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Hagamos que no pasen: una reflexión sobre el antifascismo que necesitamos

El pasado 10 de enero, el movimiento antifascista de Catalunya nos pusimos en alerta por el anuncio del grupo neonazi Núcleo Nacional que abriría una sede en Barcelona. La realidad fue que ni abrieron una sede, ni tampoco estuvieron en Barcelona. Ante la respuesta de una convocatoria rápida e improvisada de una manifestación de rechazo, el grupúsculo neonazi se vio obligado a celebrar su presentación en un local de alquiler de eventos, ubicado en un polígono industrial de Sentmenat, a 25km de Barcelona y sin posibilidad de llegar en transporte público.

Por: Mercè Roure

A pesar de que la celebración tuviera lugar en una localidad tan remota, centenares de jóvenes antifascistas asestamos toda la artillería para llegar a Sentmenat y dejar claro que su presencia no es bienvenida y que no dejaremos que queden impunes.

Pese a la heroica respuesta de la juventud, hay que abrir algunos debates dentro de la izquierda revolucionaria y toda organización que se considere antifascista sobre qué respuesta necesitamos para que grupos como Núcleo Nacional no puedan pasar, ni celebrar sus actos ni en “chiquiparques” ni en ninguna parte.

El aumento de la ultraderecha a nivel internacional abre la puerta a grupúsculos abiertamente fascistas y les regala impunidad

La presencia de grupos como NN con total impunidad no se explica sin entender el aumento de la ultraderecha como fenómeno mundial, que se ha desarrollado con fuerza en países imperialistas occidentales como EE. UU. y algunos países de Europa, pero también países semicolonials como Argentina.

El crecimiento de la actual extrema derecha es un fenómeno que surge a raíz de la crisis capitalista mundial del 2008, es decir, el momento en que, después de 30 años de Estado del bienestar, la globalización entra en crisis y deja en evidencia sus efectos sociales devastadores.

La extrema derecha mundial, todo y sus particularidades en cada país, comparten algunos rasgos comunes, por ejemplo, hablan del “gran reemplazo”, refiriéndose a que las personas migrantes sustituirán a la “raza blanca”, la fuerte voluntad de más militarización en las fronteras, una batalla encarnada contra el colectivo LGTBIQ+, etc. Estos grupos, como NN, buscan acumular fuerzas levantando consignas que encuentren la simpatía de los y las trabajadoras más castigadas y los sectores más empobrecidos. Es por eso que utilizan la democracia burguesa para divulgar su programa, que gira en torno a la defensa a ultranza del nacionalismo español y la batalla contra las personas migradas, a quienes ponen una diana en el frente, como ya pasó en Torre Pacheco.

Si los grupos como NN se sienten fuertes y con suficiente impunidad para organizar actos públicamente es porque hay grupos en el Congreso y en las instituciones con discursos que les alientan, y a quienes ya les estará bien que alguien les haga el “trabajo sucio” en la calle, mientras ellos aparecen como “la oposición radical” al gobierno.

El lamentable papel de las izquierdas institucionales, el otro responsable

Como hemos dicho, este aumento de la ultraderecha surge después de 30 años de Estado de bienestar. Durante estos 30 años, además, el desarrollo capitalista fue acompañado del triunfo ideológico que presentó la restauración capitalista como el fracaso histórico del socialismo, mucho al contrario que después de 1917, en que se abrió entre la clase trabajadora mundial la idea que otro mundo era posible. Los años 80 y 90, desgraciadamente, cuestionaron fuertemente el socialismo y contribuyeron a la desorganización de la clase trabajadora.

Pero este triunfo ideológico no ha sido mérito exclusivo de los derechistas ultraliberales. También han contribuido activamente los partidos socialistas, que durante años han gestionado la miseria, y también la nueva izquierda occidental como Syriza, Podemos o Sumar, que aparecieron como una alternativa rupturista y han acabado siendo garantes del gran capital y “el ala izquierda” del gobierno PSOE, donde depositan todas sus aspiraciones.

Además, en el Estado español contamos con la particularidad de que ningún gobierno, tampoco los “de izquierda”, ni tampoco el “más progresista de la historia” han cumplido con la tarea de la memoria histórica y democrática. Ningún gobierno ha sido capaz de romper con la herencia franquista que caracteriza el Régimen del 78 y es por eso que cada vez se oye a más gente enalteciendo una dictadura sanguinaria de casi 40 años, y grupúsculos como NN se anuncian como uno más.

