El terrible accidente ferroviario de Urda ha sido la última expresión de la decadencia que sufre el Estado español, y se añade a la crisis de vivienda, las inundaciones constantes o la crisis en los servicios públicos, que moviliza a sus trabajadoras semana tras semana con demandas de mínimos que no se cumplen.
El accidente es reflejo de las políticas que han aplicado gobiernos tanto del PSOE como del PP. En vez de dedicar el presupuesto a mejorar la red de cercanías, o en mantenimiento de la del AVE, continuaban construyendo líneas en beneficios del sector turístico y de las mismas constructoras relacionadas con la corrupción del gobierno, como en el caso Ábalos. Por mandato de la UE, liberalizaron el sistema, sometiéndolo a una frecuencia de trenes para la cual no estaba preparado. Hoy, llaman a recuperar la confianza, sin proponer medidas que atajen el problema estructural como serían la nacionalización de toda la red de ferrocarril y confiscar los beneficios de las grandes constructoras para invertirlos en mantenimiento.
Que la catástrofe se convierta en normalidad, no es una particularidad del Estado español. Es parte del desorden mundial en el que estamos sumergidos, vivimos una constante vorágine de expresiones de decadencia del sistema, tanto políticas, como económicas, como climáticas, como bélicas… En esta tesitura, la disputa interimperialista mundial se expresa también, y cada vez con más fuerza, en el interior de los países imperialistas, con enfrentamientos cada vez más violentos entre las clases sociales y sus distintos sectores. Producto de ello es que, en todas partes, sean “democracias” o dictaduras, la represión se endurece a pasos agigantados.
Trump es la máxima expresión de esta crisis en el corazón del imperialismo. Y aunque su derrota electoral es una gran noticia, que sea a manos del Partido Demócrata, que ha apoyado el genocidio en Palestina o que no defiende la eliminación de ICE, demuestra que la clase trabajadora mundial no podemos tener ninguna confianza o esperanza en ellos.
En Europa, delante del rayo de esperanza que esta suponiendo la lucha de la juventud, los gobiernos ya están acelerando la represión. El Estado español no es una excepción y se combina con la crisis del Régimen del 78, encabezada por los aparatos de estado franquista (judicial, policial y militar) que nunca fueron depurados. Con un nuevo gobierno PP-VOX a la vista, se abre la posibilidad de caminar hacia cambios cualitativos en el régimen, con ataques frontales a las libertades democráticas.
Frente a ello, aunque comprendemos a quien hará un voto útil para evitar el gobierno PP-VOX, no se debe depositar ninguna confianza en el llamado bloque progresista. Han sido parte de la tendencia autoritaria al no derogar la ley mordaza, ni la ley franquista de huelgas, que permitió encarcelar a Las 6 de la Suiza. Muestra de ello es aprovechar la aparición de fenómenos efímeros y controversiales como Blocus, para criminalizar a una juventud que, de forma anárquica, expresa la rabia que siente ante este sistema que nos ahoga cada día más. A la vez sienta las bases para la represión de movimientos organizados en huelgas y manifestaciones, y calificar casi de terrorismo cualquier muestra de autodefensa.
Las organizaciones obreras, y especialmente las que nos consideramos revolucionarias, no podemos señalar ni por un segundo a toda esta juventud, sino que debemos pensar cómo podemos acercarla a la organización y a la lucha unitaria, ya que representamos mucho mejor sus intereses. Debemos entender su rabia, que es del todo legítima, y organizarla para ser más y más fuertes. Asimismo, no podemos tolerar la más mínima criminalización y represión.
No hay cambio social sin lucha obrera
En medio de esta tesitura, nos encontramos en los preparativos finales para la huelga general del 11-N. Una huelga general que se construye desde los comités de huelga, el sindicalismo alternativo, los movimientos sociales y los partidos anticapitalistas, mientras que las instituciones del régimen intentan desvirtuar, desmovilizar y reprimir para que la huelga se quede en un día de lucha simbólico.
Por un lado, los partidos políticos oficiales están más preocupados en cómo utilizar la huelga al servicio de su campaña electoral, vendiendo que ellos y las elecciones son la única forma real de parar a la extrema derecha y conseguir mejoras en la cuestión de la vivienda.
Por otro lado, con las movilizaciones de vivienda, las direcciones de la burocracia sindical han visto la oportunidad de utilizar la huelga general como parte de la campaña electoral del PSOE para embellecer sus dos legislaturas y situar la clase trabajadora y la juventud como furgón de cola del gobierno, además de controlar el movimiento y mantener la mal llamada “paz social”.
Las direcciones de CCOO y UGT han declarado públicamente su objetivo de la huelga: “que las manifestaciones de la tarde sean masivas, más que en parar el trabajo en el país.” Es decir, no construyen ni van a construir la huelga general. En los últimos 8 años de “gobierno progresista” la burocracia sindical ha permitido pasivamente que el gobierno impusiera medidas que atacan objetivamente nuestros intereses.
A causa de ello, entre otros factores, hoy en día existe una importante distancia entre la juventud y sectores organizados, y la mayoría de la clase trabajadora. Para enfrentarla es necesario que en los centros de trabajo se realice una gran agitación de la huelga y organizar asambleas para votar qué se hará el 11-N. Hay que luchar para convencer de realizar el paro completo, pero en aquellos lugares donde no haya condiciones, no ser sectarios y proponer otras iniciativas como paros parciales o construir un bloque para las manifestaciones.
En los centros de trabajo donde haya comité de empresa de CCOO y UGT, hay que exigir que informen a la plantilla, y convoquen asambleas para votar la participación en la huelga general del 11-N. Sabemos que dentro de las filas de estos sindicatos hay muchos sindicalistas honestos y que hacen un gran trabajo, es por eso por lo que es importante tenderles la mano a la más amplia unidad de acción.
La batalla más estratégica que estamos librando es empoderar a la clase trabajadora para que entre con voz propia en la vida política, y eso es imposible si otros toman las decisiones en nuestro lugar.
La lucha debe continuar más allá del 11-N. A nivel europeo, se han convocado jornadas de lucha para los días 20 y 22 de noviembre. Frente a unas elecciones donde no se presenta ninguna alternativa de independencia de clase, necesitamos luchar para que la huelga sea la chispa de un nuevo ciclo de lucha que ponga en pie un movimiento obrero y de la juventud, que enfrente a los ricos y grandes empresarios, y también al nuevo gobierno, sea del color que sea.
