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La economía de China está pasando por momentos difíciles. La expresión más importante han sido las recientes y sucesivas caídas de las principales Bolsas del país (Shangai y Shenzhen). Anteriormente, se había manifestado en una crisis en el sector inmobiliario (con varios proyectos inacabados y otros ya terminados que no encuentran compradores) y en un fuerte crecimiento de los impagos en las deudas por créditos de empresas constructoras y municipios.

Por Alejandro Iturbe

La economía china es actualmente la segunda del mundo, con más de 11% del PIB mundial (solo superada por la de EE.UU.). Además, tiene un gran peso en el comercio internacional ya que es el segundo país en volumen de exportaciones y el tercero en importaciones.

A pesar de la crisis económica mundial iniciada en 2007-2008, durante varios años esta economía mantuvo niveles altos de crecimiento y en ese período actuó como un “motor secundario” que amortiguó la profundización de esa crisis.

Pero esa situación parece estar acabando: este año se prevé un crecimiento por debajo de 7% (una cifra muy alta para cualquier país pero que, por las características específicas de la economía china, ya significa “crisis”).

Una realidad que, como no podía ser de otra manera, impacta fuertemente en la economía mundial en su conjunto. De modo inmediato, en caídas en las Bolsas más importantes del mundo. De modo más profundo, en una caída acentuada de los precios de los alimentos y materias primas que importa en abundancia y, con ello, la entrada en recesión de los países exportadores (como Brasil y Argentina).

Finalmente, tiene un fuerte impacto en la situación económica mundial en su conjunto, cuando todavía estamos bajo la influencia de la “onda expansiva” de la crisis iniciada em 2007-2008. En el informe que el Fondo Monetario Internacional presentó a los ministros de Finanzas y jefes de los bancos centrales del G-20 (publicado por el Wall Street Journal) se “evalúa que la situación en China, sumada a otras condiciones negativas del contexto internacional, pueden llevar a una perspectiva mucho más débil’ de la economía global”.         

Es muy importante, entonces, analizar más profundamente las características específicas del modelo capitalista chino, la génesis de la actual situación y, al mismo tiempo, abrir algunas hipótesis sobre las perspectivas económicas y políticas. En la medida de lo posible, intentaré evitar sobrecargar el texto con cifras y estadísticas, centrándome en las descripciones y conceptos.

De semicolonia atrasada a Estado burocratizado

Mao Tse-tung, chairman of the people?s republic of China on Feb. 21, 1952. (AP Photo)

Antes de la revolución encabezada por Mao Zedong en 1949, China era un país semicolonial muy atrasado, de base económica esencialmente agraria, cuyo territorio siempre fue “botín de rapiña” para las potencias imperialistas que se lo disputaban para saquearlo (fundamentalmente Gran Bretaña y Japón). Estas potencias, incluso, se apropiaron de enclaves costeros, como Hong Kong (Gran Bretaña) y Macao (Portugal). Para tener una idea del nivel de atraso y pobreza del país, digamos que la gran consigna lanzada por Mao para la revolución fue que cada chino pudiese comer un plato de arroz diario.

Después del final de la Segunda Guerra Mundial y de la derrota y la expulsión de las tropas invasoras japonesas, los dos componentes de las fuerzas que habían logrado la liberación del país se enfrentaron entre sí: por un lado, el sector burgués del partido Kuomitang (encabezado por el general Chiang Kai Shek); por el otro, el Ejército Popular de base campesina, dirigido por el Partido Comunista y Mao.

La guerra terminó con el triunfo de las fuerzas maoístas: Chiang y la burguesía china huyeron a la isla de Taiwán. En ella, con fuerte apoyo del imperialismo estadounidense, instalaron la República de China (capitalista). Mientras que una vez tomado el poder en el resto del territorio del país, el PC constituyó la República Popular de China que, al expropiar a la burguesía y al imperialismo se transformó en nuevo estado obrero, en el país más poblado de la Tierra.

Desde el inicio fue un Estado obrero burocratizado, dominado por el régimen dictatorial del Partido Comunista y su cúpula. Dentro de él, Mao jugaba el papel de “árbitro supremo” entre las distintas fracciones del partido. Era un régimen político sin ninguna libertad democrática real para los trabajadores. Durante quince años, el maoísmo fue parte del aparato estalinista mundial, hegemonizado por la burocracia de la URSS. Pero en la década de 1960 se produce una ruptura entre ambos partidos y el maoísmo (manteniendo su matriz estalinista) pasó a construir su propio aparato político mundial.

A pesar del carácter burocrático y dictatorial del Estado, la economía planificada centralmente dio frutos muy importantes. Los más importantes son, sin dudas, haber acabado con el hambre y, también, con las enfermedades producto de la pobreza crónica. Hubo también avances muy grandes en educación y en la eliminación de los rasgos más retrógrados de la opresión femenina (como la costumbre de obligar a las niñas a vendar sus pies para evitar que crecieran). Al mismo tiempo, la infraestructura de servicios y comunicaciones mejoró notablemente y también se inició un proceso incipiente de industrialización.

Pero estos avances partían de una base atrasadísima (que seguía siendo esencialmente agraria) y, al mismo tiempo, chocaban con dos obstáculos que les ponían límites infranqueables.

En primer lugar, la concepción estalinista (adoptada por el maoísmo) de que era posible construir el “socialismo en un solo país”. Un idea que ya Marx (en el siglo XIX) había combatido y que, en un país tan atrasado como China, resultaba aún más imposible.

El segundo obstáculo era que la economía era planificada centralmente pero de modo totalmente burocrático y arbitrario por la cúpula del PC que, en muchas ocasiones, alcanzaba niveles delirantes. Así ocurrió durante el llamado Gran Salto Adelante (1958-1961) donde se impulsó la creación de un millón de “mini-acerías” en las granjas campesinas. El metal obtenido era de pésima calidad y prácticamente inservible, lo que significó una gran pérdida de esfuerzo, trabajo y materiales. O con la “colectivización forzada” del campo (realizada en esos mismos años, según el modelo estalinista ruso de los años ’30) que provocó millones de muertes por hambre.

Como consecuencia de estas profundas contradicciones, la economía planificada sufría grandes oscilaciones, y el aparato burocrático chino y su cúpula fueron siempre muy inestables, con choques y desplazamientos permanentes entre las distintas fracciones que lo componían (por ejemplo, durante la llamada Revolución Cultural)[1].

