Como vimos en el primer artículo de esta serie (consultar en el número anterior de Página Roja o en corrienteroja.net), la IV Internacional se fundó en condiciones de extrema debilidad, acosada por el fascismo y el estalinismo, pero también por las llamadas “democracias”. Durante la Segunda Guerra Mundial, decenas y decenas de militantes fueron encarcelados o asesinados. La jovencísima IV Internacional quedó desarbolada como organización internacional y hasta 1948, una década después de su fundación, no pudo reunirse  el 2º Congreso Mundial. En aquel momento, tres secciones (la estadounidense, la francesa y la de Sri Lanka) pasaban el millar de militantes. Pero otras secciones habían sido, literalmente, exterminadas como la española, la de la URSS o la alemana.

La dirección de la Internacional quedaba en manos de jóvenes, sin experiencias ni remotamente comparables a la de Trotsky y con escala raigambre en la clase trabajadora. La historia de la IV Internacional estuvo marcada indeleblemente por esa situación hasta su definitiva dispersión.

Todavía en la década de los `40 surgió una importante minoría en el SWP estadounidense, liderada por intelectuales, que criticaba la defensa de la IV Internacional de la URSS como estado obrero. Esta minoría afrontó el debate sin ninguna confianza en el propio desarrollo del partido en el seno de la clase trabajadora para “corregir” su política, y estableció un debate histérico plagado de acusaciones morales y sobre la falta de democracia. Muy pronto, rompieron con el partido y abandonaron toda posición revolucionaria, llegando incluso a posturas de extrema derecha en algunos casos.

En 1953, la Internacional se dividió en dos. El Secretariado Internacional, liderado por Pablo, analizaba que la “Guerra Fría” obligaría a los partidos comunistas a impulsar la Revolución. El sujeto de la Revolución ya no era la clase trabajadora, sino la burocracia estalinista, que dejaba de ser contrarrevolucionaria. Consecuentemente la tarea de los trotskistas ya no era construir partidos independientes, sino ingresar en los PCs para empujarlos “desde la izquierda”. La plasmación trágica de esa política se vivió en la Revolución Boliviana de 1952, donde los trotskistas (con fuerza de masas) en lugar de impulsar la toma del poder por la clase trabajadora apoyaron “desde la izquierda” a un gobierno burgués nacionalista, al puro estilo menchevique/estalinista.  Cannon en EEUU, Moreno en Latinoamérica y las secciones francesas y británicas resistieron esa orientación fundando el “Comité Internacional” de la IV Internacional.

Ambas mitades de la Internacional, y tras la salida de Pablo (que terminó como asesor del gobierno burgués nacionalista de Argelia), se reunificaron al calor de análisis compartidos sobre la Revolución Cubana en 1963. Pero pronto ese “Secretariado Unificado” de la IV Internacional, ahora liderado por Mandel, volvió a sentir las fuertes presiones de dirigentes pequeño-burgueses que no se orientaban predominantemente a la clase trabajadora. En este caso, el “atajo” pasaba por las guerrillas campesinas en países coloniales o por “nuevos movimientos sociales” como los estudiantes en países imperialistas.

Se conformaba entonces la “Fracción Bolchevique”, que dio origen en 1982 a la actual LIT, bajo el liderazgo de Moreno. Nahuel Moreno, educado por James Cannon, pasó toda su vida militante buscando ligar el partido fuertemente a la clase obrera. Desde el comienzo rompió con violencia con el trotskismo “bohemio” y su grupo fue a vivir a una barriada obrera, militando en las fábricas o en las Asociaciones de Vecinos. Y ese “sello obrero” lo llevó a rechazar los “atajos” con los que se impresionaban los dirigentes pequeñoburgueses de la IV Internacional, que soñaban con revoluciones por fuera de la clase trabajadora. Moreno y la LIT ataron su suerte a la organización obrera y a la construcción del partido revolucionario en su seno.