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El pasado jueves 12 de noviembre, el gobierno de Alexis Tsipras enfrentó la primera huelga general desde que fuera elegido en enero de este año. La medida de fuerza fue convocada por la Confederación de Sindicatos de Trabajadores Públicos ADEDY; la central que aglutina a los sindicatos del sector privado GSEE; además de PAME, el agrupamiento sindical que dirige el Partido Comunista (KKE). Tres fueron los ejes principales de la huelga: rechazo a los recortes brutales en las pensiones; rechazo a la destrucción del empleo debido a las privatizaciones y a los recortes presupuestarios; oposición a la política de expulsión de sus casas para aquellos que no puedan pagar las hipotecas contraídas con los bancos.

Por Daniel Sugasti

Durante los primeros meses del gobierno de Syriza –posiblemente un poco antes, cuando este partido ya representaba un “fenómeno” electoral–, el alto promedio de huelgas y luchas obreras de años anteriores había disminuido. No era para menos, dada la enorme expectativa inicial que la clase trabajadora y el pueblo griego depositaron en el gabinete de Tsipras.

Sin embargo, fundamentalmente a partir de la traición de Syriza al pactar un tercer memorando de ajustes con los “acreedores internacionales” a pesar del resultado del referendo realizado en julio pasado, la situación parece estar cambiando.

En este marco, el resultado de esta huelga, convocada contra las medidas de un gobierno que se presenta como de “izquierda”, sorprendió a más de uno: paró el metro, el ferrocarril, los autobuses funcionaron solo en determinadas franjas horarias, la mayoría de la instituciones públicas cerró –incluso se redujo al mínimo la atención hospitalaria–, hubo cancelamientos de vuelos domésticos y de numerosos trayectos marítimos entre el continente y las islas, sobre todo debido a la influencia entre los trabajadores náuticos del sindicato PAME.

Los sindicatos que representan a los farmacéuticos, médicos, profesores y bancarios también cruzaron los brazos. En líneas generales, la adhesión fue mucho más fuerte en el sector público que en el privado. En algunas ciudades pequeñas también hubo presencia de pequeños campesinos, un sector golpeado por los recortes en las subvenciones y por el incremento tanto de los impuestos como de los abonos.

El día de la huelga, la manifestación principal que recorrió Atenas contó con más de 20.000 personas, un número que, aunque menor, representó la mayor concentración desde las marchas por el OXI durante el proceso previo al último referendo. En el cierre de la jornada, la policía reprimió a manifestantes en la Plaza Syntagma, lanzando gases lacrimógenos y arrestando a por lo menos tres activistas.

La importancia política de esta huelga general es enorme. Hasta ahora, exceptuando el paro parcial de los empleados públicos en julio, el gabinete de Tsipras no había tenido que lidiar con conflictos laborales de peso. Esto parece estar cambiando. La huelga de la semana pasada muestra que el descontento crece y que la “luna de miel” de la clase trabajadora con el gobierno de Syriza está, como mínimo, en crisis. A nadie le pasó inadvertido el pisoteo de Tsipras a la voluntad popular en el referendo, y su posterior capitulación ante Merkel y la Unión Europea.

La realidad indica que la clase trabajadora comienza a despabilarse y vuelve a la carga contra las medidas, aprobadas o por aprobarse, que dicta el tercer memorando. La diferencia es que, ahora, el “gestor” de la maquinaria de guerra dirigida por el ahora “cuarteto” de “acreedores internacionales” –Comisión Europea, Banco Central Europeo, Mecanismo Europeo de Estabilidad y Fondo Monetario Internacional– es nada menos que Syriza, otrora un “partido antiausteridad”. El que la clase trabajadora haya salido a las calles y haya realizado una experiencia concreta enfrentándose con las medidas del gobierno de Tsipras es sumamente progresivo.

Más recortes a la vista

Tal como ocurría con gobiernos anteriores, la espiral de recortes promovidos por Syriza son producto, y agravan, al mismo tiempo, la dramática situación económica griega.