La restauración del capitalismo

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A finales de la década de 1960 e inicios de la de 1970, la economía del país estaba en una situación de estancamiento. Con este marco de fondo, y el debate sobre cómo enfrentar esta situación, Mao muere en 1976 y se acentúa al extremo la lucha entre las fracciones. Finalmente, en 1978, triunfa el sector de Deng Xiao Ping que fusila a los principales líderes de sus oponentes (conocidos como la Banda de los Cuatro).

Deng expresaba la fracción más de derecha de la burocracia e inicia el proceso de restauración capitalista en el país, asociado al imperialismo estadounidense (en 1979, Deng realiza el primer viaje de un líder comunista chino a EEUU y se entrevista con el entonces presidente Jimmy Carter). Un hecho simbólico de la restauración fue que, ya a finales de 1978, la Coca Cola anuncia su proyecto de instalar una planta de producción en Shangai.

Deng aplicó dos medidas centrales. La primera fue la eliminación de las comunas agrarias de producción, que fueron reemplazadas por el llamado “sistema de responsabilidad familiar” que autorizaba a las familias a vender directamente las cosechas y lucrar con ellas. Los sectores más dinámicos y favorecidos comenzaron a acumular pequeños capitales, a procurar nuevas explotaciones agrarias (a partir de la aprobación del derecho de arrendamiento por 30 años y de la autorización de transferencia de estos derechos) y también a invertir en pequeñas empresas comerciales e industriales, originando así una incipiente burguesía rural.

Al mismo tiempo, a lo largo de dos décadas esto significó la expulsión de millones de campesinos que perdían su base de sustento y alimentación, y debían emigrar a las grandes ciudades para buscar empleos como asalariados. Se calcula que este proceso afectó a más de cien millones de personas (que se sumaron a una migración preexistente, consecuencia de la colectivización forzada). Se formó así un inmenso y dócil “ejército industrial de reserva” que aceptaba bajísimos salarios y fue la base social que permitió las grandes inversiones y la rápida industrialización.

La segunda medida fue la creación de cuatro “zonas francas” para inversiones en ciudades de la costa sur, con el objetivo inicial de fabricar productos baratos (textiles y vestido, radios y metalurgia pequeña) destinados al mercado interno. Pero rápidamente esa producción comenzó a exportarse y a competir con la de los llamados “tigres de Asia”.

Una combinación histórica inédita

La restauración capitalista en China tiene un rasgo común y uno diferenciado con el proceso que se dio en la URSS y en el Este de Europa. El elemento común es que la restauración es llevada adelante por el propio Partido Comunista (en el caso ruso, fue dirigida por Mikhail Gorbachov). El elemento diferente es que en la URSS y en los países del Este europeo, poco después, la movilización de masas derribó al aparato estalinista restaurador (el símbolo de este proceso fue la caída del Muro de Berlín). En China, ese proceso de masas triunfante pos-restauración no se dio (dicho sea de paso, tampoco se ha dado en Cuba).

Se produce así una combinación histórica inédita: el propio aparato estalinista que había dirigido la revolución y la construcción del estado obrero burocratizado no solo restaura el capitalismo sino que continúa en el poder después de haberlo hecho. Solo que ahora ya no defiende las bases económicosociales del Estado obrero sino que está al servicio del capitalismo imperialista.

Desde el punto de vista formal y de su funcionamiento, el régimen y su aparato continúan siendo los mismos: burocráticos y dictatoriales, disfrazados detrás de las banderas rojas y el lenguaje “socialista”. Pero su contenido social ahora es totalmente diferente. Bastaría ver, por ejemplo, la cantidad de cuadros importantes y miembros de la dirección del PCCh que son burgueses o pertenecen a familias burguesas.

En China se da entonces lo que los brasileños llaman “el peor de los mundos”: una sangrienta dictadura “roja” junto con una de las expresiones más feroces y explotadoras del capitalismo actual.

Un hecho clave: la derrota de Tiananmen

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Sobre esta base, la economía china crecía a tasas anuales fabulosas: en 1988, alcanzó 12%. Pero en 1989 comenzó a frenarse y solo llegaría a 4%. Al mismo tiempo, ese crecimiento acumulaba tensiones y desigualdades sociales cada vez más mayores.

Buscando “destrabar” el crecimiento capitalista, el gobierno decretó la “liberación general de precios”, lo que generó una gran insatisfacción e inquietud social. Al mismo tiempo, nuevos sectores medios urbanos más modernos, surgidos del desarrollo reciente, comenzaban a aspirar a una “apertura democrática” que el régimen no estaba dispuesto a dar, ni siquiera parcialmente.

A inicios de mayo, los estudiantes de la Universidad de Pekín lanzan un manifiesto con reivindicaciones democráticas y a ellos se suma una pequeña e incipiente federación clandestina de nuevos sindicatos independientes que, además de los reclamos generales, pide el derecho de libre asociación sindical.

Se abre un proceso masivo de movilización, con epicentro en la Plaza Tiananmen, en Pekín, por la que llegan a pasar diariamente entre uno y dos millones de personas. El régimen quedó paralizado, atrapado entre la claridad de que ese proceso amenazaba minar sus bases, por un lado, y el miedo a un enfrentamiento frontal con las masas, por el otro.

Fue un período de aproximadamente un mes en el que, con el marco de fondo de Tiananmen, la cúpula del PC realizó intensísimas discusiones sobre qué hacer. Nuevamente, terminó predominando la “línea dura” y represiva de Deng, y el 4 de junio, el ejército chino aplastó sangrientamente el movimiento (encarcelando a la mayoría de sus líderes) y desalojó de modo definitivo la Plaza.

Fue un punto de inflexión en la relación de fuerzas y la situación política china, que consolidó fuertemente la “dictadura roja”. Al mismo tiempo, significó el inicio de un salto en las inversiones extranjeras y en el desarrollo del actual modelo capitalista chino.

