Las organizaciones revolucionarias y la lucha contra el machismo
En los últimos años, especialmente vinculado al desarrollo del movimiento feminista y de la lucha de las oprimidas en todo el mundo, se ha puesto bajo la mirada pública una problemática que, en realidad, ha existido siempre: el combate contra el machismo dentro del activismo y de las organizaciones políticas de la izquierda anticapitalista.
En este marco, con motivo del 25-N, exmilitantes de las juventudes del PCTE y CJC publicaron un estudio que abre el debate al respecto a partir de su experiencia militante, titulado: “Ninguna agresión sin respuesta – Fuera machistas de nuestras filas comunistas” (1).
En ese texto denuncian la falta de medidas contra el machismo y las agresiones dentro de los partidos comunistas, la ausencia de protocolos y el rechazo hacia la lucha de las mujeres obreras. Además, expresan su voluntad de abordar este debate desde una perspectiva marxista, proponiendo el análisis científico como método de aproximación hacia la construcción de organizaciones comunistas que tengan la capacidad real de organizar a la clase obrera en su conjunto.
Por: Secretaría de Mujeres de Corriente Roja
Las militantes de Corriente Roja celebramos la iniciativa de las compañeras. Sabemos sobradamente que no es fácil atreverse a denunciar el machismo dentro del propio partido y, aún menos, continuar dando la batalla en el terreno público cuando la respuesta de quienes eran tus camaradas es la expulsión.
Compartimos también que este es un debate que trasciende los límites de una u otra organización, pues el machismo cala en todas las organizaciones que intervienen en la realidad, incluidas aquellas que nos reivindicamos comunistas y revolucionarias.
Como parte de este proceso queremos contribuir al debate sumando nuestras consideraciones, aunque sea algunos meses más tarde, para profundizar en los acuerdos y las diferencias y continuar avanzando en la reconstrucción de una izquierda revolucionaria que asuma como prioridad la lucha contra toda forma de opresión y explotación.
En este sentido compartimos plenamente las tesis clave de su texto, a saber, 1/ el papel de la lucha de las mujeres trabajadoras en el marco del programa socialista y 2/ el régimen y la moral partidaria en la lucha interna contra las opresiones.
Queremos desarrollar ambas ideas, así como también las tareas planteadas por las compañeras. Sabemos de antemano que posiblemente no compartiremos completamente algunas de las cuestiones que planteamos, pero confiamos en poder seguir desarrollándolas juntas.
La lucha de las mujeres trabajadoras en el programa socialista
En su artículo, las compañeras plantean que la falta de combate contra las agresiones y el machismo dentro del partido tiene una relación directa con la comprensión política de las luchas de las mujeres trabajadoras.
“Estos partidos, que se proclaman herederos del hilo rojo y de la vía revolucionaria, han perpetuado continuamente el mismo problema estructural: relegar la lucha de la mujer trabajadora a un segundo plano, como si fuese el apéndice de una lucha principal, y no una de sus expresiones más centrales.”
Subrayamos plenamente este señalamiento. Esta concepción, que es contraria al marxismo y que se arrastra en gran parte de la herencia de los partidos comunistas, lleva a categorizar la lucha contra el machismo como una lucha ajena a la lucha obrera, como un conflicto aislado, desvinculado y, en el fondo, subordinado a la lucha de una supuesta clase trabajadora superior.
Este grave error surge cuando la relación dialéctica entre la opresión y la explotación se niega para imponer la falsa necesidad de subordinar la primera a la segunda. Nada más lejos de la perspectiva marxista.
El marxismo afirma que ciertos aspectos de la realidad penetran profundamente en los seres humanos, condicionando el curso general de sus vidas. Estos aspectos consisten en las relaciones sociales esenciales para un modo de producción determinado. El núcleo de todas estas relaciones sociales es la clase social. La relación de explotación del proletariado (que vende su fuerza de trabajo como mercancía) por la burguesía (que posee los medios de producción, se apropia privadamente de la plusvalía socialmente producida por el proletariado y acumula capital) es la relación sin la cual el sistema capitalista no puede sobrevivir; es el punto de apoyo de todas las demás relaciones sociales necesarias o estructurales de este modo de producción. Por ello, esta relación condiciona a las demás y, en última instancia, las determina.
