La entrada masiva a Ceuta, los días 30 y 31 de julio, de más de 70.000 personas desde Marruecos, desbordando los límites fronterizos, ha tenido una enorme influencia en la vida política española. Uno de sus aspectos fundamentales es la campaña chovinista de “españolidad” eterna de Ceuta y Melilla. El otro gran aspecto es su enorme impacto político y social sobre el problema de la inmigración y su repercusión en la crisis gubernamental.
Por: Felipe Alegría
Los partidos políticos españoles y la «españolidad» de Ceuta y Melilla
En un extremo de la histeria patriótica, tenemos a Vox y, a su vera, al PP. Pero el gobierno PSOE-Sumar, con otro estilo y menos alarde, proclama la misma “españolidad” de Ceuta y Melilla. Pedro Sánchez ha llegado a sacar pecho patriotero reivindicando la batalla de Wad Ras de 1860, en la que el ejército expedicionario colonialista español derrotó a las fuerzas marroquís, fundiendo los cañones que les arrebataron para forjar los leones que adornan las puertas del Congreso de Diputados. Izquierda Unida-PCE-Sumar también reclaman la “españolidad” de estas plazas. Podemos no la cuestiona.
Los argumentos en favor de la españolidad de Ceuta y Melilla
Una explicación oficial y “académica” que se repite por esta derecha y la izquierda oficial para defender que estas “ciudades autónomas” no son enclaves coloniales es que Ceuta y Melilla son posesiones españolas desde hace ya cinco siglos y que no formaron parte del reparto colonial de África que los imperialismos europeos acordaron en la Conferencia de Berlín de 1884-1885, justo en el momento en que el viejo imperio español se hallaba en plena decadencia.
Dicen también que son ciudades reconocidas por la Constitución española y que la ONU no las incluyó en la lista de territorios a descolonizar. Claro que tampoco estaban en esa lista los territorios y departamentos franceses de Ultramar, aunque nadie piensa, más allá de los chovinistas franceses, que eso elimine su carácter colonial. Del mismo modo, la ONU incluyó al Sahara Occidental como territorio a descolonizar, pero resulta que EEUU, Francia, Alemania y el propio gobierno Sánchez apoyan su anexión por Marruecos, con la bendición de la propia ONU.
Llama igualmente la atención que los defensores de la “españolidad” de Ceuta y Melilla no compartan los argumentos del gobierno inglés sobre Gibraltar, pues son idénticos a los suyos sobre Ceuta y Melilla. Solo que, esta vez, están al servicio de defender el carácter británico de esta plaza colonial, entregada en 1704 a los ingleses como pago de la Casa de Borbón para asegurarse la corona española en la guerra de Sucesión y en la actualidad un relevante enclave militar y comercial británico, con el que la UE y el Estado español mantienen excelentes relaciones.
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Un poco de historia para arrojar luz sobre el carácter de Ceuta y Melilla
Ceuta, ubicada justo en el otro lado del peñón de Gibraltar, fue conquistada por el rey portugués Juan I en 1415, quien levantó allí una plaza fortificada que, más tarde, sería traspasada al rey español Felipe II. Melilla, por su parte, fue una conquista de los Reyes Católicos de 1497, en la que levantaron otra plaza fuerte. Hasta el siglo XIX, ambas no pasaron de ser unas meras fortificaciones, aisladas del territorio, en las que residía una guarnición militar y presidiarios cumpliendo condena.
Esto comenzó a cambiar en 1859-1860, en particular con el Tratado de Wad Ras, tras la victoria del ejército colonial español. Así, la extensión de Ceuta se amplió a 20 km2, lo que permitió que durante el período del Protectorado (1912-1956) tuviera lugar un enorme crecimiento urbano. El crecimiento territorial de Melilla fue entre 1859-62, mediante la apropiación de 12 km2 de su entorno.
La primera guerra colonial contra las cabilas (las tribus) del Rif fue en 1859-60. Más tarde, en 1893-94, vino la llamada Guerra de Margallo, donde las cabilas próximas a Melilla se opusieron a la construcción de fuertes militares españoles en sus tierras y lugares religiosos. España tuvo que recurrir a un ejército expedicionario de 20.000 soldados llegados de la península.
Sin embargo, fue entre 1902 y 1927 cuando Ceuta y Melilla se convirtieron en grandes bases militares. El capitalismo español, que acababa de perder lo que le quedaba de su imperio en Filipinas, Puerto Rico y Cuba, quiso hacer pie en África. En 1909 eran ya 40.000 los soldados acuartelados en Melilla, al tiempo que creaban las Fuerzas de Regulares (1911) y los tercios de la Legión (1920). Fue justo aquí donde se forjaron los militares “africanistas” que luego encabezaron, en 1936, el alzamiento fascista.