El modelo capitalista chino

El modelo de acumulación capitalista construido a partir de la década de 1990 en China, garantizado por la estabilidad lograda por el régimen, combina los siguientes elementos centrales:

  1. En la base está el inmenso proletariado creado con la migración de los campesinos expulsados de sus tierras (y un potencial ejército de reserva en el campo, aún mucho mayor) que provee la mano de obra barata y superexplotada. A inicios del siglo XXI, cada obrero industrial chino trabajaba un promedio de 13 horas diarias por un salario de 0,6 dólares (lo que representa un salario mensual medio de menos de 150 dólares, aunque en años posteriores aumentó un poco).
  2. El motor del modelo son las inversiones extranjeras hacia la producción industrial, provenientes de modo directo de los países imperialistas (especialmente EEUU) o camufladas a través de fondos inversores radicados en Hong Kong, Macao y Taiwán (estos últimos representaron más de 50% de las inversiones totales). A este motor, se sumaron luego las inversiones de la nueva burguesía china asociada al imperialismo.
  3. Captura de pantalla 2015-09-17 a la(s) 16.55.56El destino principal de la producción industrial es la exportación a todo el mundo, especialmente a EEUU. China pasó de exportar algunas decenas de miles de millones de dólares en 1978 (con una participación menor de 1% del total mundial) a casi 1,8 billones en 2010 (casi 12%). Tal como hemos dicho, las exportaciones inicialmente fueron de productos baratos, luego se incorporaron los productos electrónicos y, finalmente, automóviles, maquinarias y material ferroviario.
  4. Al mismo tiempo, crecían las importaciones de alimentos, materias primas y energía que, ese año, alcanzaron más de 1,5 billones (transformando a China en un gran comprador mundial, y favoreciendo la situación de las economías proveedoras como Brasil, Argentina y Perú). En ese marco, la balanza comercial presentó siempre (salvo un período entre 1996 y 2000) saldos ampliamente favorables (en 2010, alcanzó un pico de 256.000 millones).
  5. Estos saldos comerciales positivos permitieron que el gobierno chino acumulase importantes fondos de reserva que, en general, se invertían en los bonos del Tesoro de EEUU: en 2010, el Estado chino era el principal poseedor de estos, con más de un billón de dólares. Esto alimentaba el circuito de especulación financiera en aquel país y reforzaba lo que hemos denominado “funcionamiento en tándem” de las economías de EEUU y China.
  6. El régimen, además de asegurar dictatorialmente la estabilidad política, ponía el aparato de las empresas y conglomerados estatales (como una especie de “acumulación primitiva”) al servicio de las inversiones imperialistas para garantizarles la infraestructura de transporte, comunicaciones y provisión de energía.

Nos hemos referido al “funcionamiento en tándem” de las economías estadounidense y china. Pero no se trataba de dos “locomotoras” iguales y equivalentes. Una era la principal y dominante (EEUU), la otra era subsidiaria y dominada (China).

China se transformó en la “fábrica del mundo” pero no como potencia dominante sino como país subordinado, en un modelo de acumulación dominado por los capitales imperialistas. Desde este punto de vista, el funcionamiento global del modelo es similar al de los países semicoloniales más fuertes, como el Brasil.

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Veamos dos ejemplos de esa subordinación:

a) En el año 2008, una sola empresa estadounidense (la cadena de supermercados Walmart) controlaba cerca de 15% de las exportaciones chinas (casi 225.000 millones de dólares anuales, una cifra que casi triplica las exportaciones totales argentinas). A través de diversas empresas “chinas”, produce numerosos artículos industriales de consumo (como los pequeños cuatriciclos para cortar el césped de los jardines de las casas de la clase media) que luego vende en los locales de su cadena mundial.

b) Un IPod de la marca Apple se comercializa internacionalmente en unos 200 dólares. Este y otros productos son fabricados en China por la gigantesca empresa Foxconn. Pero en ese país solo se queda un 4% de ese valor. El resto es apropiado por el imperialismo a través del control de la tecnología y la cadena de comercialización.

Un capitalismo dependiente atípico

En el pasado, hubo fuertes discusiones sobre si en China se había restaurado o no el capitalismo. Actualmente, ese debate ha sido cerrado y prácticamente todos los analistas (de derecha o de izquierda) lo caracterizan como un país capitalista. Es decir, que su economía funciona motorizada por la búsqueda de la ganancia por parte de las empresas, cuya base fundamental es la plusvalía extraída a los trabajadores chinos en la producción. Es cierto que algunas corrientes que en su momento no reconocieron la restauración (como la FT-PTS argentino), hoy han cambiado su posición, sin decir que lo hicieron y sin expicar las razones de su cambio.

Además de caracterizarlo como capitalista, por el tipo de funcionamiento del modelo de acumulación que hemos analizado, debemos definirlo como un capitalismo dependiente ya que ambas puntas del proceso (inversiones y exportaciones) son controladas por los capitales imperialistas.

Sin embargo, al mismo tiempo que está profundamente inserta (y es dependiente) del mercado mundial, el funcionamiento de la economía china presenta un rasgo diferenciado que casi no existe en otras economías capitalistas: una planificación económica centralizada por la cúpula del régimen dictatorial del PCCh (una especie de “herencia” de la época del Estado obrero), que contó con fuertes herramientas políticas y monetarias para incidir en la economía.

Esta intervención centralizada del Estado en la economía no es nueva en el capitalismo, que aprendió de algunos aspectos y herramientas del funcionamiento de la economía en la URSS para ponerlas a su servicio. Por ejemplo, la producción agraria en EEUU es, en gran medida, planificada. Del mismo modo, las experiencias del nacionalismo burgués en varios países (como Argentina, México o Egipto) tenían una gran intervención en la economía, centralizada y planificada por el Estado y sus políticas. Pero mientras en estos últimos casos se trataba de modelos bastante “cerrados” y volcados al mercado interno, en China esa planificación está puesta al servicio del modelo dependiente del mercado mundial que hemos analizado.

Considerada esta profunda diferencia, el resultado es que, en su relación con el mercado mundial, la economía china está totalmente sometida a la ley de oferta y demanda. Pero a nivel interno, esa intervención planificada y centralizada del Estado le dio a su economía una mayor autonomía en su dinámica.

La política monetaria y financiera

Uno de los elementos centrales para entender de qué estamos hablando es el hecho de que el mercado monetario-financiero chino es controlado de modo centralizado por el Banco Popular de China (el Banco Central). Un mercado que cuenta con una base propia muy amplia, a partir de las importantes reservas de divisas acumuladas por los amplios saldos favorables de la balanza comercial. Existen sí bancos privados, nacionales y extranjeros, pero tienen un peso secundario y minoritario.

