Entrevistamos a Juan, Bombero forestal de Andalucía.
En los últimos años hemos asistido a procesos de movilizaciones de los bomberos forestales en varias CCAA ¿Qué puedes contarnos de su situación y lucha?
La profesión está sometida, por lo general, a una gran precariedad. Afortunadamente, somos bastante peleones. La pasada campaña de alto riesgo terminó con una movilización estatal en Madrid, en octubre, que reunió a varios miles de compañeros y compañeras de los cuatro puntos cardinales. Desde entonces hay un reguero de luchas que no ha parado en ningún momento. En Madrid llevan más de 1000 días de huelga, que se dice pronto. Hace apenas unas semanas también nos movilizamos los de Andalucía. En Castilla y León durante estos meses han participado en marchas por las zonas afectadas por los terribles incendios de 2025, seguramente allí tienen la peor situación de todas. La situación es tan caótica que, por una disputa entre las empresas a las que se ha privatizado el servicio y la Administración, ahora mismo casi mil compañeros ni siquiera han podido incorporarse a su trabajo.
El año pasado batimos récords de incendios y este año ya despunta muy muy feo. Combatir estos incendios es siempre muy difícil. Pero es que hacerlo privatizados, con personal temporal recién contratado, con condiciones laborales pésimas, con carencias humanas y materiales, sin una formación y un entrenamiento a lo largo del año profesional… lo hace todo mucho peor.
La nuestra ya no es ni una lucha por condiciones laborales o seguridad en el trabajo, sino es ya una reivindicación porque las laborales de prevención y extinción de incendios forestales puedan ser lo más eficaces posibles. Por nosotros, por la población y por nuestra naturaleza y montes.
¿Se notan las consecuencias del cambio climático en vuestro trabajo?
Indudablemente. En estos días hemos sufrido un incendio en pleno corazón de Doñana, espoleado por unas temperaturas propia del verano. El problema es que aún estamos en mayo. Los incendios forestales alimentados por el cambio climático no son una predicción de futuro, son ya una realidad incontestable. Lo peor es que se van a seguir agravando, como muchas adversidades medioambientales. La única pregunta es si van a ser un desastre incontrolable o podremos frenar a tiempo antes de que sea demasiado tarde.
¿Cuál es el papel de los trabajadores públicos en la lucha contra las consecuencias de la catástrofe ecológica?
Creo que es importante incorporar esta dimensión a nuestras luchas. No se trata únicamente de pedir un poquito más de salario o unas condiciones de trabajo un poquito mejores. Eso no sirve de nada en un planeta inhabitable o delante de incendios monstruosos. Hay que salir del sindicalismo de carril estrecho e implicarnos en la lucha ecologista. Muchas veces estamos tan enredados en las pequeñas reivindicaciones más urgentes que se nos olvida lo más importante. Nuestro testimonio y conocimiento desde la primera línea de los efectos del cambio climático nos hace esenciales como punta de lanza de la población en su conjunto.
A nuestro favor tenemos ser una profesión bastante reconocida por la población, tenemos la posibilidad de concienciar sobre las transformaciones que están sucediendo. Necesitamos aliarnos con los movimientos sociales preocupados por la crisis ecológica en curso, hacernos parte de ellos, nutrirlos con nuestra visión y aprender a su vez de ellos.
¿De quién es responsabilidad que se sigua profundizando la crisis ecológica?
Se suele decir que es responsabilidad de todos. Y en parte es cierto, todos y todas tenemos responsabilidad con nuestros actos cotidianos. Yo animo a ser tan responsables y coherentes como podamos. Pero plantearlo así es hacer trampas, es responsabilidad de todos, pero no en la misma proporción. La desigualdad en nuestra sociedad es obscena, y eso se refleja en el impacto que generamos cada cual. ¿O es lo mismo alguien que vive compartiendo piso y llega ahogado a fin de mes que los megaricos que cogen un jet privado cada dos días?
La desigualdad es tan brutal que cuesta dimensionarla. Voy a poner sólo un dato encima de la mesa para no inundar de cifras el debate. Según Oxfam, el 1% de la humanidad contamina más como los 2/3 más pobres de la humanidad en su conjunto. Ahí se encuentra el quid de la cuestión.
¿Cuáles son las medidas que se deberían aplicar para frenar la catástrofe ecológica?
Es difícil desarrollar una gran argumentación en un espacio breve, así que voy a ir directo a lo que creo que es esencial. Aunque suene muy maximalista, te diría que necesitamos acabar con el capitalismo. Llevamos unos 30 años de cumbres climáticas internacionales, de discursos sobre desarrollo sostenible y de “economía verde”, pero seguimos deslizándonos por el tobogán hacia el desastre. Aplastando cualquier iniciativa ligada a la sostenibilidad, el capital sigue girando y acumulando, machacando lo que haga falta para seguir creciendo sin límite. Los grandes capitalistas del mundo han demostrado sobradamente estar dispuestos a llevarnos a todos por delante para seguir sumando ceros en su ya infinita cuenta corriente.
La economía es hoy por hoy una rueda ciega que gira y gira siempre buscando que sigan acumulando ganancias, eso marca su brújula. Y los gobiernos de todo el mundo acompañan sin excepción. Creo que hay que cambiar completamente el paradigma. Necesitamos planificar la economía, hacerlo para cubrir las necesidades humanas sin sobrepasar las capacidades del medioambiente. Estamos tan acostumbrados al capitalismo extremo que esto suena completamente utópico, pero lo que de verdad es irreal es pensar que vamos a poder cambiar de rumbo manteniendo el orden económico, social y político actual. Creo que sería posible un mundo donde el conjunto de la población pueda vivir dignamente, mejor que ahora diría, respetando los límites finitos de nuestro planeta y sus recursos naturales. Pero para eso necesitamos acabar con el capitalismo, con la guerra, con la desigualdad extrema y la acumulación de riqueza y poder. Un mundo sostenible es necesariamente un mundo más equitativo y democrático, en el que el conjunto de la población tenga el poder repartido y en sus manos; especialmente, la clase trabajadora, que somos quienes al fin y al cabo producimos y distribuimos todo lo que se fabrica