Una pieza fundamental en este movimiento colonial fue la constitución en 1912 del Protectorado colonial español, que abarcaba principalmente la región norteña del Rif. En paralelo, fue constituido el protectorado francés, sobre el resto del territorio marroquí, en las zonas más ricas en recursos y población. Los protectorados reconocían la soberanía formal del Sultán, pero las potencias coloniales administradoras detentaban el poder absoluto sobre sus recursos y su gente. Ambos protectorados finalizaron en 1956, una década después de acabar la II Guerra Mundial y Marruecos recuperó su independencia formal, bajo Mohamed V, si bien continuó sometida al imperialismo francés.
Ceuta y Melilla, que no estaban integradas formalmente en el Protectorado, fueron, sin embargo, la base de operaciones del ejército para la ocupación y explotación del territorio, con cuyo fin fomentaron la migración de un sector de población, principalmente del sur de España, para trabajar en las minas de hierro y actividades relacionadas.
La historia oficial que sustentan gobierno, oposición y Academia quiere que nos olvidemos de la Guerra del Rif, que tuvo lugar entre 1921 y 1926, cuando los rifeños, con una larga y firme tradición de lucha por su autonomía, que se mantiene hasta el presente, se levantaron, con Abd el-Krim al frente y con la oposición del Sultán, contra la ocupación española y, más tarde francesa.
La ocupación estaba al servicio directo de las grandes compañías mineras, grupos financieros, grandes industriales vascos, empresas proveedoras de armamento y grandes contratistas. Personajes de primer plano como el conde de Romanones, el conde Güell, el marqués de Comillas (que había hecho fortuna en Cuba con la trata de esclavos) y el propio Alfonso XIII estuvieron directamente involucrados, en medio de una corrupción generalizada de la oficialidad del ejército, como mostró el Expediente Picasso.
En 1921 las cabilas de Abd el-Krim tuvieron una gran victoria militar sobre las tropas coloniales españolas, causando la muerte de 12.000 soldados de leva, traídos forzados desde la península. Esta victoria dio paso a la proclamación de la República del Rif, que duró hasta 1926, cuando las tropas rifeñas fueron derrotadas por un ejército conjunto hispanofrancés en la batalla de Alhucemas. En este lapso de cinco años el ejército español fue uno de los más precoces del mundo en el empleo masivo de armas químicas como el gas mostaza, para aniquilar y anular poblaciones enteras: otra “heroicidad” de la que no nos hablan ni los políticos ni los académicos.
Este resumen histórico es el que muestra cuáles son los reales títulos que acreditan la “españolidad” de Ceuta y Melilla.
Ceuta y Melilla hoy
La importancia militar de Ceuta y Melilla como plazas militares ha disminuido radicalmente a lo largo del tiempo. Ya no tienen la misión de defender un territorio colonial como era el Protectorado, ni tampoco la de controlar el estrecho de Gibraltar, pues el verdadero vigilante no es otro que la base norteamericana de Rota (Cádiz), una pieza de primera importancia en el despliegue militar norteamericano, sin olvidar la base británica de Gibraltar, a 14 km de Ceuta. La monarquía marroquí, por otro lado, es hoy el más fiel aliado de EEUU y de Israel en el norte de África. En verdad, la misión militar de Ceuta y Melilla no va más allá de protegerse a sí mismas.
Desde el punto de vista económico, Ceuta y Melilla se sustentan en la Administración pública española (militares incluidos), que sostiene el empleo en estas ciudades. El comercio y los servicios dependen de esta financiación estatal, en unas ciudades con un elevado desempleo y donde la industria y la agricultura brillan por su ausencia. Su PIB per cápita es considerablemente inferior al español.
Ceuta y Melilla jugaron, hasta 2018, un cierto papel económico con relación al norte de Marruecos, a través del comercio sumergido y el contrabando tolerado (el matuteo), llevado a cabo por centenares de porteadoras marroquís a través de la frontera. Durante décadas ambas ciudades fueron grandes plataformas de distribución de mercancías al norte de Marruecos, apoyadas en un régimen fiscal especial y la tolerancia pactada de la parte marroquí.
Pero este contrabando legal masivo ha dejado de existir, debido al cierre de las fronteras comerciales por parte marroquí. Marruecos decidió que este “comercio atípico” dejara de transitar y las mercancías entraran directamente por el nuevo puerto de Nador, pasando por las aduanas y pagando los correspondientes aranceles. De esta manera, reducían la dependencia comercial del norte de Marruecos hacia Ceuta y Melilla, golpeaban la base económica de ambas ciudades y dejaban en evidencia su debilidad geoestratégica. Por otro lado, Ceuta y Melilla pueden quedar literalmente cercadas en unos pocos años por la expansión industrial alrededor de los modernos puertos de Tánger (a 30 km de Ceuta) y de Nador (a 50 km de Melilla), destinatarios de importantes inversiones de empresas multinacionales europeas.
