El 15 de octubre de 2025, la clase trabajadora del Estado español estaba llamada a construir una huelga general en solidaridad con Palestina, convocada principalmente por la CGT. Otros sindicatos, como Co.bas, convocaron jornadas de lucha, dando así margen a los comités de empresa para organizar paros u otras iniciativas. Por su parte, CCOO y UGT publicaron manifiestos sumándose a los paros, aunque ni siquiera hicieron llegar esta iniciativa a todos sus comités. Aunque las cifras aún son inciertas, todo parece indicar que el seguimiento de la huelga ha estado por debajo del 0,5 % y que los grandes protagonistas de la jornada han sido la juventud y los estudiantes. La huelga ha tenido un seguimiento escaso, pero aun así, hay que celebrar las numerosas iniciativas de solidaridad que se han organizado en el marco de la jornada de lucha.
Por: Tània K.
Más allá de las declaraciones oficiales, la experiencia de esta jornada se ha vivido de manera muy diferente en cada centro de trabajo. Creo necesario reflexionar sobre una verdad que pesa como una losa: en muchas empresas, la huelga ni siquiera se ha comentado entre los compañeros de trabajo. Como delegada sindical, he tenido la oportunidad de impulsar un paro solidario con el pueblo palestino al que se sumó aproximadamente el 10 % de las trabajadoras de una plantilla de más de 700 empleados. Aunque está lejos de ser la huelga que exigen las circunstancias, afirmo convencida de que ha sido un éxito rotundo, porque nos sirvió para dar un paso adelante en la construcción del comité y su relación con la plantilla. El paro lo organizamos deprisa, sin poder hacer un buen trabajo de preparación, sin tiempo para convocar una asamblea de trabajadores y sin capacidad para sumarnos a una huelga general.
Dicho esto, el objetivo de este artículo no es hacer una crítica desmoralizadora, sino abordar las contradicciones con honestidad. Es necesario reflexionar sobre cuál es el camino para reorganizar a la clase trabajadora, y quiero contribuir en la medida de lo posible, asumiendo desde el principio que se trata de la perspectiva de una sindicalista novata. Quiero adelantar que, aunque tengo diferencias profundas con muchas de las compañeras que hoy encabezan la lucha sindical, tengo clarísimo que no se equivoca quien no hace nada. En este sentido, la crítica se plantea desde la máxima humildad y la voluntad honesta de trabajar con el conjunto de trabajadoras que siguen defendiendo el sindicalismo como herramienta fundamental de nuestra clase.
La primera reflexión que considero necesaria es plantearnos qué significado tiene hoy la huelga. Las traiciones del sindicalismo vendido al Estado, la atomización del sindicalismo honesto, el individualismo como forma de vida y la lejanía en la que quedan el 15M y las últimas huelgas generales son solo algunos de los factores que han desdibujado por completo el significado de la huelga. La huelga ha sido históricamente una herramienta fundamental de la clase trabajadora. Hacer huelga nunca ha sido una decisión individual, sino un derecho colectivo, conquistado con sangre, que nos ha dado la victoria como clase en innumerables batallas. Hay que recordar la huelga general de 2010 contra la reforma laboral del PSOE, que estuvo encabezada por el sector industrial, logrando un seguimiento del 80 % en Catalunya. La guía en este camino deben ser las compañeras que han organizado huelgas exitosas en los últimos años, como las de AkzoNobel, la antigua Titanlux.
Hacer huelga es echarle un pulso a la patronal y a los gobiernos. El objetivo debe ser hacer una demostración de fuerza deteniendo sectores estratégicos de la producción, demostrando que es la clase trabajadora quien genera la riqueza y que, por tanto, tiene la capacidad de imponer sus reivindicaciones. La huelga nunca ha sido, ni debería ser jamás, una declaración simbólica. Los actos de visibilización tienen un sentido, y la clase trabajadora, a lo largo de su historia, ha ideado miles de iniciativas de visibilización con el objetivo de explicar y mostrar las injusticias. La huelga es, y debe ser, mucho más que eso.
Mis compañeros de trabajo —y me atrevo a decir que los de todas— se situaban en un abanico enorme de posiciones. Por un lado, había quien decía que no servía de nada hacer huelga, que no aportaba nada que él personalmente perdiera 100 €. Por otro, había quien afirmaba que un paro era poca cosa, que hacía falta una huelga, incluso indefinida, hasta detener realmente el genocidio.
No entraré a discutir cada una de las posiciones, pero creo que hay un consenso claro: la conciencia de clase trabajadora y su capacidad de organización están muy lejos de lo que exige la realidad. Hoy en día no existen las condiciones para dar una respuesta a la altura de las circunstancias. Y mientras eso sea así, la obsesión de las sindicalistas debe ser construir esas condiciones.
Hacer declaraciones de huelga vacías de intención real es cargar piedras sobre la espalda de las sindicalistas que estamos a pie de empresa. Cada derrota es un nuevo obstáculo para el futuro, porque alimenta la idea de la huelga como “decisión individual” y le resta credibilidad. Agitar una huelga sin elaborar un plan para garantizar su éxito es un acto de inmadurez política y una irresponsabilidad para cualquier organización que se diga de la clase obrera.
Hay que recuperar la esencia de la huelga y construirla colectivamente. La democracia obrera es el único camino posible. No por una cuestión poética, sino porque organizar a la clase trabajadora significa involucrarla en la discusión y en la toma de decisiones. No es una tarea fácil: toca revertir el inmenso trabajo de desorganización que durante años ha encabezado el sindicalismo mayoritario. Pero tampoco podemos negar que, a pesar de sus traiciones, la mayoría de la clase obrera sindicalizada se organiza en sindicatos que se sientan a la mesa con la patronal y el gobierno. Por eso, hay que presionar a los sindicatos mayoritarios, confiando en que su política no representa a todos sus comités de empresa. Construir desde abajo. Asegurar bastiones estratégicos. Garantizar las condiciones del éxito.
Y debemos ser sinceros: no es un camino fácil. Hablar, convencer y organizar a los compañeros de trabajo es una tarea complicadísima. Quizás también sería interesante reflexionar sobre cómo los movimientos sociales y estudiantiles han contribuido a dificultar esta tarea, acomodándose en cámaras de eco, tomando decisiones desde asambleas que no representan y dejando de lado la tarea de convencer a vecinas y compañeras de clase. Las sindicalistas de hoy nos hemos educado así, y revertirlo no es sencillo.
Pero nuestra clase ha superado obstáculos mucho mayores en el pasado. Las nuevas generaciones, que hemos nacido y crecido entre crisis, llegamos con la ilusión y la fuerza para volver a construir las luchas. No hay trabajador o trabajadora que pueda negar su parte de responsabilidad. Es necesario que las trabajadoras presionen a los comités. Que los comités discutan con la plantilla y tomen iniciativas para intentar organizarla. Las huelgas deben construirse a partir de las asambleas de trabajadores, teniendo en cuenta los tiempos que marca nuestra gente, con paciencia y determinación. Hay propuestas más cómodas, pero esta es la única opción efectiva.Con todo esto, la realidad hoy nos empuja más que nunca a trabajar por la construcción de una verdadera huelga general. La fuerza de la clase trabajadora reside en su capacidad de organizarse colectivamente para detener la economía, y también para transformarla por completo. Y es esa fuerza la que nos permite presionar a gobiernos y patronales. Por eso, solo la clase obrera autoorganizada es capaz de detener la barbarie que se está dando en Gaza, tal como nos muestra la historia en numerosos episodios.
