto sin la conquista del poder.

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