Los negocios españoles en Marruecos, por lo demás, hace mucho tiempo que no pasan por Ceuta y Melilla. Con un comercio bilateral de 22.700 millones de euros en 2024, Marruecos es el primer destino de la inversión española en África, con una red muy densa de industria auxiliar, obra pública, energía, agua, servicios financieros, ingeniería y cadenas productivas conectadas con fábricas peninsulares. 900 empresas españolas tienen filiales o participaciones significativas en sociedades marroquíes y grandes compañías españolas como Acciona, Endesa, Moëve, CAF, Indra, Inditex, sector automovilístico, turismo y bancos como Santander y CaixaBank están muy presentes en la economía marroquí.
En cuanto a los residentes de ambas plazas, aunque no hay registros precisos, las distintas fuentes reconocen la existencia de un 45% de población marroquí con ciudadanía española en Ceuta, así como de un 55% de población bereber, rifeña, de lengua amazigh, en Melilla. Es importante tener en cuenta la historia de la población bereber, que habita el conjunto del Rif, un territorio con una tradición histórica impresionante de lucha por su soberanía política con especto al Sultán y ahora la monarquía marroquí, a lo largo de los siglos XIX y XX. Se rebelaron contra el dominio español en la Guerra del Rif (1921-26). Después, ya tras la independencia de Marruecos (1956) se levantaron contra Mohamed V en un enfrentamiento armado (1958-59); luego tuvimos las revueltas de 1984 contra Hassan II y, más recientemente, en 2016-17, hemos vivido el poderoso movimiento de protesta social Hirak del Rif.
La crisis de Ceuta, los fuerzas en presencia y qué hacer
Por mucho que la derecha y la extrema derecha y la izquierda oficial se llenen la boca con la españolidad Ceuta y Melilla, estas ciudades aparecen hoy como incómodos restos coloniales de un imperio que nunca llegó a ser.
En verdad, el problema mayor del Gobierno en Ceuta y Melilla es frenar la migración, a la que aspira, con la esperanza de una vida mejor, una buena parte de la juventud marroquí (según encuestas recientes, hasta un 55% de los jóvenes entre 18-29 años la había considerado). La propia ubicación geográfica de ambas ciudades es un claro incentivo para entrar en la UE.
La raíz de la emigración no es otra que el régimen de explotación y opresión al que es sometida la población marroquí. Un régimen que cuenta con el apoyo decidido de EEUU e Israel, además de la UE y de España, y que se sustenta en la monarquía marroquí y el Majzén (el centro de poder y gobierno en la sombra), con el rey y su holding privado Al-Mada, en el centro, con una fortuna de más de 5000 millones de dólares.
El gobierno marroquí, con la necesaria complicidad de EEUU e Israel y la “neutralidad” de la UE (que luego criticó al gobierno español, pero no dijo una sola palabra sobre la actuación de Marruecos), organizó la entrada masiva en Ceuta de más de 70.000 personas los días 30 y 31 de julio (con 171 fallecidos en el intento). El gobierno Sánchez se mostró incapaz de frenarla al no haber sido alertado por sus servicios de inteligencia, ni por sus propias fuerzas armadas y de seguridad, todos ellos estructuras heredadas del franquismo, nunca depuradas y con vínculos con la derecha y la extrema derecha.
Aprovechando la crisis desatada, la derecha y la extrema derecha han desplegado una intensa y repugnante campaña chovinista y racista contra los “invasores-moros-delincuentes -violadores”, incluida la organización de altercados violentos en la propia Ceuta. Han prodigado múltiples muestras del más rancio y ridículo españolismo. Acusan de “traición” a Sánchez y reclaman que el gobierno expulse de manera inmediata de todos los que aún permanecen en Ceuta sin siquiera respetar los requisitos que establecen las leyes migratorias. Esta reclamación ha sido incluso respaldada por el Partido Popular Europeo (al que pertenece el PP) y por la propia presidenta de la Comisión Europea, Von del Leyen.
En cuanto al Gobierno Sánchez, no solo había entregado con anterioridad y sin explicaciones el Sahara Occidental a Marruecos, sino que en la actual crisis ha exculpado de toda responsabilidad al régimen marroquí, con el que mantiene una excelente relación al servicio de las grandes inversiones españolas en el país.
Asimismo, con su habitual hipocresía, el Gobierno se ha escudado en la actuación indigna de las autoridades de Ceuta para incumplir sus propias obligaciones, en particular el traslado a la península de los menores no asistidos y los peticionarios de asilo.
Por el contrario, mientras se dedicaba a criticar al PP, el Gobierno ha mantenido a los miles de migrantes que aún restan en la calle y las playas ceutíes en situaciones atroces, abandonándolos al hambre y la sed y la indigencia, con la esperanza de forzar su vuelta por su propio pie a Marruecos.
La “españolidad” de Ceuta y Melilla es un residuo colonial que carece de justificación y al que es preciso poner fin. Esta tarea debe hacerse apoyándose en la voluntad de la población magrebí de ambas ciudades. Una voluntad que no se alinea con la del régimen marroquí y que, en el caso de Melilla se identifica con la identidad bereber y conecta con la lucha del pueblo amazigh por su soberanía.