Esto permite que el régimen chino cuente con una autonomía monetaria, financiera y crediticia cualitativamente superior a la de países como Grecia (cuya moneda es controlada directamente desde el exterior). E incluso que países como Brasil, con bancos centrales formalmente autónomos pero que (de modo más indirecto) son controlados por la banca internacional para garantizar la remesa de ganancias de empresas imperialistas y el pago de la deuda externa (recordemos que durante gran parte de los gobiernos del PT, el presidente del Banco Central del Brasil fue Henrique Meirelles, altísimo ejecutivo del Banco de Boston).

Por un lado, este es un rasgo que diferencia a China de otros países totalmente semicolonizados. Por el otro, adquirió importancia central luego del estallido de la crisis económica mundial en 2007-2008. Para contrarrestar los efectos negativos de la crisis (en la disminución del flujo de inversiones externas y en la reducción de la demanda mundial hacia la industria china), el régimen aplicó una política keynesiana[2] de expansión monetaria y crediticia (orientada en muchos casos hacia el mercado inmobiliario y la construcción) que sostuvo artificialmente el crecimiento. Es lo que explica que la economía del país haya mantenido tasas tan altas de crecimiento (aunque un poco más bajas que en su momento de auge) y haya actuado como “motor secundario” que atenuó los efectos de la crisis internacional.

Estalla la crisis

Pero, en la medida en que la economía mundial no sale del efecto de la onda expansiva negativa abierta en 2007-2008, esta política tenía inevitablemente que chocar contra sus límites. El proceso, en realidad, ya daba señales de alerta hace varios años con las situaciones de superproducción en ramas de base como el acero y el carbón.

Más recientemente, se expresó en el desinfle de la burbuja del mercado inmobiliario y de la construcción. Este sector había sido impulsado de forma conjunta por gobiernos municipales y empresas privadas de construcción, a través de mega-proyectos de centros comerciales y lujosos edificios de oficinas que ahora ya no encontraban compradores y quedaban vacíos. Como consecuencia de ello, se generó una crisis de impagos de los préstamos que habían tomado para realizarlos. Y, como su última expresión, el derrumbe bursátil actualmente en curso.

Esa política keynesiana ya no puede evitar el impacto negativo de la situación del mercado mundial. El 9 de agosto pasado, la agencia española EFE informó: “El comercio exterior de China, uno de los motores de la segunda economía mundial, sigue mostrando preocupantes signos de ralentización, con uma caída interanual del 7,3% en los siete primeros meses del año y del 8,8% en el mes de julio, según los datos de las aduanas publicados hoy (…) En el mes de julio el comercio exterior sufrió una fuerte contracción, del 8,8 %, con respecto al mismo mes del pasado año, con una caída del 8,9 % en las exportaciones y del 8,6 % de las importaciones, revirtiendo las buenas cifras del mes anterior. (…) Los intercambios entre China y la UE en enero-julio cayeron un 7,6% interanual, hasta alcanzar los 319.000 millones de dólares, mientras que con Japón se redujeron un 11,1%, llegando a los 143.000 millones de dólares. En el lado positivo, el comercio con EE.UU., segundo principal socio para China, subió un 2,7 % (a 309.000 millones de dólares) y el mantenido con el bloque de naciones del sureste asiático ascendió un 1,3 % (a 261.000 millones de dólares).”

Sumado a este endurecimiento del mercado mundial, también hay una reducción de la demanda en el mercado interno. Según el New York Times, la fábrica Caterpillar redujo su producción al caer a la mitad la venta de equipo para la construcción en los primeros seis meses del año. Las fábricas de General Motors y Ford están reduciendo el envío de automóviles a las concesionarias locales.

Como resultado global, se estima que la economía china crecerá menos de 7% en 2015 (lo que, como hemos dicho, ya significa “crisis”). Otros analistas opinan que ese crecimiento será de 5%, y hay quienes afirman que el crecimiento real será entre 2 y 3% (como la revista británica especializada The Economist). Una previsión que coincide con un artículo de Jason Kirby, de la consultora Macleans (10/06/2015): “Los contadores de porotos oficiales del país sostienen que el PBI de China va camino a crecer siete por ciento este año (…) El problema es que esto no tiene ningún parecido con lo que sucede en las fábricas, tiendas y hogares chinos. Considere esto: en el primer trimestre de 2015, el crecimiento del consumo de electricidad en China fue sólo del 0,2 por ciento comparado con el mismo período del año anterior. Basado en esa métrica, Christopher Balding, un profesor adjunto de negocios de la Universidad de Pekín en Shenzhen recientemente sugirió que el verdadero crecimiento del PBI chino puede ser de no más del 1 al 3%.”.

Aquí cabe un análisis más profundo de las “tasas chinas” de crecimiento. En especial después del estallido de la crisis internacional de 2007-2008. Hemos visto que esas tasas estaban, en parte, disfrazadas por el impulso del Estado a inversiones no productivas en el sector inmobiliario. Al no encontrar compradores, esas inversiones no recuperan su valor ni pueden realizar la plusvalía extraída. Se transforman, entonces, en palabras de Marx, en un no-valor, sin que esta realidad económica profunda se refleje contablemente en el cálculo del PIB del país. A partir de ello, si consideramos otros indicadores (como el consumo de energía) las tasas de crecimiento pueden ubicarse en un nivel económico mucho más realista.

La crisis de la autonomía financiera

En sus relaciones comerciales con el exterior (tanto en las exportaciones como en las importaciones), China utilizó siempre el dólar como moneda y nunca el yuan (que no era comercializado en los mercados financieros mundiales). La paridad interna dólar-yuan es fijada por el Banco Popular Chino.

En el siglo XXI, durante varios años, la política de la Reserva Federal estadounidense fue dejar devaluar gradualmente el dólar frente a las otras monedas internacionales fuertes (como el euro y el yen) con el objetivo de “devaluar” (reducir) la deuda pública estadounidense contraída a través de la venta de bonos del Tesoro. Por ejemplo, al lanzarse el euro (enero de 1999), cada unidad de la moneda europea se cotizaba a 1,16 dólares mientras que en diciembre de 2009, llegó a estar a 1,51 (es decir, cada dólar había perdido 23% de su valor).

