El 6 de febrero de 2026, la plantilla de Akzo Nobel del centro del Prat de Llobregat salía a su primer día de huelga ante el anuncio de un expediente de regulación de empleo (ERE) que, en un primer momento, afectaría 120 trabajadoras de un total de 197; es decir, el despido de 2 de cada 3 personas de la plantilla.

Por: Tània K.

La huelga consiguió un seguimiento del 100%, y la actitud de la plantilla fue de plena disposición, unidad y combatividad. El día culminó con una manifestación hasta la Plaça Sant Jaume de cerca de 500 personas, al grito de “¡Aquí no se echa a nadie!”. En este sentido, la plantilla de Akzo Nobel se convirtió en un ejemplo de lucha colectiva y conciencia de clase. Hay que remarcar que esta predisposición a luchar no surge de la nada. Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, es imprescindible poner el foco en el papel del comité de empresa, que hace años que es al frente del centro, garantizando la democracia obrera en cada decisión y ganándose, con práctica constante, la confianza de toda la plantilla. Es un honor poder aprender de esta experiencia protagonizada por compañeras del sindicato. Resulta que todos aquellos ideales que defendía Co.Bas y que hicieron que lo eliges como mi sindicato; como la democracia obrera, la honestidad de las delegadas, el sindicalismo combativo; se confirman a la práctica.

Akzo Nobel es la prueba viva que el sindicalismo hoy continúa teniendo sentido, y que hay esperanza más allá de las burocracias sindicales institucionalizadas. Es la demostración que se puede —y se debe— hacer algo más que limitarse a consultar abogadas y esperar pasivamente que un tribunal resuelva aquello que es profundamente injusto. No solo podemos hacer algo más, sino que tenemos el deber de hacerla. En una coyuntura en que tanto los gobiernos progresistas como los liberales acaban gobernando en función de los intereses de la patronal, la vía legal es extremadamente limitada y, en el mejor de los casos, solo ofrece “despidos de oro” que no cuestionan el fondo del problema: el derecho del capital a destruir puestos de trabajo para aumentar beneficios sin límite.

Las sindicalistas necesitamos ejemplos como el de las compañeras de Akzo Nobel para definir hacia donde andamos. Convertir las asambleas de trabajadoras en la herramienta central de toma de decisiones y establecer vínculos reales de confianza entre la plantilla y las delegadas no es una cuestión de “formas” o de estilo sindical, sino la única garantía material para poder responder a los ataques de la patronal como lo hacen las compañeras de Akzo. La fuerza colectiva no se improvisa cuando llega el ERE: se construye durante años de práctica sindical honesta, democrática y arraigada en el centro de trabajo.

Y no se trata solo de una cuestión de interés inmediato de la plantilla afectada. Los ERE no son una anomalía ni una mala gestión puntual, sino una herramienta estructural del capital para restaurar incrementar su tasa de beneficio. Cuando la multinacional decide reordenar la producción a escala global lo hace para extraer pagar menos y ganar más, el coste de esta decisión se imputa directamente sobre la clase trabajadora. El despido masivo sirve tanto para reducir costes salariales como para disciplinar el conjunto de la clase trabajadora, incrementando el ejército de parados y debilitando la capacidad de negociación de quien conserva el trabajo.

Afrontar los ERE es un deber de clase, porque son un ataque directo contra el conjunto de la clase trabajadora: contra las jóvenes que se incorporan al mercado laboral, contra las personas que quieren salir del paro, y contra todas aquellas que intentan negociar mejores condiciones bajo la amenaza permanente del “si no lo aceptas tú, lo aceptará otra”. Los ERE generalizados funcionan como un mecanismo de chantaje estructural que rebaja salarios, empeora condiciones y fragmenta la clase.

Los ERE son también una autopista hacia una Catalunya cada vez más dependiente del turismo y de los servicios precarios, donde los contratos temporales y mal pagados acontecen la norma, mientras los expats y el capital inmobiliario expulsan la clase trabajadora de sus barrios. Luchar contra la destrucción de puestos de trabajo industriales es defender la industria propia, el trabajo estable y cualificado, y la capacidad productiva del país. Es defender, en definitiva, las bases materiales que permiten una sociedad menos dependiente y menos subordinada a Europa. Una Europa cada vez más subordinada a los intereses geopolíticos y económicos de los Estados Unidos, donde las decisiones estratégicas se toman lejos de los centros de trabajo y de espaldas a las necesidades sociales.

La lucha por cada puesto de trabajo a la planta del Prat de Llobregat no es una lucha local ni corporativa: es una lucha del conjunto de la clase trabajadora. Y es responsabilidad de todas y todos construir la solidaridad activa con las 120 familias que hoy son a la primera línea de este conflicto, porque en esta lucha nos jugamos mucho más que un centro de trabajo: nos jugamos la fuerza y la dignidad de la clase trabajadora en su conjunto.

Me siento muy afortunada de tener referentes dentro de mi sindicato. El nuevo sindicalismo se construye día a día, en periodos de calma pero sobre todo en momentos de lucha. Estoy convencida que siguiendo el ejemplo y acompañando la experiencia de las compañeras, conseguiremos que las plantillas que luchan sean la norma y no la excepción. ¡Viva la lucha de la clase obrera!