La producción y reproducción de la vida condiciona los demás ámbitos de la vida social antes de determinarlos o causarlos. Esto significa que dichos ámbitos se desarrollan condicionados por ciertos supuestos que los hacen posibles. Lenin critica a quienes distorsionan el marxismo con el objetivo de reducirlo a un determinismo económico y mecánico, “atribuyéndole el propósito absurdo de no considerar la vida social en su conjunto”, y afirma que los/las marxistas “fueron los primeros socialistas en plantear la cuestión de la necesidad de analizar todos los aspectos de la vida social, no solo el económico” (2). En este sentido, en lugar de reducir la sociedad a su dimensión económica, el camino de Marx fue el opuesto: explicar la dimensión social de la economía. Demostró que, detrás de los fenómenos económicos de todo tipo, existen relaciones sociales. Marx no busca reducir otras relaciones sociales a categorías económicas.
Nunca se trató de deducir todas las esferas de la vida social a partir de la estructura, como a menudo se interpreta. El verdadero problema se sitúa en otro terreno. Si el objetivo es destruir el capitalismo y acabar con todas las formas de explotación y opresión, es necesario buscar una elaboración programática que vincule estas especificidades con las clases sociales, que relacione los aspectos particulares de un tiempo y un lugar determinados con la independencia de clase del proletariado y la universalidad de la revolución socialista. Así, Marx señaló un camino que permite encontrar las formas de destruir el modo de producción capitalista en su universalidad. “Muchos entienden la subordinación de la lucha de los oprimidos a la cuestión de clase como economicismo, es decir, dar mayor importancia a la lucha económica de la clase. Sin embargo, esto no es lo que propugna el marxismo.” (3)
El marxismo defiende combinar las tareas democráticas con las económicas y socialistas y subordinarlas a la lucha contra el sistema capitalista de explotación, es decir, a la lucha por el poder, a la revolución socialista nacional y mundial, como parte de un programa de transición, y no practicar el economicismo ni afirmar que las cuestiones económicas están por encima de las democráticas.
Las compañeras señalan, muy acertadamente, que esta es una tarea imprescindible, no solo por una cuestión moral, sino por la propia viabilidad de la organización de la clase:
“sin línea ni métodos específicos, las mujeres quedan atrapadas entre el feminismo burgués —que no responde a sus intereses— y el machismo que reproducen sus compañeros de lucha; por tanto, la clase pierde una parte enorme de su fuerza y el partido se burocratiza y masculiniza.”
Negar la necesidad de luchar incansablemente contra el machismo es entender la clase trabajadora como una clase homogénea, es decir, ignorar que la clase obrera, aunque esté explotada en su conjunto, es diversa en todos los sentidos: etnia, procedencia, género, identidad de género, orientación sexual, edad, etc., y que, por tanto, está atravesada por diferentes opresiones que condicionan y modelan la propia vivencia de la explotación que sufre como clase.
Concebir la clase trabajadora como un bloque monolítico únicamente atravesado por su relación con los medios de producción (es decir, la parte explotada por la burguesía), sin considerar el resto de elementos que afectan a sus vidas y realidades, nos llevará necesariamente a ignorar las necesidades y demandas de sectores importantes de la misma. Especialmente grave es ignorar el papel de las mujeres, que representan más de la mitad de la clase obrera mundial.
Sin embargo, debemos denunciar las falacias reformistas que, bajo el objetivo de alejar a la clase obrera de su tarea histórica, señalan la posibilidad de liberar a las mujeres del yugo de la opresión sin acabar con las bases materiales que la sustentan: el capitalismo.
Las opresiones tienen una dimensión política, jurídica y formal, pero también una dimensión económica y social que es irrealizable en el capitalismo o solo realizable de manera parcial y siempre amenazada, como cualquier conquista democrática, mientras persista el capitalismo.