Durante todo este período, el yuan siguió los movimientos del dólar como una sombra, y fue devaluándose junto con él. Esta política monetaria permitía mantener la paridad de precios en EEUU de los productos que se exportaban a ese país (y a los países con monedas atadas al dólar). Al mismo tiempo, los abarataba hacia Europa y Japón. Es cierto que también generaba una cierta inflación interna, pero este costo secundario era compensado por los beneficios.

Desde 2010-2011, la Reserva Federal cambió su política y comenzó a impulsar una gradual recuperación de la cotización internacional del dólar (proceso empujado también por la crisis del euro y del yen): en agosto de 2015, la paridad con el euro bajó a 1,11. Durante estos últimos años, la política monetaria china de “seguir al dólar” llevó a revaluar el yuan. Esta dinámica, si bien mantuvo la paridad de precios de exportaciones hacia EEUU, encareció los productos chinos en la Unión Europea y Japón. Lo que se expresó claramente en la caída de las exportaciones hacia estos destinos, que hemos analizado.

En ese marco, el Banco Popular Chino se vio obligado a “desacoplar” su moneda de la dinámica del dólar y devaluar el yuan (4,4% frente al dólar y más de 5% frente al euro). De modo inmediato, esta medida debería tener el efecto de mejorar el comercio exterior del país, abaratando las exportaciones y encareciendo las importaciones (lo que, al mismo tiempo, va a generar una mayor inflación interna).

Además de este objetivo de corto plazo, muchos analistas consideran que la medida es parte del “objetivo estratégico de convertir al yuan en una moneda de reserva internacional (…) para que se incorpore a los Derechos Especiales de Giro (SDR en inglés), los activos de reserva de divisas del FMI”. Una categoría en la que solo están incluidos el dólar estadounidense, el euro, la libra británica y el yen. (http://www.expansion.com/opinion/2015/08/23/55da07adca4741c00f8b457e.html).

Como parte de esta estrategia, el gobierno chino viene cerrando una serie de acuerdos con países menores (de los que importa materias primas y a los que exporta productos industriales y proyectos de infraestructura) que utilizan el yuan y no el dólar como moneda.

Pero estos son, en última instancia, acuerdos marginales. La comercialización internacional del yuan y, más aún, su hipotética incorporación a las “monedas de reserva” solo será posible y aceptada por el imperialismo si el régimen chino acepta derribar la ciudadela de su autonomía monetario-financiera y abrir ese inmenso mercado a la intervención directa (y ya no intermediada) de los capitales financieros internacionales (dicho sea de paso, una vieja aspiración de estos capitales).

Si el régimen chino avanza en este camino (incluso en el caso de que el yuan sea elevado a “moneda fuerte”), este sería un salto en el proceso de semicolonización del país, porque perdería la autonomía monetario-financiera de la que goza hasta ahora y ese mercado pasaría a ser controlado directamente por el imperialismo.

La burguesía china

El acelerado desarrollo del capitalismo en el país, originó el surgimiento de una burguesía nacional. Un estudio la Academia de Ciencias Sociales de China del año 2007 estimaba que en el país había 13 millones de empresarios. Por supuesto que en ese total se incluían los propietarios de pequeñas empresas agrarias, comerciales, y de servicios e industriales. En un sentido más restringido, se calcula que hay unos 300.000 millonarios (en dólares).

Esta burguesía tuvo tres fuentes de origen. En primer lugar, como hemos visto, los sectores campesinos enriquecidos, que además de la explotación agraria ampliaron sus negocios a otros rubros, en sus regiones de actuación. En segundo lugar, los funcionarios del partido y del Estado enriquecidos (o miembros de sus familias, como el caso de los “hijos”, que en las décadas de 1980 y 1990 intermediaban las inversiones extranjeras y luego invirtieron ellos mismos). En tercer lugar, burgueses chinos provenientes de Hong Kong, Macao y Taiwán (las dos primeras ahora incorporadas al territorio unificado, con “regímenes especiales”) que actuaban tanto como agentes de las inversiones extranjeras como realizaban inversiones propias.

Considerado en un sentido más amplio, forman parte de esa clase burguesa los funcionarios de muy alto nivel, estimados en 10.000 por el bloguero chino Pan Caifu y, de un modo un poco más abarcativo (los que tienen poder de decisión y manejo financiero de peso) en 160.000 (site www.zaichina.net). A esta cifra debemos sumar los gerentes y altos ejecutivos de las muchas empresas extranjeras radicadas en el país.

La hemos definido como una burguesía dependiente y subordinada al capital financiero internacional. Pero, al mismo tiempo, por los importantes saldos positivos de su balanza comercial, logró acumular un capital de reserva muy importante, lo que le da un margen de maniobra muy superior al de otras burguesías dependientes.

La compra de bonos del Tesoro de EEUU

Una parte de ese margen de maniobra es su posibilidad de realizar inversiones en el extranjero (de modo directo o, esencialmente, a través del Estado) tanto en los países imperialistas como en los semicoloniales que le proveen de materias primas.

Un primer destino de esas inversiones son los bonos del Tesoro de EEUU (de los que posee más de un billón de dólares), que son utilizados como “fondos de reserva” del Banco Popular Chino y respaldo último del yuan.

Es necesario hacer un análisis más profundo de esta realidad. Tradicionalmente, la deuda externa es un factor de dependencia del país deudor hacia el acreedor y de dominio y control del acreedor sobre el deudor. Sin embargo, en este caso, EEUU logra invertir esa relación y transformar esa deuda en un factor de dominación, por su carácter de principal potencia imperialista, poseedora de la moneda mundial (el dólar).

Además del financiamiento directo que el país recibe con la venta de los bonos del Tesoro durante varios años, como hemos visto, las autoridades monetarias de EEUU alentaron la devaluación del dólar frente a las otras monedas fuertes. Los países que como China habían comprado esos bonos como forma de tener reservas en dólares no podían permitir que esta moneda se devaluara demasiado, porque así se derrumbaría el valor de sus reservas. Por eso, se veían obligados a seguir comprando bonos para sostener su cotización.

