Home Estatal 90 años de la revolución en el Estado español: Seguir el hilo...

90 años de la revolución en el Estado español: Seguir el hilo rojo de la historia

Tenemos prácticamente interiorizado que nuestras ciudades se han convertido en un escaparate, y que las calles parecen puestas como un mero decorado. Sin embargo, la historia es tozuda y cuando nos obligamos a hacer memoria y accionar la máquina del tiempo 90 años atrás, sabemos que el panorama no tiene nada a ver. Hace 90 años, las calles que hoy pisamos eran tomadas por la clase trabajadora de Catalunya, así como muchos otros lugares del Estado español, y eran el escenario de una de las revoluciones más importantes del siglo XX.

El 19 de julio de 1936, como respuesta al golpe de estado fascista con Franco a la cabeza, se dio un estallido revolucionario en que la clase trabajadora empezó un proceso de colectivizaciones, expropiaciones y control obrero de la economía sin precedentes en el Estado español.

Por: Corriente Roja

Una de las revoluciones más profundas de la historia

El Estado español venía de 5 años de República, una República que no supo atender las tareas democráticas pendientes, tales como la reforma agraria o la cuestión nacional y colonial. De hecho, la IIa República se encargó de ahogar aquellos estallidos revolucionarios allá donde se dieron, como fueron los casos de Asturias o Casas Viejas. Pocos meses antes de estallar el golpe de estado y la revolución, se había conformado el gobierno del Frente Popular, un gobierno que tampoco asumió estas tareas. Pero la clase trabajadora ya había visto la eficacia de la República a la hora de cumplir sus promesas electorales y no esperó la acción “legislativa” del Parlamento: entre febrero y julio, se organizaron más de 113 huelgas generales y 228 huelgas parciales en todo el Estado español, es decir, de 6 meses, 4 fueron de huelga general. Cada región vivió, al menos, una huelga general.

Y es en esta situación que se dará el golpe de estado, con un gobierno que se negará a armar a los obreros y obreras, pero con una masa revolucionaria que le pasará por encima, que asaltará comisarías para armarse y, a través de la autoorganización, conseguirá frenar el golpe de estado a muchos lugares.

En Barcelona, la clase trabajadora paró el golpe en menos de 24 horas y enseguida se empezaron a constituir comités revolucionarios. Comités de defensa, de fábrica, de barrio, de control obrero, de abastecimiento, de alistamiento a las milicias, etc. Estos comités fueron el embrión de los órganos de poder de la clase obrera. De manera autónoma, sin consigna de ninguna organización, iniciaron una metódica expropiación de las propiedades de la burguesía, pusieron en marcha la colectivización industrial y campesina y organizaron las milicias populares.

Las instituciones legales del Estado republicano dejaron de funcionar y, a la práctica, el único poder real existente era lo de los obreros y obreras en armas y sus organizaciones, el “gobierno” de la IIa República era solo gobierno de nombre. En Catalunya, la CNT tenía la mayoría en estos comités revolucionarios.

La clase obrera organizada tenía el control del armamento, de gran parte de la economía y también de los puertos y las fronteras. En cada localidad donde se instituía el nuevo régimen se creaba un comité de la CNT. Se colectivizaron el transporte, las compañías de energía, las fábricas de ingeniería y montaje de automóviles, minas y fábricas de cemento, industrias textiles y de papel, compañías químicas, industrias de alimentación, así como otras muchas empresas que fueron confiscadas o controladas por comités de obreros. Los alimentos, la ropa y otros artículos se concentraban en un almacén comunal bajo el control del comité local. Las iglesias que no habían quemado se reconvirtieron en almacenes, comedores, escuelas, etc. En muchas comunidades se abolió el uso interno del dinero. En el Aragón, por ejemplo, no quedó pueblo sin colectivizar.

Algunas lecciones para la lucha de clases hoy

Los primeros meses de la revolución supusieron unos cambios muy profundos en la vida e historia del Estado español, sin embargo, solo 3 meses después del estallido, la situación aconteció muy diferente y todos aquellos adelantos empezaron a retroceder.