La ultraderecha apareció como opción política apoyada sobre el descrédito y el resentimiento social provocado por los gobiernos de la izquierda burguesa, ante su incompetencia y el choque entre el discurso y la realidad de la clase trabajadora (sirva de ejemplo el choque entre la “política de vivienda” del gobierno y los más de 35 desahucios diarios en Catalunya). Todo ello ha contribuido a facilitar que la extrema derecha aparezca como la verdadera oposición de masas al gobierno Sánchez y ha abierto su crecimiento electoral.

La respuesta que necesitamos

Las organizaciones de la izquierda revolucionaria y anticapitalista no podemos ser indiferentes ante el auge de la extrema derecha. A pesar de que sabemos que este fenómeno es el último bastión de la dominación capitalista, es imprescindible defender las libertades democráticas, conquistadas muchas de ellas a base de años de lucha, y las condiciones que permiten a nuestras organizaciones actuar para construir una salida que pase por acabar con el poder del gran capital. Sabemos que NN está lejos de representar una amenaza fascista como la de los años 20 y 30, pero precisamente se trata de acabar con todo indicio que pueda suponer una amenaza para nuestra clase. Una clase profundamente desorganizada y desmovilizada que está ligada de manos y pies a las burocracias políticas y sindicales.

Hace años que la respuesta antifascista queda relegada a una juventud radicalizada que ya está a primera línea de otras muchas luchas y, sin ánimo de ningunear la voluntad y el esfuerzo, hay una realidad que pesa como una losa: solas no podemos. Para el movimiento antifascista organizado, la gran arma de lucha son las contramanifestaciones, una apuesta consciente para forzar el choque entre fascistas y la izquierda antifascista que, a pesar de estar organizada, sigue siendo una minoría respeto la clase trabajadora de conjunto. Pero, lamentablemente, ningún grupo de jóvenes antifascista podrá sustituir la imprescindible entrada en escena de los trabajadores y las trabajadoras, al contrario, habrá que interpelarlos para que sean ellos y ellas quien, desde los barrios, se levanten contra la presencia de grupos fascistas. Hay que volver a hacer circular la idea de que el antifascismo es cosa de todes y que, ante ataques y provocaciones, la respuesta tiene que incluir a todo el mundo, organizado o no. Tenemos que tejer una red amplia, incluyendo aquellos colectivos más vulnerables y a quienes la extrema derecha y el fascismo tiene más en la diana, como son las personas migrantes y racializadas, el colectivo LGTBIQ+, etc.

Tenemos que poner el peso en la autoorganización de la clase trabajadora de forma independiente de la izquierda institucional. Esto no quiere decir renunciar a la necesaria unidad de acción, pero no podemos seguir alimentando la ilusión de que las grandes estrategias electorales promovidas por personajes como Rufián, Delgado u otros representantes de esta izquierda, frenarán el adelanto de la extrema derecha. Al contrario, hace falta que trabajemos por la construcción de espacios arraigados en la clase trabajadora, porque el verdadero combate al fascismo se da en el terreno de la acción política, es decir, evitando que este tipo de grupos haga pie en los barrios obreros. Son estos espacios los que nos permiten fortalecernos políticamente y hacer una contrapropaganda de clase a la ideología capitalista que penetra en nuestros barrios y acerca a la juventud a ideas fascistas. Solo de este modo seremos capaces de dar una respuesta a la altura de las circunstancias y, esta vez sí, hacer que no pasen.

Por eso construimos espacios como los sindicatos combativos, La Obrera, la PAHC, etc., y apostamos por la construcción de espacios unitarios para poder involucrar todo el mundo, organizado o no, en la toma de decisiones, acordar líneas conjuntamente y afrontar de manera colectiva los problemas que nos atraviesan como clase, siendo uno de estos los ataques de la extrema derecha. Cómo decía Trotsky, el fascismo es el garrote del capital financiero, es decir, representa los intereses de la gran burguesía en contra de los intereses de la clase trabajadora, por eso es tan importante el trabajo a pie de calle, volver a los barrios y autoorganizarlos con sus propias demandas políticas y sociales, volver a tomar conciencia de su clase, la clase obrera, y a desenmascarar a NN y a toda esta escoria como lo que son: garrotes de las grandes empresas que nos explotan día tras día, que no nos representan y que nos quieren desorganizadas y divididas entre nosotros.

Imagen: Jordi Borràs via X

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