Todas las luchas, ya sean económicas o democráticas, están subordinadas a la revolución socialista; por ello debemos defender que sean asumidas desde una política de independencia de clase y con una perspectiva revolucionaria.
<<POR ENCIMA DE MI CADAVER, MIENTRAS YO VIVA, LAS MUJERES NO COBRARÉIS MÁS>>. La experiencia de la Jaeger Ibérica
Nos gustaría compartir con las compañeras la experiencia de las obreras de Jaeger Ibérica, hoy Magneti Marelli (Barberà del Vallès), que entre 1982 y 1989 marcaron un auténtico hito en la lucha de la mujer trabajadora contra la discriminación salarial.
Fue una batalla larga e intensa, sostenida en la asamblea de trabajadoras, que incluyó huelgas intermitentes, huelgas indefinidas, manifestaciones e incluso una marcha masiva a Madrid para presionar al Ministerio de Trabajo y al Poder Judicial. Las trabajadoras buscaron la solidaridad de otras fábricas, de la multinacional Fiat, de otras empresas y de sectores populares. Presionaron a ayuntamientos y parlamentarios, de Cataluña y del Estado español, e incluso al Defensor del Pueblo, para ganar la opinión pública. Utilizaron a fondo los recursos judiciales, consiguiendo hasta cuatro sentencias favorables antes de poder cantar victoria.
La batalla se ganó por la tenacidad de las 309 mujeres de la plantilla que, queriendo ir junto a los compañeros de la fábrica, se quedaron solas en la huelga indefinida de abril y mayo de 1989.
Creemos que ellas demuestran que no solo es un error confiar en que “la resolución general de la lucha de clases arrastrará con ella las formas específicas de opresión”, sino que, en ocasiones, incluso la lucha contra algunas formas específicas de opresión puede arrastrar la lucha de clases.
El régimen y la moral partidaria en la lucha interna contra las opresiones
Uno de los puntos que más nos ha interesado del texto es la relación que empieza a definirse entre las carencias del programa y las deficiencias en el régimen interno de los partidos. Un partido es, ante todo, su programa. En este sentido, las carencias y virtudes del programa revolucionario que desarrolle una organización se verán reflejadas en su régimen interno y condicionarán los sectores sociales que sea capaz de organizar. Es entonces cuando lo que parecía una pequeña diferencia en la teoría o una cuestión desatendida por falta de tiempo se vuelve insoportable en la práctica revolucionaria.
La realidad es que no hay margen. Un programa que proponga combatir la explotación y organizar a la clase trabajadora sin prestar la atención necesaria —o relegando— la cuestión de la opresión a un segundo plano estará practicando el economicismo, desconectando la lucha de la clase obrera de su objetivo estratégico, la toma del poder y, lo que es peor, cediendo terreno a la ideología burguesa que se apoya, en parte, en la violencia contra las mujeres y otros sectores oprimidos.
La lucha contra toda forma de opresión debe ser parte integral del programa revolucionario. La ausencia de este programa es el terreno estéril para organizar a la mujer trabajadora y, por tanto, abre paso a las ideologías dominantes.
Los y las revolucionarias no somos inmunes a la ideología burguesa y, por tanto, también estamos impregnados de machismo, racismo, LGTBIfobia, etc. Esto es algo que todo partido revolucionario debe tener en cuenta, ya que estas ideologías, si no se combaten con rigor, comprometen los principios, el programa y la moral revolucionaria, además de llevarse a muchas compañeras por el camino.
Así como luchamos contra el capitalismo, los y las revolucionarias debemos combatir la opresión aplicando realmente el programa socialista. Para nosotros, los medios deben estar justificados por los fines. No aceptamos la moral burguesa hipócrita: decir una cosa y hacer otra. Tampoco aceptamos que la lucha contra la opresión se subordine a ningún otro interés superior para alcanzar supuestos objetivos socialistas. Nosotros, al igual que Marx, reiteramos que quien oprime a otros no puede ser libre.