Ahora que el dólar se ha revaluado, China se ve favorecida porque sus reservas también se valorizaron. Pero, al mismo tiempo, junto con la devaluación del yuan, también se favorece la principal economía imperialista, ya que se abarataron los precios de los productos que importa de China (es uno de los factores que ha alentado el reciente aumento del consumo en EEUU) y se fortalece su capacidad de compra de activos y de inversiones en China.

En ambos casos, la principal potencia imperialista ha “invertido la carga” de su deuda externa, transformándola en una aspiradora de plusvalía y capitales de China y de todo el mundo que, como veremos en un capítulo posterior, alimentan su circuito financiero y su economía. Una nueva vuelta de tuerca, quizá un poco extravagante, de la especulación y el parasitismo.

La exportación de capital financiero

 Además de estas reservas, se estima que una cifra similar está distribuida en diversos fondos de inversión e inversiones directas en otros países. La cifra viene aumentando en la última década y, en 2013, alcanzó a 140.000 millones de dólares (datos extraídos del artículo ¿De qué negocios es dueña China en el mundo?, Richard Anderson, analista económico de la BBC). Dentro de este total, 24.000 millones fueron a EEUU, una cifra similar al Reino Unido, 12.000 –por cada uno– a Francia y Australia.

Otra parte importante de las inversiones chinas en el extranjero están destinadas a los países semicoloniales de África, Asia y Latinoamérica para asegurarse la provisión de materias primas (combustibles y minerales) y alimentos.

El diario International Busssines Times estimó que China ha destinado a África 150.000 millones de dólares en los últimos cinco años entre inversiones directas, créditos y acuerdos de cooperación (para construcción de infraestructura, escuelas y hospitales). Si se considera que el comercio con ese continente llegó a 210.000 millones en 2010, China ha pasado a ocupar una parte del “espacio vacío” que dejaron las potencias imperialistas.

En Nigeria, a cambio del derecho preferencial en subastas de petróleo, se acumulan inversiones y proyectos por 21.000 millones; en Etiopía y Argelia por 15.000 millones cada uno, y en Angola y Sudáfrica por 10.000. En algunos países más pequeños, como Zimbabwe, Guinea Ecuatorial, Mauritania y Zambia, las cifras son menores pero muy significativas considerando el PIB de esos países (cerca de 4.000 millones).

En Latinoamérica, el objetivo también es el de asegurarse la provisión de materias primas y alimentos. En Venezuela, la CNCP (Petrochina) realizó un acuerdo por 28.000 millones en el nuevo proyecto de la Faja [petrolífera] del Orinoco. En el Brasil, en 2010, compró 40% de la Repsol en el país (7.100 millones); en 2011, adquirió 30% de la portuguesa GALP (5.000 millones) y realizó otras inversiones como la instalación de la planta montadora de CKD (todas las partes son importadas) de la automotriz Chery. En Argentina, la CNCP ya es la segunda petrolera del país, con la adquisición de 50% de Bridas (3.100 millones), de 60% de Pan American Energy (7.000 millones), 100% de la Esso Argentina (800 millones) y la mayoría de Occidental Petroleum (2.450 millones). En este país, también ha realizado inversiones en minería (Sierra Grande), en el sector agroganadero y en la industria de la alimentación, además de transformarse en el principal proveedor de material ferroviario. En Perú, luego de la compra de la mina de cobre de Las Bambas, acumula inversiones mineras por 19.000 millones, lo que le permite controlar un tercio de esta actividad, la principal del país (datos extraídos de  http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/04/150419_economia_china_inversiones_internacionales_az).

También ha invertido en el sector transporte, estimándose unos 8.000 millones en Venezuela y 3.000 en Argentina. El proyecto más grande en este sector es la construcción de un nuevo canal interoceánico en Nicaragua por parte de una empresa constructora privada china (HKND Group), que sumado a otros proyectos carreteros y ferroviarios asociados, tienen un costo estimado entre 40.000 y 50.000 millones.

Al mismo tiempo, el instituto GEGI de la Universidad de Boston estima que, entre 2005 y 2013, China otorgó préstamos a los países latinoamericanos por 102.000 millones (cifra que ha continuado ampliándose). Como un reflejo de esta intensificación de las inversiones y las relaciones comerciales y financieras, se produjo una gran expansión de la presencia del HSBC (banco que asocia capitales chinos y británicos) y, más recientemente, la instalación del ICBC (International Comerce Bank of China) en varios países.

¿China es un país imperialista?

Esta realidad que hemos descrito lleva a muchos analistas a considerar a China “la potencia emergente del siglo XXI”. O, en la visión de muchos marxistas, como un nuevo país imperialista o subimperialista (imperialista pero dependiente de un imperialismo más fuerte).

Esta última caracterización se asienta en el siguiente razonamiento: dado que Lenin (en su famoso libro sobre este tema) definió que el rasgo central del imperialismo es la exportación de capital financiero, aquellos países que tienen empresas que lo hacen (y así extraen plusvalía de otros) adquieren un carácter imperialista. Este razonamiento se aplica no solo a China, sino también a otros países como el Brasil.

Creemos que esta caracterización está equivocada, porque parte de absolutizar un elemento (existencia de empresas que exportan capitales) para definir mecánicamente al conjunto del carácter de ese país y su ubicación en la “jerarquía internacional”.

Pero si observamos con mayor profundidad, encontramos que, en el actual estadio de desarrollo del capitalismo, existen empresas de este tipo incluso en países que nadie puede caracterizar como imperialistas. En Perú, por ejemplo, el Grupo Romero tiene inversiones en más de 20 países. Empresas chilenas (a partir de la acumulación de los fondos privados de pensión) han hecho fuertes inversiones en el sector energético argentino, y la empresa de aviación LAN ha comprado la brasileña TAM. En Argentina, empresas de alimentación (como Arcor y La Serenísma) o siderúrgicas (Techint) poseen inversiones y plantas en varios países latinoamericanos. En el Brasil (por el tamaño del país y de la economía) el número aumenta, y empresas como Petrobras y la frigorífica Friboi incluso han comprado plantas productoras y negocian en países imperialistas.