“Ningún gobierno en el mundo lucha contra el fascismo hasta suprimirlo”. Estas fueron las palabras de Buenaventura Durruti antes de marchar en columna hacia el Frente de Aragón, y es que Durruti tenía una intuición de clase brillante. Como muy bien caracterizaba, el fascismo es la última carta de la burguesía para mantener sus privilegios como clase y, tristemente, el gobierno del Frente Popular, a pesar de contar con organizaciones obreras, contaba con un programa profundamente antiobrero, tenía el objetivo de desarrollar el capitalismo en el Estado español y temía más a la revolución obrera que al golpe de estado de Franco, y toda su política durante el curso de la Guerra Civil fue frenar la revolución.

Ganar la revolución para ganar la guerra y los falsos aliados internacionales. Esta polémica, presente durante todo el curso de la revolución, está íntimamente ligada con el contexto internacional del momento. Este posicionamiento que “posponía” la revolución, en realidad respondía a los intereses del imperialismo europeo y de la burocracia soviética. Sin ir más lejos, el Frente Popular y los gobiernos de colaboración de clases fueron una medida estratégica aprobada por el VII Congreso de la Komintern, burocratizada como parte de la coexistencia pacífica con el imperialismo. Es decir, a cambio de mantener el estado obrero en la URSS, se ahogaban las revoluciones al resto de Europa (al final, el socialismo en un solo país acaba siendo socialismo en ninguna parte más que en la URSS).

A cambio de un armamento miserable y cutre, el gobierno de la IIa República se comprometió con la burocracia soviética a perseguir -incluso a ejecutar- revolucionarios y ahogar las conquistas de la revolución, entregando el control policial y de la banca al PCE y disolviendo las milicias e integrándolas bajo control del gobierno.

La gran desgracia es que las organizaciones obreras que compraron esta premisa no veían que, en realidad, “posponer” la revolución no era más que chafarla y que, si bien el fascismo era el máximo exponente del capitalismo y los intereses de la burguesía, solo una revolución proletaria que cambiara la economía y expropiara la clase dominante podía garantizar la victoria contra Franco.

Era necesario tomar el poder. Cómo hemos dicho, el 19 de julio estalla una revolución muy profunda. Solo un día después, en Catalunya, se da una situación completamente inédita. Lluís Companys convoca a la dirección de la CNT y les ofrece la Generalitat, cosa que la CNT rechazaría. En septiembre, se disolvería el Comité Central de Milicias Antifascistas y la CNT y el POUM entrarían en el Consell de la Generalitat, bajo la dirección de Companys, que disolvería las milicias en octubre, y en noviembre entraría la dirección de la CNT al gobierno central de Largo Caballero con los ministerios de Justicia, Industria, Comercio y Sanidad.

La revolución desencadenada después del alzamiento obrero del 19 de julio colocó la cuestión del poder en el centro: las revoluciones son, de hecho, la lucha por el poder. Los que toda la vida se habían declarado enemigos jurados del Estado y de todo gobierno, en nombre del anti-autoritarismo, acabaron sosteniendo un gobierno en ruinas y colaborando en la reconstrucción del estado burgués.

La revolución del Estado español nos demuestra que una revolución no deja espacio a la simple negación del Estado sino que exige su conquista por parte del proletariado, porque el Estado es el producto y la manifestación del antagonismo irreconciliable de clases. Se trata de un órgano de dominación de una clase sobre otra y, por lo tanto, exige que el proletariado lo conquiste para poder eliminar definitivamente las clases sociales y, una vez conseguida, desaparezca como consecuencia de no ser ya necesario. Renunciar a la conquista del poder es dejarlo voluntariamente a quién ya lo tiene: los explotadores. Y este fue el crimen de la dirección de la CNT. Un crimen que después pagaría con la persecución y ejecución de su propia militancia.

Es por eso que somos muy críticas con la actuación de la cúpula de la dirección de la CNT y el POUM con su entrada al gobierno, porque de este modo estaban asumiendo parte de la responsabilidad de frenar las conquistas revolucionarias. Sin embargo, sabemos que tanto el POUM como la CNT eran conformados por sectores muy diversos y que había mucha militancia honesta que creía en la revolución e hizo lo posible para que triunfara. Ejemplo de esto es la agrupación Amigos de Durruti, que nunca dejó de reivindicar todo el poder para la clase obrera y la creación de órganos obreros, campesinos y combatientes para poder ejercer el poder obrero.