Llegados a este punto, nos gustaría hacer algunas aportaciones a las tareas propuestas por las compañeras.
1ª Tarea. Analizar los mecanismos disciplinarios y los protocolos contra las agresiones.
Las compañeras denuncian:
“el protocolo contra el acoso es concebido sobre todo como un mecanismo para cerrar casos y minimizar el daño público, no como una herramienta para transformar las relaciones de poder en el partido ni para garantizar la seguridad y la confianza de las mujeres militantes y simpatizantes.”
Creemos oportuno preguntarnos cuál debe ser el objetivo de un protocolo. Una de las situaciones más difíciles y que requieren una atención inmediata y una solución por parte de nuestras organizaciones son los casos de acoso sexual, agresión y violencia dentro de las mismas o en el movimiento. El machismo practicado por quienes se hacen llamar nuestros camaradas dentro de las organizaciones en las que militamos conduce a la desmoralización y al debilitamiento del programa revolucionario y de nuestra lucha por la revolución y el socialismo. Por tanto, un primer objetivo del protocolo debería ser minimizar al máximo estos efectos.
Los casos de acoso, agresión y violencia exigen especialmente que nuestras organizaciones reserven tiempo y recursos específicos para abordarlos. Creemos que tratar estos casos desde una perspectiva de clase obrera, en aquellos espacios organizativos donde tenemos relaciones y presencia política, debe ser una prioridad absoluta.
Por ello proponemos dotar a la organización de mecanismos de control interno que deben materializarse más allá de protocolos escritos. Estos mecanismos deben sostenerse sobre organismos dentro del partido dedicados a la cuestión de la moral, con la potestad de analizar, investigar y resolver aquellos casos de machismo en los que no exista claridad sobre los hechos o haya versiones contradictorias. Cabe señalar que estos organismos deben disponer de recursos para actuar de manera independiente, sea quien sea la víctima y el agresor y sea cual sea el papel que ambas partes desempeñen dentro del partido.
Denunciar una agresión machista requiere mucha fuerza y valentía, porque a menudo la primera respuesta que reciben las mujeres que lo hacen por parte de la sociedad es hacerlas sentir culpables, avergonzadas y responsables de la agresión. Por ello, como norma, debemos dejar claro que cualquier mujer que denuncie será escuchada, atendida y acompañada por su organización.
Dicho esto, nuestra metodología es la opuesta a realizar escraches o juicios populares improvisados sobre los casos de moral, y esto es particularmente clave cuando los casos tienen componentes de agresión sexual o violencia machista. Nuestra intervención política no puede surgir de una reacción visceral y espontánea ni puede guiarse por los ciegos sentimientos de venganza que suelen aparecer ante este tipo de situaciones.
En nuestros partidos velamos por construir comisiones de moral independientes y elegidas democráticamente en los congresos, que tienen la tarea de analizar los casos que les llegan y proponer las medidas necesarias, como sanciones si corresponde. Estas medidas deben estar al servicio de asegurar, en primer lugar, el bienestar emocional y la seguridad de las víctimas, pero también la seguridad del partido.
Sin embargo, este no es el único objetivo. Estas comisiones deberían funcionar acompañando al conjunto de organismos del partido y asegurando que no quede en el olvido la tarea de la educación política. El refuerzo en el combate contra todas las opresiones dentro del partido debe ser cotidiano y constante, y es necesario organizar esta tarea materialmente.
Las compañeras denuncian que muchas organizaciones “renuncian a desplegar estructuras estables de trabajo entre mujeres, a desarrollar una línea propia sobre la cuestión femenina y, sobre todo, a aplicarla cuando el machismo irrumpe en el interior de sus filas.”
En este sentido, creemos importante promover figuras responsables de la formación política de las mujeres militantes dentro del partido, que presten especial atención al desarrollo de cuadros femeninos y organicen encuentros para su fortalecimiento político.