Es cierto que estas empresas actúan como multinacionales (de modo similar a las empresas imperialistas): extraen plusvalía de sus inversiones en el exterior; en muchos casos, también saquean recursos naturales y envían gran parte de sus ganancias a la casa matriz. Pero es necesario ubicar esta realidad en el contexto de conjunto del país de origen. Debemos analizar si esa plusvalía obtenida en el exterior es el eje principal alrededor del cual gira la economía del país o, por el contrario, solo representa un elemento contradictorio (y privilegiado) en un proceso general, en el cual ese país entrega la mayoría de la plusvalía obtenida a los países centrales (a través de la remesa de ganancias de las empresas imperialistas, el pago de la deuda externa, el saqueo de recursos naturales, etc.). Para nosotros, esa es claramente la situación de Perú, Chile, Argentina, y también del Brasil.

El caso de China es más complejo, tanto por el volumen de capital de que disponen el Estado y la burguesía china (y el tamaño de las inversiones que realiza en el exterior) como por la autonomía financiera relativa a la que nos hemos referido. Pero el modelo económico chino no funciona alrededor de esa plusvalía obtenida en el exterior sino que, por el contrario, entrega la mayor parte de la plusvalía extraída en el país al capital financiero imperialista.

Si analizamos las inversiones chinas realizadas, vemos que la mayor parte son para mantener sus reservas monetarias o para garantizarse la provisión y el transporte de las materias primas y los alimentos que importa. De modo secundario, buscan dar algún alivio a la superproducción de acero, construcción y productos mecánicos que tiene el país. Son subsidiarias y están subordinadas al modelo de acumulación de conjunto, y están a su servicio. Es decir, en última instancia, sirven para garantizar plusvalía al imperialismo.

El proletariado chino

La expansión capitalista de China ha generado que este país posea el mayor proletariado industrial del mundo y también la clase trabajadora más numerosa. Según el informe de Jiang Zemin en el XVI Congreso del PC (2002), había en el país 160 millones de obreros de la industria y la construcción. Una cantidad que impacta aún más si consideramos que ese mismo año el conjunto de los países de la OCDE tenía 131 millones y el Brasil (con datos más recientes) alrededor de 20 millones.

A ese número debemos agregar alrededor de 100 millones de trabajadores en las empresas municipales, 70 millones en el Estado y las empresas estatales, y varios millones en el comercio y los servicios privados. Estamos hablando, entonces, de una clase trabajadora de no menos de 350.000.000 (350 millones) de personas.

En este marco, tanto el salario mínimo (que cobran sectores importantes de los trabajadores del sector privado) como el salario medio han subido en los últimos años por encima de la inflación. La inflación fue de 1 o 2% anual, con picos de 6% en 2008 y 2011. Pero fue mucho más alta en los alimentos, que representan 46% de los gastos de las familias urbanas de bajos ingresos (con picos de 10% en 2004, 13% en 2007, 14% en 2008 y 12% en 2011).

Mientras, el salario mínimo práctimente se ha duplicado en los últimos 12 o 13 años, con aumentos de más de 10% en varios años. Esto fue resultado de numerosos conflictos en los que las empresas privadas optaban por negociar dando concesiones y, luego, de la propia política del Estado para intentar evitar (o atenuar) estos conflictos: el plan quinquenal 2011-2015 planificó aumentos anuales de 13% sobre el salario mínimo. Actualmente, este mínmo se ubica entre 1.100 y 1.600 yuanes (según la región e incluso con diferencias dentro de ellas). Es decir, entre 167 y 243 dólares.

Es importante comprender que parte importante de la clase obrera industrial ha cambiado su carácter. Ya no se trata de la generación recién venida del campo sino de sus hijos, ya criados en las grandes ciudades, con mejores niveles educativos y mayores aspiraciones sociales.

Otro factor que presionó la suba de los salarios un poco más altos es la falta de personal para los puestos productivos más calificados. De esta forma, el salario medio general se ubica hoy en 3.500 yuanes (532 dólares). Pero es más alto en el Estado, las finanzas y algunos sectores del comercio y los servicios, mientras que en la industria la media es de 264 dólares (datos de http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/chinasalar.pdf.)

Este aumento de los salarios ha hecho que China perdiese “competitividad” frente a otros países de Asia, y que algunas industrias (como textiles o de confección) trasladasen sus inversiones a países de salarios más bajos. En un análisis comparativo, hoy el trabajo industrial chino es más costoso que el de Bangladesh (38 dólares), Pakistán (98), Vietnam (112) e incluso Malasia (234).

Los ataques y las primeras respuestas

Demonstrators march for democracy in Hong Kong on February 1, 2015. Tens of thousands of people were to take to the streets of to continue pushing for democracy, in the first major rally since protesters occupied stretches of highways. AFP PHOTO / Philippe Lopez

Esta situación, sumada al inicio de la crisis económica, le plantea a la burguesía y al régimen chino la necesidad de llevar adelante fuertes ataques a su clase obrera. Por un lado, retomar con fuerza la política de expulsión de campesinos para generar nuevas camadas del ejército industrial de reserva. Por el otro, atacar ciertas conquistas remanescentes del Estado obrero y el propio salario.

En primer lugar, la restauración liquidó la llamada “vasija de hierro” (empleo seguro, seguridad social y alquiler barato) para los trabajadores privados (solo se mantiene para los del Estado), lo que elimina un fuerte “amortiguador” de tensiones sociales. La seguridad social es cada vez más precaria, lo mismo que el sistema de salud: los inmigrantes internos que no cuentan con el pasaporte necesario (parte importante de los trabajadores industriales) no reciben atención médica ni tienen derecho a jubilarse, y deben pagar alquileres sujetos a las leyes de “oferta y demanda”.

Muchas empresas no pagan en término los salarios (o directamento no los pagan, y la alta inflación en alimentos corroe el valor real de los ingresos, especialmente de los trabajadores peor pagos). Además, comienza a haber despidos en empresas privadas y en algunas de las estatales, que cierran o son privatizadas.

Y los trabajadores responden: según datos de China Labour Bulletin (con sede en Hong Kong), en 2014 los obreros chinos protagonizaron 1.378 conflictos laborales, dos veces más que en 2013 y 56 veces más que en 2007. Y el proceso aumenta: durante los cinco primeros meses de 2015 hubo el triple de huelgas que en el mismo período de 2014. Estos datos no son oficiales y deben ser tomados con cuidado, pero indican una tendencia.

