La huelga de Airbus vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que va mucho más allá de un convenio: quién decide en los centros de trabajo y hasta dónde están dispuestos los trabajadores a luchar para defender lo que es suyo.
Por: Germinal Vidal (Kaos en la red)
La historia reciente de Airbus demuestra algo que durante demasiado tiempo se ha querido presentar como imposible: cuando una plantilla se organiza, ocupa las puertas de la fábrica, sostiene los piquetes y convierte la asamblea en el verdadero centro de decisión, incluso una multinacional de dimensiones gigantescas puede verse obligada a retroceder.
La huelga ha vuelto. Y lo ha hecho porque los trabajadores han decidido que no quieren aceptar acuerdos insuficientes ni promesas vacías.
Después de semanas de conflicto, la plantilla volvió a movilizarse a finales de agosto y retomó los piquetes en centros como Getafe, Illescas y Sevilla. En Getafe, cientos de trabajadores se concentraron a las puertas de la fábrica y la asamblea llegó a reunir a más de 1.500 personas. No es una anécdota. Es una señal.
La empresa quiere tiempo, los trabajadores tienen la huelga
Airbus intenta ahora jugar una carta conocida: ofrecer una negociación abierta, hablar de posibles mejoras salariales y pedir a cambio que se levante la presión. El problema para la empresa es que la huelga es precisamente lo que está haciendo que las negociaciones existan.
Cuando una multinacional habla de «diálogo» mientras la producción comienza a verse amenazada, conviene preguntarse qué significa realmente ese diálogo. Para los trabajadores, puede significar ganar derechos. Para la empresa, puede significar ganar tiempo.
Por eso la cuestión central no es simplemente sentarse a negociar. Es desde qué posición se negocia. Una negociación sin presión es una petición. Una huelga sostenida, organizada y consciente puede convertirse en una relación de fuerzas.
Y eso es lo que Airbus parece estar empezando a comprobar. Y es que la empresa se encuentra ante el riesgo de que la falta de suministros termine afectando a otros centros de producción europeos.
Ahí aparece una verdad elemental de cualquier sociedad capitalista: quien produce tiene poder. Los aviones no salen de las fábricas por voluntad de los directivos. Salen porque miles de trabajadores diseñan, fabrican, ensamblan, mantienen, transportan y hacen posible cada pieza del proceso productivo. La riqueza está arriba. Pero el poder de hacerla funcionar está abajo.
No es solo una pelea salarial
Sería un error reducir el conflicto de Airbus a una disputa por determinados porcentajes salariales.
Claro que el salario importa. Importa porque los trabajadores viven de él mientras las empresas buscan proteger sus márgenes y beneficios. Importa porque la inflación puede convertir una subida nominal en una pérdida real de poder adquisitivo. Y porque detrás de cada reivindicación salarial hay una cuestión muy concreta: cuánto de la riqueza que produce la clase trabajadora vuelve a sus propias manos.
Pero hay algo más profundo. La lucha de Airbus está poniendo en cuestión una determinada manera de entender las relaciones laborales: años y años de pactos, acuerdos cerrados entre direcciones sindicales y empresas, desmovilización y una idea repetida hasta convertirla casi en dogma: que la clase trabajadora debe aceptar lo que se pueda conseguir mediante el «diálogo social».
El problema es que el llamado diálogo social tiene una condición previa: que los trabajadores renuncien a utilizar toda su fuerza. Y cuando la plantilla decide que no va a renunciar a ella, el escenario cambia.
Las asambleas frente a las decisiones desde arriba
Un elemento decisivo de este conflicto es el papel de las asambleas. La experiencia de Airbus ha mostrado el choque entre dos lógicas. Por un lado, la lógica de los acuerdos negociados desde arriba, donde las direcciones sindicales pueden terminar tomando decisiones en nombre de miles de trabajadores. Por otro, la lógica de la organización desde abajo: asambleas, debate, votaciones, piquetes y control directo de las decisiones.
En julio, la plantilla rechazó en referéndum un preacuerdo firmado por SIPA, CCOO y ATP. La consulta contó con una participación del 81,44 % de los trabajadores, y el 49,15 % votó en contra frente al 45,95 % que lo hizo a favor.
Más allá del resultado concreto, hay una conclusión política evidente: los trabajadores no quieren ser espectadores de su propia lucha. Una negociación puede ser necesaria. Un sindicato puede ser necesario. Una mesa de negociación puede ser necesaria. Pero ninguna de esas herramientas debería sustituir a quienes ponen el cuerpo en la huelga. Los sindicatos deben ser instrumentos de la clase trabajadora, no mecanismos para administrar su desmovilización.
La paz social no es neutral
Durante décadas se nos ha hablado de la «paz social» como si fuera un beneficio universal. Pero ¿paz para quién?