Sin embargo, nos parece que el texto puede abrir la posibilidad de convertir tácticas en principios políticos, como sucede no pocas veces con las propuestas “no mixtas”. Necesitamos que la lucha por la liberación de la mujer obrera sea la lucha del conjunto de la clase trabajadora y, por tanto, se trata de una cuestión que afecta al conjunto de los camaradas, con independencia de su género.
2ª Tarea. ¿Dónde se encuentra el inicio de la ruptura con la tradición revolucionaria?
Las compañeras señalan una tarea que nos parece imprescindible, aunque creemos que queda por desarrollar en el texto:
“confrontar esta práctica con el legado teórico y organizativo del movimiento comunista internacional en materia de la cuestión femenina, mostrando hasta qué punto se ha producido una ruptura reaccionaria con aquella tradición.”
Compartimos la tesis de que se produce una ruptura reaccionaria con la tradición internacional comunista. Pero ¿cuándo se produce esta ruptura? ¿Cuáles son las tesis políticas que sostienen este quiebre?
Sabemos que probablemente las compañeras no compartan esta posición, pero creemos que el momento exige ser capaces de abordar estas cuestiones con la máxima honestidad. Los hechos históricos son como navajas: pueden utilizarse para apuñalar a un oponente si se busca un enfrentamiento de bajo nivel, pero también son una de las herramientas más útiles para sobrevivir en un mundo salvaje. Creemos que la barbarie capitalista nos obliga a utilizar la herramienta que es la historia para construir.
Nuestro análisis nos lleva a señalar el inicio de esta ruptura en la burocratización de los Estados obreros. Si bien es cierto que la cuestión de la mujer, lamentablemente, siempre ha estado en disputa, es necesario recordar que en los Estados obreros burocratizados el estalinismo legitimó la opresión y la familia como baluartes en la construcción del “socialismo en un solo país”.
Las mujeres, las personas LGBTI y las nacionalidades oprimidas de la Unión Soviética, después de haber obtenido con la Revolución Rusa conquistas democráticas que ninguna revolución burguesa había garantizado, fueron duramente reprimidas y vieron retroceder las conquistas de 1917 con la contrarrevolución estalinista.
Se prohibió el aborto, las mujeres fueron glorificadas por su papel dentro de la familia como madres y el derecho al divorcio se vio obstaculizado y desincentivado. Las personas LGBTI fueron criminalizadas, confinadas en campos de concentración y señaladas como enfermas, mientras que las nacionalidades fueron oprimidas y perseguidas. Las propias compañeras hacen referencia a la experiencia del Zhenotdel, disuelto por el gobierno de Stalin en 1930.
El programa político para la mujer trabajadora desplegado durante los años posteriores a la muerte de Lenin significó una ruptura no solo con el marxismo sino incluso con el materialismo histórico, manchando el nombre del socialismo. En este sentido, no solo contribuyó a arraigar históricamente dentro de la clase trabajadora diversas ideas falsas, sino que también, como reacción a este proceso, terminó allanando el camino para la entrada de ideologías burguesas, reformistas o posmodernas en la lucha por los derechos de las mujeres, separando o incluso contraponiendo la lucha contra las opresiones con la lucha por derribar el sistema capitalista y abrir paso a la transformación socialista de la sociedad.
Con esto no queremos decir que el machismo golpee únicamente a las organizaciones estalinistas, pero es imprescindible determinar qué tesis políticas han conducido a la ruptura reaccionaria en este sentido.
3ª Tarea. ¿Cómo se construye la ideología que permite negar la violencia machista y preservar la posición de los hombres dentro de la organización?
Creemos que esta es la pregunta más sencilla. La realidad es que nuestros partidos no son burbujas. Nosotras, las marxistas, no somos idealistas. No creemos que sea posible “un hombre nuevo” bajo el capitalismo. Sabemos que las organizaciones revolucionarias no son una burbuja y que inevitablemente reflejan, de una forma u otra, la sociedad en la que viven.