Sin partido revolucionario, no hay victoria. Una de las conclusiones más claras que extraemos del proceso iniciado el 1936 es la falta de un partido revolucionario con un programa claramente socialista y con independencia de clase que se levantara como alternativa para las masas, que estaban viendo como sus conquistas eran arrebatadas y chafadas. El partido tiene una teoría y un programa que la espontaneidad de las masas no tiene. Ningún partido puede “forzar” la situación y “provocar” la revolución. Pero tampoco una convulsión social espontánea puede triunfar si no existe un centro organizador, un partido revolucionario que transforme esta convulsión en lucha organizada por el poder. Volviendo a 1917, la revolución rusa no habría triunfado sin la dirección del Partido Bolchevique al frente, un partido que no se improvisó, sino que se había ido construyendo desde hacía décadas, incluso cuando había quedado completamente arrasado por la represión, y se estuvo preparando para acontecer una organización disciplinada para tomar el poder por la vía de una insurreción armada, porque la burguesía nunca libraría el poder a los trabajadores y, hasta que el poder político no fuera conquistado por la clase obrera, este estaría constantemente amenazado. Esta condición cualitativa fue el que hizo triunfar la revolución en Rusia el 1917, y la carencia de esta fue el que hizo que la revolución del 36 en el Estado español fue derrocada.

Nuestro homenaje

Hoy, el movimiento revolucionario todavía paga las derrotas y traiciones del siglo XX y la clase trabajadora está lejos de ser aquella fuerza revolucionaria. A la vez, es más necesario que nunca que lo sea. El capitalismo se encuentra en una crisis económica sin precedentes, al que se le suma una crisis climática que no solo amenaza la producción, sino también las condiciones de vida del conjunto de la humanidad. Y con todo esto, los Estados supuestamente democráticos adoptan medidas cada vez más represivas contra la clase trabajadora (como por ejemplo la Ley Mordaza, encara sin derogar, 8 años después; o la aprobación del nuevo ICE europeo), para mantener su riqueza y, aun así, para un sector de la burguesía sigue siendo insuficiente.

Un sector de la burguesía considera que los marcos legales de los estados capitalistas son un obstáculo y que no son suficientes para garantizar sus beneficios. Este sector, encabezado por Trump, pero del cual también forman parte *Bukele, *Milei o, en el Estado español, Vox, está dispuesto a estrangular sin ningún tipo de escrúpulos la clase trabajadora para proteger los intereses de los de siempre. Y que los más ricos se puedan seguir *enriquin a un ritmo cada vez más acelerado a expensas de aumentar la barbarie que nos imponen a los y las trabajadoras.

Y ante esta amenaza vuelven a sonar las mismas soluciones que ya se han mostrado como un fraude tantas veces: la solución de los Frentes Populares, de la colaboración de clases, de confiar ciegamente en la burguesía “democrática” o la burguesía de “izquierdas”.

La Revolución del 36 nos enseña que no fue un gobierno de “izquierdas” el que paró el golpe de estado, sino que fue el pueblo armado y organizado con independencia de clase quién lo hizo. Una de las lecciones más importantes que nos deja la Revolución del 36 es que la clase trabajadora solo nos tenemos a nosotros mismas, y que no podemos confiar en ningún agente externo más que en nuestras propias fuerzas y las de nuestros hermanos de clase de todo el mundo.

Por eso es importante que hoy no caigamos en los mismos engaños que hace 90 años. El combate contra el auge reaccionario solo podrá venir de las organizaciones de la clase trabajadora.

Seguir el hilo rojo de la historia es precisamente estudiar aquellos y aquellas que nos han precedido antes para poder extraer lecciones para el momento que nos toca vivir y poder llevar a cabo victoriosamente nuestras tareas históricas como revolucionarias.

Y es que estudiar la historia no puede tener cabe otro propósito que no sea entender el presente para cambiar el futuro. En este sentido, celebramos que tantas otras organizaciones como nosotros estén estudiando la Revolución del 36 y extrayendo sus propias conclusiones, y llamamos a emprender este camino juntas. Si bien hemos dicho antes que sin partido revolucionario que lleve a la clase trabajadora hasta la toma del poder no seremos capaces de llevar la revolución hasta el final, tenemos bien claro que este partido no se construirá bajo unas siglas concretas a defender incondicionalmente, sino bajo el paraguas de un mismo proyecto político: el de la revolución proletaria internacional hacia el socialismo. A todas aquellas que 90 años después siguen llevando un mundo nuevo en sus corazones, hacemos este llamado.

Salir de la versión móvil