Al mismo tiempo, es importante considerar que una abrumadora mayoría de estos conflictos se dan en el sector privado y no en el estatal-municipal, cuyos trabajadores ganan más, aún conservan privilegios y, además, están sometidos a una mayor presión y control del aparato del partido. El prometido y tantas veces anunciado plan de privatizaciones y de “mayor eficiencia” en el sector estatal y sus empresas viene siendo postergado o solo aplicado con “cuentagotas” por la resistencia del “bajo clero” de una parte del aparato del régimen y el partido que no quiere perder sus privilegios. Pero en la medida en que la crisis económica se profundice, el régimen y la burguesía chinos se verán obligados a aplicar un ajuste mucho mayor en el sector estatal de la economía y, con ello puede abrirse una nueva fuente de conflictos.

La gigantesca clase obrera china y su proletariado industrial están despertando y comenzando a actuar. Si este proceso continuase, puede adquirir proporciones nunca antes vistas en ningún país del mundo y chocar no solo con el modelo económico del país sino también con el régimen dictatorial controlado por el Partido Comunista.

Debemos considerar, además, como un tema de importancia central, la cuestión de los reclamos democráticos contra un régimen muy represivo y su proyecto de “abrirse”. En octubre del año pasado hubo masivas movilizaciones en Hong Kong (con picos de 200.000 manifestantes) por el reclamo de elecciones libres, que fueron reprimidas pero de modo mucho menor que en Tiananmen, en 1989.

Es cierto que Hong Kong es un caso muy especial: fue un enclave del imperialismo británico (con un desarrollo capitalista propio muy fuerte) hasta que en 1997 fue reincorporado a China con el criterio de “un país, dos sistemas”) y la promesa de elecciones libres en 2017 (que ahora el régimen no quiere dar o [quiere] hacerla con derecho de veto de candidatos). Pero estos reclamos impactan sobre el conjunto de China, en la que, como vimos, surgen nuevos sectores urbanos jóvenes, tanto proletarios como medios, con aspiraciones democráticas cada vez mayores, que chocan con una cerrada dictadura.

El gran problema para el régimen y la burguesía de China es que no existen en el país mecanismos de mediación que les permitan hoy amortiguar o desviar estos posibles choques, o canalizar esas aspiraciones. La única organización política es el PCCh y no hay ninguna libertad democrática para las masas o los sectores medios. Los sindicatos oficiales y sus dirigentes son, en realidad, organismos y funcionarios del Estado, que se mantienen sobre la base del temor y la represión, odiados por la base. Y la burguesía (y la nueva pequeña burguesia en la que puede apoyarse) son débiles en tamaño frente a la inmensa clase trabajadora y el campesinado pobre.

Es decir, sería un enfrentamiento que puede producirse “en bruto”. Algo que parece anticiparse en la violencia que adquieren algunos conflictos, con agresiones, e incluso asesinatos, de gerentes de empresas privadas o de altos funcionarios de las empresas del Estado que iban a ser privatizadas.

Es cierto que el régimen y la burguesía chinos se han mostrado sumamente pragmáticos y podrían impulsar una “apertura”. Pero hasta ahora no se han mostrado dispuestos a hacerlo, y puede ocurrir que, más adelante, sea tarde (o desbordada por el proceso de ascenso).

Tienen, por supuesto, la alternativa de intentar el aplastamiento represivo como hicieron con el movimiento de Tiananmen. Cuentan para ello con herramientas muy poderosas: fuerzas armadas con 3.500.000 efectivos y fuerzas policiales con 1.600.000, y con un poderoso armamento que se moderniza cada vez más.

Pero, además del hecho de que 80% de los efectivos de las fuerzas armadas son conscriptos y reservistas (por lo tanto, una base con muchos vasos comunicantes con las masas), la realidad social del país es hoy muy diferente al de la época Tiananmen. Ya no se trataría de enfrentar solo a los estudiantes y los sectores medios, como en 1989, sino a una clase obrera joven y de dimensiones colosales.

Algunas consideraciones finales

En esta imagen tomada el 26 de marzo de 2015, una trabajadora muestra marcas de golpes que, según sostiene, fueron causados por la policía que intentaba reprimir una manifestación obrera dos días antes, dentro de la Cuiheng Handbag Factory en Nanlang, en la ciudad de Zhongshan. en la provincia de Guangdong, en el sur de China. (Foto AP/Didi Tang)

Queremos terminar este material planteando algunos interrogantes que el futuro próximo podrá responder. El primero de ellos es el impacto que la situación de China tendrá en el conjunto de la economía mundial. Según el Wall Street Journal (vocero del capital financiero estadounidense): “China ha dejado de ser la salvación y se ha transformado en amenaza a la economía mundial”.

El segundo interrogante es si el régimen y la burguesía chinos van a avanzar en el proceso de abrir de modo directo su mercado financiero a los capitales imperialistas y, en caso de producirse esto, qué impacto tendrá en la dinámica de las finanzas mundiales, al abrir un nuevo e inmenso campo de inversiones directas y fuente de ganancias.

El tercer interrogante (en realidad, el central) es la dinámica de la lucha de clases en el país. Nosotros consideramos que la restauración del capitalismo en China plantea la necesidad de una nueva revolución obrera y socialista, y es necesario preparar el programa de esa revolución. Pero es un proceso que ya no se dará, como en 1949, sobre una base campesina y en un país muy atrasado, sino teniendo como protogonista al mayor proletariado del mundo. ¿Estamos viviendo los primeros pasos de un ascenso de la lucha de clases en China? ¿Podrá desarrollarse este ascenso hacia una situación revolucionaria?

En cualquier caso, una cosa es clara: si China “tiembla”, sus temblores sacudirán el mundo y una parte importante del futuro del mundo se estará jugando en ese país.

[1] La llamada Gran Revolución Cultural Proletaria se desarrolló en China entre 1966 y 1976. Básicamente fue una gran movilización (impulsada por el propio Mao) de los sectores jóvenes del Partido Comunista y la fracción más a la izquierda de la burocracia contra viejos dirigentes y cuadros de la fracción de la derecha (como Deng Xiao Ping), que fueron desplazados de sus cargos.

[2] Política económica propuesta por el economista británico John Maynar Keynes (1883-1946) para enfrentar y atenuar las crisis económicas del capitalismo. Básicamente consiste en inyecciones monetarias y crediticias realizadas por el Estado en los sectores “productivos”, junto con un impulso a la obra pública.

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