Sin embargo, si contamos con un programa revolucionario de transformación de esta sociedad y de lucha contra ella, esto también debe ser válido para la cuestión de la opresión. Las organizaciones revolucionarias —hombres, mujeres y otras identidades de género— debemos asumir esta batalla contra el machismo tanto en la sociedad como dentro de nuestras propias filas.
Los hombres no se transforman automáticamente en no opresores por el hecho de pertenecer a una organización revolucionaria, del mismo modo que la toma del poder no garantizará automáticamente el fin de la opresión. En las organizaciones revolucionarias esta contradicción debe resolverse a partir de un combate interno y de medidas que transformen al hombre común en defensor y aliado de las mujeres en la lucha contra el machismo. Pero es necesario ser conscientes de que esta debe ser una tarea permanente, pues las presiones de la ideología dominante también lo son.
Las barreras contra esta ideología nefasta deben levantarse permanentemente, precisamente porque necesitamos que el combate contra el machismo sea una batalla del conjunto de los y las revolucionarias.
4ª Tarea. “Reconstruir una estrategia efectiva de incorporación de la mujer trabajadora, centrada en la seguridad, la confianza, la autonomía y la capacidad de dirección de las mismas mujeres”.
Corriente Roja/Corrent Roig estamos lejos de ser la organización libre de toda opresión que aspiramos a ser, pero sí reivindicamos una voluntad sostenida desde hace años por combatir el machismo dentro de nuestra organización y por construir militantes y cuadros que den la batalla dentro y fuera del partido y que trabajen por la liberación de las mujeres y de los colectivos oprimidos.
Algunas de las medidas que hemos ido implementando en todas las secciones de nuestra organización son:
1) Impulsar a las compañeras militantes para que asuman no solo tareas organizativas sino también responsabilidades políticas. En este sentido, trabajamos para tener una dirección con una amplia representación de mujeres y de sectores oprimidos.
2) Hacer de la lucha contra el machismo y las opresiones un eje central de nuestra militancia. Desarrollar formaciones de manera regular y dar un peso especial a las campañas centrales del partido —no solo al 8M— en el combate contra las opresiones. Crear espacios que permitan fortalecer políticamente a las mujeres.
3) Garantizar la militancia de aquellas compañeras con cargas domésticas y/o familiares. Históricamente, las mujeres hemos sido apartadas de la vida política por tener que asumir la responsabilidad del hogar y la familia. Por ello trabajamos para garantizar el cuidado de los niños en las reuniones, actos o eventos del partido, con el objetivo de asegurar una participación de calidad de las compañeras.
Para terminar, queremos destacar que una sola compañera apartada de la militancia por cuestiones de machismo es una derrota para el conjunto de la clase, independientemente de la organización a la que esta compañera pertenezca. Damos todo el apoyo a las militantes que dan la batalla contra las opresiones dentro de sus organizaciones y que, cuando estas impiden el debate y la batalla política e ideológica, se atreven a socializarlo buscando respuestas y soluciones colectivamente.
Es responsabilidad de las militantes revolucionarias no ignorar a aquellas compañeras que realizan este acto de valentía. Por ello, en parte, hemos querido dedicar tiempo a escribir esta respuesta. Creemos que es una tarea colectiva cuidar a las compañeras que, después de años de lucha, reciben un golpe de estas dimensiones. Es responsabilidad de todas no dejar que se desmoralicen y animarlas a no romper su compromiso con la clase, con independencia de dónde decidan organizarse.
Esta discusión no nos es ajena a ninguno de nosotros: el debate colectivo es una parte imprescindible de la reconstrucción del partido comunista. Por supuesto, no todas las organizaciones parten del mismo punto y es necesario distinguir las tesis reaccionarias de aquellas posiciones realmente revolucionarias. Confiamos en este camino no solo para ser capaces de incluirnos como mujeres en los proyectos comunistas, sino también porque creemos que la discusión paciente y honesta entre revolucionarias es el camino para la reconstrucción de la internacional comunista.
Artículo publicado originalmente el 9 de marzo de 2026 en www.correntroig.org