Cuando una empresa mantiene sus beneficios mientras los salarios pierden poder adquisitivo, cuando aumenta la productividad pero no aumenta proporcionalmente la parte que reciben quienes producen, cuando proliferan las subcontratas y la precariedad, la ausencia de huelgas puede significar simplemente que una de las partes tiene mucha más fuerza que la otra. Por eso la paz social no debería convertirse en un objetivo en sí mismo. Si una empresa obtiene beneficios mientras exige contención salarial, flexibilidad y sacrificios, no existe ninguna razón para que los trabajadores sean quienes deban cargar con el coste de mantener la «estabilidad».
La estabilidad que importa es otra: empleo estable, salarios dignos, derechos laborales y capacidad colectiva para decidir.
¿Una plantilla fragmentada?
Hay además una cuestión que resulta fundamental: la unidad. Una gran empresa puede dividir a los trabajadores por centros, categorías, contratos y empresas auxiliares. Puede existir una plantilla principal junto a trabajadores subcontratados que realizan tareas imprescindibles pero tienen peores condiciones.
Esa división beneficia a la patronal. Frente a ella hay que construir exactamente lo contrario: una unidad de clase que atraviese las categorías y las empresas.
Porque si un trabajador de Airbus y un trabajador de una subcontrata producen juntos la riqueza, no tiene sentido que sus derechos se defiendan por separado. La patronal conoce perfectamente esta lógica. Por eso la subcontratación se ha convertido en una de las herramientas más eficaces para fragmentar a la clase trabajadora. La respuesta debería ser clara: mismo trabajo, mismos derechos; ninguna división entre trabajadores de primera y de segunda.
Airbus puede convertirse en algo más que Airbus
Aquí está probablemente la cuestión más importante. El conflicto de Airbus puede quedarse encerrado dentro de sus fábricas. O puede convertirse en un punto de referencia para otros sectores.
En las últimas semanas y meses también se han producido conflictos laborales en distintos sectores y territorios, desde la educación hasta los servicios públicos y la industria. Eso indica que no estamos ante problemas aislados.
Hay una misma tensión recorriendo muchos centros de trabajo: trabajadores que ven cómo aumenta el coste de la vida, cómo se deterioran las condiciones laborales y cómo las empresas y administraciones reclaman paciencia mientras las plantillas acumulan años de sacrificios.
Por eso la solidaridad con Airbus no debería reducirse a un mensaje en redes sociales. Hay que llevarla a los centros de trabajo. Que otras plantillas conozcan el conflicto. Que delegaciones de trabajadores visiten los piquetes. Que los sindicatos combativos impulsen cajas de resistencia y acciones de solidaridad. Que se coordinen las luchas. Porque una huelga aislada puede ser derrotada pero una huelga que consigue conectar con otras luchas puede cambiar completamente la relación de fuerzas.
La lección es sencilla: sin trabajadores, no hay producción
Hay una imagen que resume toda esta batalla. A un lado, una multinacional gigantesca, con recursos, abogados, directivos y capacidad económica. Al otro, miles de trabajadores.
Y, sin embargo, llega un momento en el que la producción se detiene porque quienes fabrican no trabajan. Ese es el poder de la clase trabajadora. No es un poder concedido por nadie. No depende de elecciones sindicales ni de mesas de negociación. Nace de una realidad material: el capital necesita trabajo para reproducirse.
La huelga hace visible esa contradicción. Por eso genera tanta presión. Por eso la patronal intenta limitarla. Por eso aparecen llamamientos a la responsabilidad, a la moderación y a volver cuanto antes a la normalidad. La «normalidad» significa que los trabajadores producen y otros deciden. La huelga invierte temporalmente esa relación. Y por eso importa.
Ganar Airbus, organizar la fuerza
Ahora la cuestión no es simplemente resistir unos días más. El desafío es convertir la movilización en una organización capaz de sostener la lucha hasta conquistar las reivindicaciones.
Eso implica asambleas soberanas, información transparente sobre las negociaciones, control de los representantes por parte de la plantilla, coordinación entre centros y unidad con las subcontratas. Y significa también algo que suele resultar difícil: recuperar la confianza en la capacidad colectiva de los trabajadores.
No esperar que la solución venga de un despacho. No confiar en que una promesa de la dirección sustituya a un acuerdo concreto. No levantar una huelga a cambio de palabras. Si Airbus quiere producción, que garantice derechos. Si quiere paz, que empiece por aceptar las reivindicaciones de quienes hacen posible sus beneficios.
La lucha de Airbus tiene una importancia que supera las paredes de sus fábricas. Porque cada vez que una plantilla demuestra que puede organizarse y enfrentarse a una multinacional, rompe un poco el discurso de la impotencia. Cada piquete demuestra que la producción no es propiedad real de quienes aparecen como sus dueños. Cada asamblea soberana demuestra que los trabajadores pueden decidir sobre su propia lucha. Y cada victoria abre una posibilidad para otros. Airbus no muestra a trabajadores resignados, sino a trabajadores organizados. Y, para la clase trabajadora, esa diferencia lo cambia todo.
Este artículo fue publicado originalmente el 28 de agosto de 2026 en www.kaosenlared.net
Imagen por @Guevura vía X