En abril de 2015, la Comisión Europea pronosticó para Grecia un crecimiento del PIB del orden del 0,5% para este año y 2,9% para 2016. En octubre, esos mismos “expertos” anunciaron que en 2015 el PIB caería en torno a 1,4% y en 2016 en torno a 1,3%. En cuanto al déficit presupuestario, las previsiones hablan de 3,6% para 2016 y 2,2% para 2017. El peso de la deuda, a pesar de todos los recortes y de la “austeridad”, se sitúa en 194,8% del PIB y subirá a 199,7% el año próximo.

Hace poco, el parlamento heleno aprobó, mediante la mayoría que detentan Syriza y su socio de gobierno, el partido xenófobo y ultranacionalista Griegos Independientes, el aumento de la edad de jubilación a 67 años. Las pensiones de aquellos que se jubilaron antes de esta disposición serán recortadas porque se jubilaron con menos edad.

La situación de la clase trabajadora está tan pauperizada que la compañía de electricidad anunció posibles cortes de luz para 2,1 millones de hogares. Solo en el último mes, 15.000 usuarios fueron desconectados de la red eléctrica por deudas con la empresa de distribución[1]. Los aumentos fueron tales que, por ejemplo, un hogar que debía pagar dos veces al mes 52 euros por consumo eléctrico, según las nuevas normas y los nuevos impuestos (IVA entre otros), ahora deberá abonar dos veces 100 euros.

El desempleo alcanza 25% y llega a 48,6% entre los menores de 25 años, según la agencia europea de estadísticas Eurostat[2]. En al menos 350.000 familias ningún miembro cuenta con ingresos y entre quienes disponen de empleo, medio millón trabaja tiempo parcial con un salario medio de 346 euros[3]. Tras siete años de recesión, la pauperización masiva es el principal rasgo de la situación económica. En ese marco, además de las pensiones, el gobierno de Tsipras aumentó el IVA [impuesto al consumo] y no ha hecho nada para revertir, por ejemplo, el cobro de 5 euros para ser atendido en los hospitales.

Por si fuera poco, el pacto realizado entre Syriza y el “cuarteto” prevé más recortes. A cambio de 2.000 millones de euros para las arcas públicas y otros 10.000 para otra “recapitalización” de la banca griega, Tsipras y su socio en el gobierno deberán concretar, entre otras “reformas”, el fin de la moratoria a los desahucios. Esta medida ya suscita altísima desaprobación, pues implicaría para una familia el riesgo concreto de perder la vivienda que esté hipotecada si no puede pagar la hipoteca.

¡Unificar las luchas contra el ajuste de Tsipras y el “cuarteto”!

La huelga general contra el plan de austeridad que pretende aplicar el gobierno de Syriza ha sido un importante primer paso. La discusión, ahora, debe ser cómo continuar la resistencia obrera y popular. La única salida positiva para el pueblo griego vendrá de su organización y su lucha dentro y fuera de los locales de trabajo y estudio. La más mínima confianza en el gobierno será nefasta; cualquier tipo de tregua costará muy caro. La tarea consiste ahora en unificar a todos los sectores que salen a las calles alrededor de un plan de lucha nacional contra el ajuste que aplica el gobierno de Tsipras, planteando el rechazo a que sea la clase trabajadora la pague por la crisis de los capitalistas y los banqueros, expresando, al mismo tiempo, el rechazo a la permanencia en el euro y proponiendo una alternativa clasista para la crisis económica y social que atraviesa el país heleno.


[1] http://internacional.elpais.com/internacional/2015/11/12/actualidad/1447335160_199311.html

[2] http://eleconomista.com.mx/economia-global/2015/10/30/espana-grecia-e-italia-mayor-desempleo-zona-euro

[3] En 2014, el salario medio se había caído 24% desde 2010. Ver: http://eleconomista.com.mx/economia-global/2014/09/26/salarios-grecia-cayeron-24-201

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